Ese momento de la eternidad

Cuenta Richard Morris, en su Historia definitiva del infinito, una anécdota atribuida a Tomás de Aquino. Dos de sus alumnos se confabularon para ponerlo en un apuro, planteándole la siguiente paradoja en forma de pregunta: "¿Qué hacía Dios durante toda la eternidad, antes de crear el mundo?".

El bueno de Tomás, después de pensarlo un rato (algunas versiones señalan que solicitó cuartel por dos días para resolver el difícil enunciado), les respondió: "Se dedicaba Dios por ese entonces a construir el infierno para quienes hacen preguntas como la vuestra".

La eternidad, como su propio nombre indica, no tiene término medio: o es en verdad eterna por lo extenso, con lo cual nada ha podido suceder y nada sucederá, o es un círculo infinito y pequeño como un instante. Tan duradero y fugaz como el presente, que ya se ha ido pero continua estando aquí, en este otro presente que se acaba de terminar. Etc...

Cierto, el infierno quedó construido a la perfección y desde siempre para los zascandiles que, de vez en cuando, pensamos en estas cosas. Lo mires desde arriba o desde los lados, cualquier eternidad es el infierno. El presente tiene otras trazas más amables, posiblemente porque lleva la fecha en el DNI y podemos guardarlo en el bolsillo. De tal manera, y considerando esto último, se puede traer a juego la pregunta de los discípulos de Tomás de Aquino; no hace falta ir tan lejos y preguntarse por lo que hacía Dios antes de crear el mundo... En plan paseo por la playa, sólo es necesario interrogarnos sobre el momento de la eternidad en que fuimos. Y qué hacíamos antes de venir a este mundo. Y dónde estábamos.

Adónde vamos es cuestión más sencilla, tan fácil que no merece más que una pregunta: si alguien conoce los horarios de ese transporte y hasta qué parada llega, que lo diga.

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