¿Master qué?

De Antonio Gramsci a la cocina y a un programa de TV que es un concurso de cocineros, y así es la vida (me refiero a la mía, la de los demás no sé y la buena  educación y el sentido común me aconsejan que cuanto menos sepa, mejor). En la mía, (mi vida, decía) hay cosas por las que siento verdadera pasión y para las que carezco del más mínimo talento, como el ajedrez, la música, las matemáticas (mis pobres profesores del instituto se desencuadernarían de la risa si leyeran esto último), la poesía mística, la pesca de río y la gastronomía, especialmente la repostería. Cuanto más dulce la lengua, más afilados los dientes...


También me aconsejan el sentido común y la buena educación mantener despierto el interés por estas materias aunque no practicarlas demasiado, más que nada por no meterme en territorios difíciles sin el conocimiento suficiente para salir garboso. En ciertas épocas, anteriores como todas las épocas, intenté ejercer mi devoción por la enología. Acabaron llevándome a casa a cuatro patas, entre dos, cada dos por tres. Fin de mi carrera de catador de vinos y otros bebestibles con graduación. Y casi lo mismo me sucede con la cocina y sus maravillosas posibilidades: me sacas de la tortilla de papatas y el arroz a la cubana y no doy pie con bola. Sin embargo admiro mucho a los que saben y me encandilo escuchándolos, leyéndolos, viéndolos trabajar sobre la exquisita materia de su oficio (otros miran obras, o las miraban antes del estallido aquel, o sea que lo mío es normal y muy hispánico). Me gustan los programas de televisión en los que se cocina y, vale, lo reconozco, he seguido las dos ediciones del concurso Masterchef, emitidas por TVE. Mea culpa (con perdón). Me han divertido y amenizado algunas veladas. Insisto en el mea culpa.

Lo que ya no me resulta divertido es comprobar que el concurso parece (a lo mejor es), un fraude desde que empieza hasta que termina. A ver que me explique. Me entró el rumia rumia hace unos días, mientras veía en Cosmopolitan la versión norteamericana (1) del programa. El formato y puesta en escena son casi idénticos al Masterchef español, tan parecidos que una de las concursantes, vegetariana, era clavadita de estilo, aspecto, aires y maneras a otra española, también vegetariana, vegana y con gafas de empollona. Ahí me saltó la neurona. ¿Participarán actores en vez de auténticos aficionados a la cocina?, me pregunté. Empecé a documentarme un poco en Internet y encontré, entre muchas páginas curiosas sobre el tema, esta.

Qué chasco más grande, pardiez.


Las cocineras vegetarianas

Bueno, bueno... Está claro que un concurso de televisión no deja de ser un programa de televisión, y para que un programa de TV funcione es necesario darle unos contenidos, ritmo, argumento y desarrollo de personajes atractivo. Sería aburridísimo ver un concurso culinario donde todos los participantes fuesen orondos cocineros vascos, curtidos en los txocos y peñas gastronómicas de su tierra, o encantadoras abuelitas con mano de ángel para los potajes y minuto de monja para los pasteles. Hay que ofrecer variedad y "juego" entre los participantes, adjudicar "roles", sacar a cada uno su potencialidad dramática, explotar la intriga y la tensión de "a ver si se va éste, que me cae gordo", etc. Hasta ahí de acuerdo. Ni una pega. Lo que me parece indecente, pero así, indecente, es manipular a las personas ilusionadas por una afición tan primorosa, aprovecharse de esa ilusión, engañarlos, ofrecerles la falsa expectativa de participar en un casting donde podrían empezar a vivir el sueño de sus vidas, hacerles gastar tiempo y dinero y devolverles frustración y desengaño en un festín de intereses donde "todo el pescado está vendido". Y me parece indecente, por completo indecente, que una productora de TV, amparándose en los medios y audiencia de "la televisión de todos" que es TVE, o sea, la pública, la que se paga con dinero que en efecto es de todos, haga su negocio y saque sus beneficios privados sobre la ola publicitaria de una pantomima donde los engañados son colaboradores necesarios. Si quieren vender sus cursos de cocina on-line, sus libros, vídeos y demás quincalla, me parece muy bien; pero que inviertan ellos, no el contribuyente. Por las claras: llévense el concurso a una televisión privada y manipulen todo lo que quieran. Uno ha visto ya muchas cosas, en otros ámbitos... Demasiadas cosas como para que estas tropelías lo dejen indiferente. (Si por "otros ámbitos" ha entendido usted los literarios y el mundejo de los premios y transfullas varias, acierta).

En fin, que una vez desencantado como ínfimo aficionado al tema gastronómico y como cándido espectador de un concurso televisivo, hago lo que el zapatero: volverme a mis zapatos, mi tortilla de patatas, mi arroz a la cubana y mis recetas de libro de cocina de la Sección Femenina que heredé de una tía abuela y del que aún no he pasado de la página 28. Allá cada cual y cómo lleve sus asuntos y negocios. Aunque eso sí, nadie me lo quita de la cabeza: lo de Masterchef es indecente.


(1).-Si tiene usted interés en la versión USA del concurso, le prevengo de que en aquellos reinos se practica una cocina en la que se entiende por sofisticado un plato de ñoquis, los aspirantes se parten el alma por cocinar la mejor hamburguesa y la prueba más difícil que tuvieron que superar fue la preparación de unos calamares fritos; la mayoría no sabía limpiarlos y a todos les daba asco de aquellos bichos. Advertido queda.

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