El gol de Bale

Hay quien juega para no perder y otros que salen al campo con intenciones de ganar. Sólo unos pocos, muy pocos, están en el partido, en la incertidumbre y la pelea con la determinación de ser ellos mismos y mantener su propósito suceda lo que suceda, se presente favorable o adverso el escenario, el drama o la comedia. Sólo muy pocos saben que lo importante no es ganar o perder, mucho menos participar. Cualquiera vale para meterse entre muchos, cualquiera sirve para ganar y lo mismo para perder. Lo único verdadero de la representación es la voluntad de ser, la constancia en un horizonte que merezca la pena, la avidez por un sueño que quizás alcancemos algún día (aunque seguramente no, qué importa); la belleza de un afán y el afán de la belleza (con perdón por el juego de palabras, en este caso inevitable).


Recorrer sesenta metros en siete segundos y medio, conduciendo un balón con los pies, puede ser un espectáculo curioso o una gesta de masas futbolísticas, seguramente las dos cosas. Pero quien realizó el prodigio, estoy seguro de ello, no perseguía el balón, ni pugnaba con el defensa y portero contrarios, ni pensaba en la sala de trofeos de su equipo. Corría para encontrarse con él mismo, por la conquista del propio espíritu. El balón traspasando la linea de meta es, en esos momentos, una metáfora sobre el destino: la semilla del tiempo, el espacio y la velocidad han fecundado el cosmos y producido el big-bang de un universo interior que se expande infinito. Ahora lo sabe, la realidad y su representación tienen sentido y son, en el fondo, la misma cosa: ha nacido Bale.

Lo demás es propaganda. También lo sabe.


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