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Sueños

Imagina que vives en una isla, lejos de todo. No una isla cualquiera, sino una isla de clima tropical, frondosa de caminos y viciosa en unos paisajes que van de la nieve sobre la cúpula de ese mundo encantador a la tibieza volcánica de sus playas. Una isla como debe ser.

Imagina que no estás solo en esa isla, ni mal acompañado. Por el contrario, estás acompañado por la mujer que vivió en tus sueños durante décadas hasta que un día fue el ensalmo y ella conquistó tu realidad y tu  presente. Se hizo carne y sentimientos. Y con esa mujer, con nadie más, compartes la isla lejos de todo, frondosa de caminos y viciosa en paisajes de nieve como espuma de las olas y bosques habitados por el susurro del viento entre los árboles y la piedra. Esa, ahora, es tu casa. En ese universo te acogen las sombras cada noche y despiertas cada mañana abrazado a la mujer que soñaste durante toda tu vida.

Imagina que tienes tiempo para leer, escribir, pasear por la rompiente de las olas, ver series de TV y películas, escuchar la música que te gusta, beber cocacola (Zero a ser posible) y zampar helados mientras contemplas algún partido de esos que de vez en cuando ponen en el Plus. Imagina, además, que tienes tiempo incluso para mantener conversaciones con tu agente sobre la contratación de la novela más ambiciosa que has escrito, la más importante de tu vida (hasta ahora). Y que el asunto no va por mal camino.

¿Eres capaz de imaginar todo eso? Pues eso.

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La hora de Bizancio



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