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Tedio

Quien dijere lo contrario miente o se engaña, pues es cierto que a veces (con frecuencia en algunos casos, es decir, en algunas personas, y con menos o más en otras porque eso va en pertrecho y a aburrirse se nace sabiendo), nos entra una especie de desgana, como de estar sin querer estar o a malgusto de estar. Y eso se llama tedio. En mi pueblo, que por no tener no tiene código postal, le llaman aburrición.

No tiene que ver ni con nuestros intereses inmediatos ni con los afanes grandes, de futuro anhelado, o como diría algún transcendente, "de proyecto de vida". No, no... es mucho más simple. Uno se aburre, no sabe porqué y, a más incomodidad, se desvanece la seguridad estimulante de esos anclajes (según los psicólogos "cordones umbilicales"), que nos mantienen entretenidos y sin bostezar cuando no hay ánimos para dedicarse a cosas importantes: tontear en el iPhone, bajar vídeos de You Tube, oír música pellejera, leer lo último favorito que nunca es bueno pero siempre sirve... En ocasiones la aburrición es tan poderosa que ni un partido del Madrid ni un debate de La Sexta nos saca de la miseria. Qué grisura y qué desmadeje en todo.

Uno piensa en todos los grandes filósofos que han hablado hasta saciarse sobre el impulso del espíritu y la potestad demiúrgica del ser humano, los que han trazado clamorosas fronteras entre lo banal y lo que merece nuestra atención, los que son capaces de discernir (y hacernos discernir) entre la inteligencia y la estupidez. ¿Y qué? Luego de tantos siglos de sabiduría, de aprendizaje "histórico", de dos y dos son cuatro, lo normal es hallarse en un entorno de fruslerías, puerilidades y simplezas. Todo mortalmente aburrido. Y al final, qué quieres, mendozita: uno se contagia.

Me voy a pasear al perro, que es también cantidad de aburrido aunque muy gratis. Algo es algo.

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