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La lista del rey

Vueltas y más vueltas al asunto más urgente de la semana:  la lista de invitados a la recepción en el Palacio Real con motivo de la proclamación de Felipe VI. Dicha lista no se ha facilitado a los medios informativos, lo que denota, dicen casi todos, una falta de transparencia inaugural que nada bueno prefigura sobre las maneras democráticas en esta nueva etapa de la monarquía, etcétera, etcétera.


Bueno, la prensa estaba allí, los fotógrafos, las emisoras de TV... Ninguno de los asistentes al fiestorro acudió de incógnito, no se silenció o camufló la presencia de nadie. A muchos periodistas se les dejó consultar la famosa lista aunque con el ruego de no hacer copias. ¿Por qué los medios no apostaron a ágiles periodistas, profesionales de verdad, pertrechados con una libretilla de las de toda la vida, para que fuesen tomando nota de quiénes entraban y quiénes salían? Una cosa es la transparencia y otra convertir a los responsables de protocolo en becarios de los periódicos, obligados a darles el trabajo hecho.

La casa real tendrá sus motivos para no haber puesto esa lista en circulación, imagino. Una lista nunca es un documento neutral, inofensivo. Puede servir para muchas cosas. A lo mejor no se intentaba proteger la intimidad de nadie (todo el que acudió pudo ser fotografiado), ni el derecho del rey de invitar a quien le plazca en uso legítimo de los presupuestos de la corona. Quizás quería evitarse, simplemente, que circulase una lista. Porque una lista de mano en mano, de despacho en despacho, siempre tiene algo de siniestro.

Uno, que no acaba de ser monárquico (57 años intentándolo, pero nada), lleva tiempo convencido de que, con estos modos y en este ambiente, cada día es más difícil ser republicano.

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