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Del lado de la vida

La antología de Manuel Ruiz Amezcua, "Del lado de la vida" (1974-2014), abarca cuarenta años de dedicación a la poesía, lo que se dice demasiado pronto. Primero, porque cuatro décadas no son poco tiempo. Aunque la vida sea "un ratico", como decía Compay Segundo, aunque los días y los meses pasen volando y el tiempo huya como arena en las manos de un niño que juega en la playa, y todos esos lugares comunes (¡y tan comunes!) sobre la experiencia humana, cuarenta años son mucho tiempo. Hay que llenarlos con anhelos y trabajo, con ilusiones y frustraciones, con gozos y sombras, épocas de entusiasmo y otras de decaimiento, períodos que pasan fugaces y brillantes y etapas de plomo y ceniza, unos tiempos en los que nuestra alma parece volar y otros en los que se asfixia el corazón sin más esperanza que llegar a alguna orilla próxima donde se esté más a cobijo. Retórica aparte (ejem), cuarenta años son cantidad de tiempo. Esto era lo primero.


Lo segundo: no es lo mismo emplear esos cuarenta años en imitar a los epígonos de los epígonos de los grandes poetas contemporáneos, repetir hasta la aburrición fórmulas que pasaron de exitosas a manidas, hacer migas con los poderes establecidos en la (super)estructura cultural, aunque sea apretando las tripas para aguantar arcadas, trepar sin crecer, salir adelante sin que quede atrás algo que merezca la pena, ganar mucho sin conseguir nada; total: tratar a la poesía y el arte literario como cualquier otra posesión que puede adquirirse entre sigilos de palacio y oropeles de fiesta mayor en casa de los ricos ... No es lo mismo ni se parece por lo remoto a mantenerse inalterable en la única pretensión legítima en un poeta: ser digno aprendiz y esmerado mensajero de esa voz tan antigua como lo humano, la que transcurre desde Homero a Machado, y que susurra con la modestia del genio y la fuerza de la verdad aquello que todos quisieran conocer y muy pocos reconocen. La poesía es la forma más inteligente, y más sencilla (o sea, más difícil), de nombrar lo que no puede ser nombrado, decir lo que no puede decirse, describir lo que no puede ser descrito... Y que los lectores comprendan. Ese es el único afán al que se ha dedicado Manuel Ruiz Amezcua (Jódar, Jaén, 1952), durante toda su vida dedicada a la poesía. Como dice Antonio Muñoz Molina en el prólogo a este libro, "sin concesiones al sarcasmo, la parodia o la propaganda", el autor de ha depurado con admirable constancia su pertenencia a la única tradición poética española posible: la de Garcilaso, Santa Teresa, Juan de la Cruz, Quevedo, Unamuno, Miguel Hernández, García Lorca... Lo demás, como dijera un talentoso comentarista cultural hace ya bastante tiempo, no es poesía sino publicidad.

A lo mejor, a algún lector de esta entrada, bajo el matiz expuesto, le apetece un vistazo a la obra de Ruiz Amezcua. Encantado me encontrará para señalarle aquellas obras del autor (aparte esta "Del lado de la vida"), que considero más interesantes para iniciarse en uno de los poetas capitales de nuestra contemporaneidad. Uno de los pocos que, en verdad, están siendo importantes.

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