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Cine español (con perdón por el oxímoron)

El cine español continua cabalgando imparable sobre la espuma de la banalidad portentosa (y barata de hacer). De la comedia urbana a la comedia rural (con brujas o con paletos salidos, o con las dos cosas); del costumbrismo local al prodigio de "españolear" en Nueva York (algo duro de cojones, creo). Debe de costarles un montón ponerse ceñudos y en plan concienciado una vez al año, en la entrega de los Goya. Aunque a lo mejor eso explica la autocomplacencia histérica con que se homenajean unos a otros mientras reparten coces al gobierno de turno. Es como quemarse con la plancha, una punzada de realidad como dolor de viuda: intenso aunque breve. Y bien plañido, eso sí.

Vivimos una época excepcional en muchos sentidos, la cual podría tener reflejo en películas más o menos a la altura de los tiempos. Pero nuestro cine continua anclado en la fórmula de los años 80: cuatro actores, un guión gracioso y tierno, un par de localizaciones, una buena subvención y hala, para adelante como los de Alicante, que lo demás es cosa de genio y raza.

Mortal por lo aburrido, cateto por lo ñoño, fofo como una novela de Corín Tellado, el cine español sólo tiene una ventaja: aunque no valga nada, cuesta muy poco. Cualquier película de Torrente tiene más carga de profundidad, más realidad y mala leche social que los cucharadones de mermelada habituales. Con su pan se lo coman. Llevo treinta años sin ir al cine a ver una película española, y el que viene haré treinta y uno.

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Capítulo primero del ensayo Ciberadaptados, de Antonio Manilla, publicado por la editorial La Huerta Grande (2016).





La hora de Bizancio



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