Los gatos de Castelldefels

Hay una ética de los principios y una ética de la responsabilidad. La ética del recto obrar conforme a los dictados sentimentales que nuestra razón percibe como "buenos", sin más consideraciones porque los impulsos del corazón pueden llevarnos al error, pero no a la maldad; y la ética que implica necesariamente el análisis y reflexión sobre la responsabilidad de nuestros actos.

Los gatos de Castelldefels son unos grandes beneficiados de la ética de los principios, lo sé por experiencia. También por experiencia sé que cuando la gente actúa "conforme a sus principios" hay que echarse a temblar. A lo largo de la historia no ha existido tirano, déspota, bribón o genocida  que no haya almacenado toneladas de principios en su conciencia. Tantos como para ahogar en motivos emocionales la evidencia de la atrocidad (a veces estupidez culpable), de sus actos. El corazón de esas personas no bombea sangre sino principios, por muy desnortados que sean. Su espíritu no se alimenta de ideas sino de principios, por muy pasados de fecha que estén, por muy podridos que atufen en la realidad real de cada día.

¿A qué viene esta peroración? Pues a que, como todos los años, los grupos ecologistas y defensores de la vida animal han clamado los siete imperativos de sus sagrados principios porque el ayuntamiento de Castelldefels tiene previsto organizar una cacería de gatos silvestres. Esterilizarán a unos 3.000 y sacrificarán otros tantos, para mantener el censo de la población felina en niveles sostenibles. Aclaro que esa colonia tumultuaria de gatos y gatas es la más numerosa de Europa (olvídense de Roma y de los gatos de Roma, eso es folclore, topicazos). Y la manada carnívora tiene como hábitat natural la zona verde urbana más grande (otra vez) de Europa: la Pineda del Prat-Gavá-Castelldefels. Por supuesto, los ecologistas ya están de los nervios con el anuncio de esta limpieza del censo gatuno.

Las buenas personas, la sana gente de sanos principios y amantísima de los animales, acostumbra a dejar abundante comida en aquellos lugares durante todo el año (tanto restos domésticos como pienso comprado en las tiendas); para los pobres gatitos sin techo.Los gatos, aparte de engordar con los nutrientes extra que reciben de los bondadosos vecinos con intachables principios, trepan a los árboles, cazan a los pájaros en sus nidos, devoran a sus crías, y lo más radical de esta invisible wild nature: exterminan a las familias de murciélagos que ivernan desde noviembre a abril. Un grupo de simples gorriones caza de siete a ocho mil mosquitos en un atardecer. Los murciélagos, más especializados, tienen mejores números. Un sólo ejemplar de estos mamíferos con radar incorporado, caza 4.000 mosquitos en una hora.

Conclusión de toda esta ingeniería: casi extinguidos los murciélagos, mermadísimos los pajaruelos, los mosquitos volverán a ser plaga este verano. Vuelvo a la experiencia: por experiencia sé que la picadura de un mosquito común es un contratiempo; la de un mosquito tigre, una putada.

Eso sí, las farmacias y superficies comerciales hacen el agosto y el verano completo vendiendo dos clases de repelentes para mosquitos: los que sirven para los normales y los específicos para la temida especie tigre. En el fondo, puede que la ética de los principios aplicada a la protección incondicional de los gatos silvestres tenga sus consecuencias positivas: Mercadona y el farmacéutico de la esquina ganan una lana, el dinero circula y la sociedad en general va prosperando.

Todo gracias al amor ciego volcado hacia animales que no nos ven; o aún peor: nos ven como reserva cárnica para épocas de carestía. Todo por culpa de la repuñetera ética de los principios. A más de uno van a acribillar este verano. Espero que las bandadas de picateles caigan sin compasión sobre todos los que, amorosamente, alimentan cada día a los pobrecitos gatos en su selva-paraíso de Castelldefels.



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