La posibilidad de una isla

En términos geológicos, estamos en la Macaronesia. Desde el punto de vista geoestratégico (y se nota), esto es África. Lo que ven mis ojos y me dice el corazón es que ahora, en la práctica, vivimos en una ciudad inmensa que en realidad es una isla muy pequeña, perezosamente habitada por casi 900.000 almas de las de antes, con una densidad de población similar a El Cairo y un ritmo de vida dulce que se acuna entre el bostezo colonial y la filosofía caribeña de la siesta.


Todos los piratas que intentaron saquear estas costas tienen su calle primorosamente dedicada, un perpetuo recordatorio a los ahuyentados y devueltos al océano; y un amable homenaje de los tinerfeños a la certeza de su propio sentido en el mundo: para ser dueño de esta excepción atlántica hay que saber vivir bajo el volcán, tener los pies firmes sobre la piedra negra que alguna vez fue roja de lava en las tripas del Teide, soportar con buen oído la canción de los vientos que no cesan y contemplar sin desánimo el horizonte que nunca cambia, el océano del que emergió la isla y trabaja de paisaje omnipresente hasta el día que decida tragarse lo que era suyo. Espero que dentro de mucho tiempo.

Mientras tanto, hay calma entre chicha y pairada. Más que calma, parsimonia. No hay prisas para nada. Los turistas, en bañador y clanclas con calcetines, se solazan bajo el sol aunque esté nublado como en Londres. Los militares van a hacer la compra vestidos de uniforme, los empleados municipales de limpieza pasan más tiempo charlando con los vecinos que dándole al escobón, y mi médico (cubano como es natural), imparte extensas lecciones de anatomía y terapéutica, con dibujos y esquemas incluidos, cada vez que visito su consulta. Aquí, como suele sentenciar el común, la vida tiene otro ritmo. En 1797 el general Gutiérrez de Otero le mató a Nelson 349 marinos y lo puso en su sitio, que era el océano salado. De paso, lo dejó manco para siempre. Tuvo sin embargo el detalle de obsequiarle unas barricas de malvasía para endulzar la retirada inglesa. Así son en la excepción sahariana: todo el que llega recibe trato cortés, que ya se encarga la isla de poner duras las demás condiciones.

Sí, estaba en lo cierto Unamuno, quien tras visitar Santa Cruz en una de sus excursiones inter-islas durante el exilio canario, sentenció muy de profundis: "En estos peñascos, el océano lo ahoga todo menos la inteligencia". Aunque quizás no lo dijo así dicho, pero seguro que lo pensó.

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