Tajao

Cortados como la piedra nos quedamos. El lugar es un desierto, árido y simple como como un sueño sin recordar y un fantasma sin nadie a quien asustar. La piedra pulida por el ventarrón perpetuo en esta esquina de la isla argumenta un paisaje de drama antiguo, un escenario entre onírico y tramposo: ninguna persona en su sano juicio puede tener tanta alma como para vivir aquí siempre. Hay un par de pequeñas urbanizaciones para veraneantes. Pasar aquí las vacaciones, pensé, es cosa de chiflados. Lo pensé pero no lo dije. Y ni una palabra dije cuando la dueña del Rincón del Marinero, un lugar tan vacío y seco como el ojo de un tuerto, nos echó a la calle porque no teníamos intenciones de sentarnos a comer sino de tomar unas cocacolas. "Ni bebidas ni café. Sólo comer". Imaginé a inexistentes, imposibles comensales tragando arena del desierto, sin un triste vaso de agua que les aligerase el martirio.

San Miguel de Tajao, un pueblo a palo seco.





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