Navegantes y leyendas

Desde que Odiseo viajó a Troya, regresó a Itaca y metió en vereda a los pretendientes de Penélope, y desde que Moisés separó las aguas del mar Rojo y Jesús anduvo sobre las del Muerto (al mar me refiero), la literatura se ha nutrido y más bien saciado con los los mitos del océano y muchas antiguas leyendas que ventean la imaginación de los peregrinos por los caminos del agua. Sobre el mar, como afirmaría Monterroso, todo está dicho aunque casi nada está escrito, al menos definitivamente.

Algunos autores más próximos se atrevieron con el tema (el gran tema universal, aparte el amor, la muerte y las moscas, ya que citamos a Monterroso). Melville resucitó a Leviatán de las profundidades abisales y nos regaló tres nombres infinitos para la historia de la novela: Ahab, Moby Dick e Ismael; y de paso inauguró la tradición portentosa de arrancar el primer párrafo de la primera página con una frase memorable. García Márquez y sus "Muchos años después..." no habrían existido sin el magisterio primoroso de "Llamadme Ismael". Otros autores se aplicaron igualmente a la tarea de colmar los mitos del mar con su talento viajero en barquichuela, como Joseph Conrad (hay que recordar su estremecedor relato Juventud, sin duda); Jack London con su Espejo de mar, y, ya en plan de travesías menos arriesgadas, Josep Pla y su Viaje frustrado. Y si hay que invocar a Maqroll el naviero, se le invoca.

Todo está escrito, nada está dicho sobre el mar. O era al revés. Ahora mismo no puedo precisarlo. Lo que no tiene derecho ni revés, ni pies ni cabeza, ni gracia ni desgracia, es la inmensa majadería nacionalista de los mendas de Catalonia Tours. En la vida siempre hay tiempo para hacer el memo, para convertir lo importante en parodia y lo urgente en esperpento, lo literario en bazofia y la historia en ideología putrefacta. También hay tiempo para la vergüenza ajena, único sentimiento que estos tarados levantan en quien, como decía Polifemo, "tenemos dos dedos de frente y un ojo en el mismo sitio".

El mar y la mar han vuelto locos a muchos (como al mismísimo Polifemo); pero esta es la primera ocasión que, en vez de locos, los ha convertido en imbéciles, como si una temible venganza catalana los hubiera alcanzado. 

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