El Jarama again

Cómo me impresionó la lectura temprana de aquella novela, a una edad en la que nadie está equipado emocional ni intelectualmente para entender la cámara fija de domingo por la tarde, en blanco y negro, con la que Sánchez Ferlosio retrató el cauce de la vida tenaz como el cauce de un río, mansa y aburrida como una tarde de domingo en el Madrid de posguerra. El único acontecimiento notable es la aparición de un ahogado que flota aguas abajo ante el desasosiego interior y la indiferencia minuciosamente impostada, mantenida por instinto superviviente, de los tranquilos bañistas.


Recordé esa novela, El Jarama (1955), de Rafael Sánchez Ferlosio, ayer por la tarde, domingo de agosto ante las aguas no tan escuetas y un poco más briosas del Atlántico, cuando empezaron a sonar las sirenas de la Guardia Civil y la Policía Local, la callejuela sobre las olas donde vivimos se llenó de curiosos y un helicóptero sobrevolaba el gran azul rizado de espuma, rastreando los cuerpos de los ahogados. Recordé a los personajes de El Jarama, inconmovibles como de alma de madera, cuando el gentío, una vez recuperado el primer cadáver y perdido el rastro del segundo (aún no sé si lo han encontrado), volvió a sus ocios y tedios con una naturalidad primorosa: los niños a jugar en la minúscula playa entre las rocas, las chicas a tomar el sol, los pescadores a la pesca y los borrachines al bar.

No... No hace falta vivir en 1955, ni en Madrid ni en ninguna otra parte especial, ni en tiempo de posguerra o ragtime, para que las personas reaccionemos como lo que somos, gente de tarde de domingo, ante el drama inaudible, súbito sepultado por las olas, de los ahogados.

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