Domingo, agosto y gol a lo salvaje

Creo que me viene la costumbre desde aquellos años adolescentes en que la misa de domingo era obligación y me desahogaba cantando en la iglesia a plena potencia, desafinando como un jinete sármata entre coros gregorianos y trinos de sirenas. El caso es que los domingos por la mañana, de manera puntual e inexcusable, me da por escuchar música y martirizar a quienes me rodean (pobre ángel mío) con esta voz que la naturaleza me ha regalado, no exenta de vigor y robustez aunque fatal en cualquier tono que pretenda. Puestos a dar la nota, ni una. Aunque este inconveniente no merma el entusiasmo musical de los domingos, es algo que me ha acompañado siempre y, sospecho, va a ser para siempre. Espero no morir un domingo por la mañana, Dios me libre: llegar al otro mundo canturreando en tonos de cántaro roto The wild colonial boy debe de ser casi tan lamentable como el mismo acto de diñarla. Digo yo.


A lo mejor heredé de mi abuelo Paco, un hombre al que jamás oí cantar, la devoción por la luz de los domingos y la calma un poco estuporosa de cada día del Señor. El buen don Francisco, con metódica devoción que armonizaba perfectamente con lo rutinario, vivía las mañanas de domingo por este orden inmutable: asistía a misa (lo primero, primero), compraba el Marca, el ABC y el Arriba, regresaba al hogar, se instalaba en la terraza del sexto piso donde vivía, en la plaza de Coimbra (iba a escribir "en la madrileña plaza de Coimbra", pero habría resultado innecesario, todo el mundo sabe que la plaza de Coimbra está en Madrid, España); y mientras mi abuela le preparaba una tortilla de patatas, la cual servía acompañada de una cebolla en salmuera y un vaso de vino, él leía la prensa y despotricaba contra el Régimen (lo cual tampoco entendí jamás, porque más de derechas que mi abuelo no se podía ser). Poco más tarde, provisto de prismáticos, contemplaba los partidos de fútbol en los que se enfrentaban equipos aficionados, en las instalaciones deportivas del parque María de Austria, un inmenso espacio abierto ante aquella plaza de magias infantiles y nombre portugués. Me parece que sí, que la devoción por los paseos matinales y la contemplación del horizonte, y la manía de insistir cada domingo en que "hace un día espléndido", como si todas las mañanas de domingo fuesen réplica amable a los tres jueves que hay en el año y que relucen más que el sol, me viene de aquellos tiempos. Dónde fueron, ni se sabe. Los tiempos. ¿Ubi sunt? El sol de todos los domingos sigue ahí tan bien plantado, pintando un agosto imposible benévolo en la isla bajo el volcán, en medio de todos los océanos, el mismo sol que brillaba para todos y sonreía a mi abuelo Paco en su terraza dominguera de la plaza de Coimbra.

"¡Gol!", decía en voz baja cada vez que algún equipo marcaba, a trescientos metros en la lejanía. Yo me asomaba al balcón, apoyado en la barandilla, y veía a aquellos jugadores pequeños en la distancia, como piezas del futbolín, y me entraba un poco de vértigo. ¿Cómo era posible que él observase el mundo desde tan lejos, y que a pesar de todo le siguiera interesando? Sentía entonces algo que se puede sentir pero no se puede escribir, tenía la impresión muy turbadora de que la vida, domingo a domingo, le iba metiendo goles... Hasta la completa goleada y la derrota más o menos digna. Gol a gol, así fue, con luces de domingo y músicas que por aquel entonces sólo sonaban en mi cabeza, hasta que acabó el partido que se jugaba en la terraza y todos los partidos que se jugaron ante aquellos prismáticos que mi abuelo sostenía con aires de gentleman en el hipódromo. Aunque, de lógica y física, unos van al vestuario y otros a la playa. Yo, por si acaso, sigo disputando el segundo tiempo, con aspiraciones a prórroga y a cantar peor que nunca The wil colonial boy antes de la despedida. Vamos, vamos, que es domingo y estamos en pleno agosto... Hay que animarse.

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