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Troppo mare

Extraño tanto mar, raro este cielo, dijo Javier Egea como deben decirse las cosas. Su noche de desvelamiento pascasiano ante el mar (troppo, por cierto), se convirtió un año después en el libro de poemas más asombroso salido de la factoría Granada en las últimas cuatro décadas (con todo lo que Granada implica y lo que tendría que dejar de significar). Pero un servidor, como no tiene talento para la poesía ni ganas de alcanzarlo porque sospecho que la ascensión con alas de cera ni suele acabar bien ni, por lo general, merece la pena, se ha tomado el tanto mar, el raro cielo, por la parte más prosaica, definitivamente doméstica. Y me gusta sólo a medias.

Abrumado, un poco hipnotizado por el mar, llevo dos meses contando olas. No falta ninguna, pero no acabo de encontrar la definitiva ni de encontrarme a mí mismo. El raro cielo (mira que es raro en esta parte del mundo, a mitad de camino de todas partes, lejos de cualquier lugar menos del desierto del Sahara), me ha regalado días gloriosos de inopia y solaz, modorras exquisitas, sugerencias muy interesantes sobre el modo de perder el tiempo mientras la naturaleza se ocupa de convertir cada hora del mismo día en una apuesta azarosa entre el calor, la lluvia, el viento empapado de mar estarcido, la luz apabullante posada sobre la nieve y la bruma perezosa que acaricia la barriga del volcán más turístico del planeta. De cuya consecuencia, me van entrando las de San Antonio: un punto friki ocupado en seguir seis o siete series de TV; un punto hikikomori porque, total, adónde voy a ir, más allá de mi habitación y mi ventana, si no hay manera de escapar del océano y sus vientos, su luz y su aliento; un punto misántropo, otro de complacencia en el aislamiento (no la soledad, nunca estoy solo entre mi colección de brújulas estropeadas); otro punto de vagancia integral que va de molde con la bunbanga cachazuda que por aquí gastan los naturales. En resumen: un desastre.

Corolario: no me queda otro remedio que ponerme el traje de buzo y empezar novela. Como decía Enrique Cortés, borracho oficial del PSOE granadino en los años 80, cada vez que se proponía abandonar su aparatosa dipsomanía: "Desde mañana, a rajatabla".

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