El águila y la lamdba

Una novela es una buena novela cuando invita a reflexionar sobre lo que hay más allá y es más trascendente que la propia narración. Leyendo El águila y la lambda, de Pedro Santamaría, no se me ha ocurrido otra cosa que rebuscar y rebuscar hasta encontrar un texto escrito hace años. Yo creo que viene a propósito de esta gran aventura, el inicio del inmenso incendio que serían las Guerras Púnicas, el choque de dos culturas antagónicas con el final que todos conocemos. A veces me gusta fantasear sobre qué habría sucedido si Cartago hubiese resultado vencedora. ¿Cómo sería el mundo greco-fenicio? ¿Cuál su legado?

Sobre este asunto, conjeturé algo, como decía, hace tiempo:
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"El mundo antiguo no puede interpretarse y mucho menos representarse mediante un resumen que otorga a cada civilización su papel fijo, determinado, perfectamente definido y por tanto previsible en cada momento del decurso temporal. Poner orden en la historia es una pretensión completamente absurda, y no me refiero al orden cronológico sino a esa irritante habilidad que han desarrollado los estudiosos para atribuir a cada pueblo y cultura una caracterización estándar, como es el caso de los fenicios. La edad antigua no era un mapa de coordenadas inamovibles sino un mundo que propendía al caos, un magnífico escenario de agitación, guerras, masivas migraciones, conquistas y saqueos, surgimiento de imperios bárbaros e implacable aniquilación de otros, como el caso, en último extremo, de Cartago. ¿Quizás la poderosa Roma aplicó todo su poderío militar en costosísimas campañas para destruir Cartago sólo por librarse de un competidor comercial? Esa visión es simplista y un tanto interesada.

Los fenicios no eran sólo un pueblo de comerciantes. Comerciaban y hacían la guerra, conquistaban y viajaban a los confines del mundo, establecían relaciones de amistad con naciones remotas y traicionaban a sus aliados en función de intereses nunca desvelados, reclutaban inmensos ejércitos mercenarios y dejaban morir de hambre a la tropa cuando las premuras de la guerra amainaban. Se comportaban como seres humanos, en suma: impredecibles, caóticos, arbitrarios y crueles. No eran un pueblo de comerciantes: eran la humanidad más despierta, bullente y afanosa en un período de la historia en el que aún no existían nociones claramente establecidas sobre el sentido de nuestra pertenencia al mundo. Así es, así lo creo: hablamos de una época que aún no conoce el impulso de la razón como motivo esencial de su desarrollo y proyección fértil en un devenir ordenado, fundamentado en las actos previsores. Las grandes ciudades fenicias como Sidón, Tiro, Biblos, y sus fundaciones en el norte africano, Cirene, Lepsis, Tangis y sobre todo Cartago, no ejercían su dominio con la mirada puesta en el mañana sino en el frenético goce del hoy. Eran el poder que se justifica a sí mismo, la ambición por ella misma, la victoria por el placer de aniquilar al enemigo. Era un mundo confuso y deslumbrante, desenfrenado y delicadamente rendido a las pasiones más impetuosas, su única razón de ser. Nada había sobre la tierra que no participase de esa noción entre sentimental y mitológica que todo lo justificaba. Ellos, mis amados fenicios, surcaban los mares para comerciar o hacer la guerra, pero el mismo mar era un ser vivo para ellos, el dios Océano, y a su voluntad entregaban la suerte de cada flota y cada nave. El destino no estaba escrito, ni siquiera estoy seguro de que tuviesen una idea aproximada sobre el significado de esa palabra. Lo que nosotros entendemos por destino, el futuro mejor o peor vislumbrado de los individuos y los pueblos, dependía para ellos de la voluntad caprichosa de dioses por completo humanizados, hechos a imagen y semejanza de quienes los forjaron en barro y bronce: Melkart, Dagón, Moloch... Dioses de bronce y barro convertidos en Supremos, los cuales representaban aquello que los ávidos nautas fenicios temían o ansiaban.

El inconsciente de cualquier hombre contemporáneo, estoy seguro, continua habitado por esos Melkart, Moloch y compañía, los sueños de un mundo extinguido para la historia aunque imperecedero en el espíritu humano: el caos, la apetencia, la conquista y la seducción. El deseo. Cartago es la exquisita culminación del primer y más poderoso sentimiento que brota en el alma de los pueblos y en cada individuo: justamente el deseo. Roma, la gran dama de la aterradora razón, es el orden que se impone tras aniquilarlo.

Cartago es la evidencia histórica de que el inconsciente humano, el ser puramente despojado de condicionantes morales, tuvo su oportunidad sobre la tierra. Roma es portadora y mensajera mortal del terrible fracaso, el triunfo del consciente colectivo ordenado conforme a la ley que ya nunca nadie ha podido cambiar: los poderosos dominan el mundo y los parias gimen de avidez ante todas las riquezas que sus manos nunca acariciarán. Esa es la ley... Sin embargo, qué nostalgia pensar en que todo podría haber sido muy distinto.

Cartago, desde ese punto de vista, sería la forma que hemos conocido del mundo más parecida al caos original. Invertebrada, vivaz y extremadamente inquieta, expresada en cien idiomas y decenas de civilizaciones distintas, habitada por seres fabulosos, dioses anteriores a la humanidad y guerreros implacables, sin ejército propio y servida por mercenarios de todas las naciones, sin unidad política ni nociones estables de su territorialidad, Cartago se instituyó como la expresión desorganizada de una raza voraz y vertiginosamente vitalista. Durante siglos resonó en toda tierra conocida el eco más profundo de sus ambiciones. Se constituyó en voluntad de ser de un sentido del mundo desenfrenado, apetitivo y resuelto.

Cartago es el inconsciente de la historia; Roma, el pensamiento ordenado conforme a nuestra necesidad de otorgar sentido a esa misma historia. Roma, como dijo en alguna ocasión el maestro Giordano Ballaria, es la conciencia consciente de la humanidad. Por eso mismo, Cartago significa la vida sin contemplaciones. Roma, una evidencia implacable sobre la necesidad de la muerte”."



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