El águila y la lambda

Primera Guerra Púnica. 256 a.C. Después de casi diez años de guerra, Roma y Cartago se han desangrado mutuamente sin que ninguna consiga imponerse claramente. Marco Atilio Régulo, recién elegido cónsul, es enviado por el senado a África, al mando de la mayor flota jamás armada por Roma, con el fin de ir conquistando las ciudades que rodean Cartago, estrangular a la capital enemiga y poner fin al conflicto. Los púnicos, con un ejército muy inferior al romano y conociendo el prestigio militar de Régulo, se ven obligados a ponerse en manos de Jantipo, un curtido mercenario espartano al que confiarán su futuro. Sin embargo, los despóticos gobernantes cartagineses, temiendo que una vez que se haga con el control del ejército, Jantipo lo utilice para derrocarles, encargan a Arishat, una bella cortesana, que vigile los pasos del espartano. Basándose en los relatos del historiador griego Polibio, Pedro Santamaría narra con fidelidad y un ritmo demoledor la fascinante historia de la primera expedición romana a África, y el trágico y épico desenlace de la batalla de Bagradas, donde se jugará el futuro de Cartago...



Es complicado leer una novela como El águila y la lambda (Pedro Santamaría, Santander, 1975), cuando unos meses antes se disfrutó de su más que notable Peña Amaya, con la sana sensación de estar ante el “do de pecho”, la obra que lo ha consagrado como uno de nuestros autores más relevantes de novela histórica. El águila y la lambda es una novela anterior, y en ese detalle estriba justamente la complicación a que me refería. Tiene uno la impresión (no voy a exagerar, no voy a decir el temor), que de esta narración quizás no se encuentre a la altura de Peña Amaya. Se toma la lectura, por tanto, con ciertas prevenciones. La primera: no mostrarse demasiado exigente respecto a la solidez (argumental estructural, estilística) de la novela, porque Pedro Santamaría ha demostrado un progreso cierto, feliz para sus lectores, en obra posterior. La segunda: “ponerse en ambiente”, es decir, asumir que estamos ante una obra escrita hace ya algunos años, para la cual puede el tiempo haber pasado mejor o peor, aunque, eso sí, siempre bajo la perspectiva redentora de que sean los que fueren los escollos encontrados en la narración, estos, sin duda, fueron superados con creces en Peña Amaya.

Bueno, muchas precauciones tomé, como es notorio y se declara, antes de ponerme a la lectura de El águila y la lambda. A menudo soy puñetero, leo “demasiado” a los autores que me interesan, y les exijo de antemano lo que estoy deseando encontrar en su obra. Y después de todo, vaya ventura: puedo asegurar que, por suerte para mí, no di en esta novela con siquiera la mitad de los tropiezos que esperaba. Al contrario.

Para empezar, El águila y la lambda ha resistido perfectamente el paso de los cuatro o cinco años que median entre el momento de su redacción y el presente. No se la ve por un instante fuera de tono o contexto (en la medida en que cabe escrutar contexto contemporáneo, "el espíritu literario de los tiempos", en una novela histórica); ese mérito es justo el de los autores que edifican su obra con elementos sólidos, bien anclados a nociones claras sobre lo que es literatura y lo que es entretenimiento. Sin duda, Pedro Santamaría pertenece a la clase de escritores que, sin desdeñar el acicate o las oportunidades del feeling coyuntural, intentan construir su novela con la suficiente solvencia para que sea siempre fiel a sí misma y mantenga su vigencia “toda la vida”. Alguien podría argumentar que, tratándose de novela histórica, es muy sencillo asumir este precepto, pues lo que pasa de moda es la actualidad, mientras que el pretérito siempre ejerce su capacidad evocadora en presente. Cierto… Aunque sólo a medias. Hay novelas históricas, muchas, demasiadas, escritas con una precipitación que siempre me ha parecido claustrofóbica, un desaliño imperdonable y una complacencia hacia el gusto de los tiempos que no merece otro calificativo que el de obsecuente. En este ámbito, El águila y la lamdba se defiende a la perfección. Desde las primeras páginas tiene el lector la reconfortante sensación de que el autor ha pretendido, en primer lugar, hacer literatura; después contar un historia interesante, y por último, y no por ello menos importante, entretener. Eso sí, y como suele decirse: instruir deleitando.




Hay otro rasgo, por igual relevante, que define a esta novela como una obra valiosa que permanecerá como tal pasado el tiempo: la habilidad (la inteligencia sin duda), que ha mostrado Pedro Santamaría para fijar referentes literarios muy poderosos en el desarrollo del argumento y los personajes. De esta forma, cuando acudimos a los clásicos como fuente no sólo de documentación sino de magisterio, se establece un compromiso que resultaría imperdonable traicionar, lo que a su vez marca los niveles de autoexigencia del autor: la novela, globalmente considerada, tiene que responder a ese compromiso, no quedar como una pálida, deslavazada o ridícula pretensión de parecerse a obras magistrales para, a la hora de la verdad, resultar una mala parodia de las mismas. Nuestro autor, en El águila y la lamdba, consigue perfectamente este objetivo. Establece con el lector la complicidad sobre temas clásicos con la promesa de no defraudarlo. Y sale tan bien parado de este reto que, francamente, al final de la lectura entran ganas de celebrar dicho logro, cosa que estoy haciendo ahora mismo, por si alguien no se había dado cuenta.

¿Qué referentes son esos? A mí me han parecido muy claros.

Por una parte, el relato de Los siete samuráis, una antigua leyenda japonesa guionada y llevada al cine, en 1954, por Akira Kurosawa, con sucesivas secuelas (unas más afortunadas que otras). Esos siete samuráis del film de Kurosawa vuelven a la pasión por la vida, el amor y la lucha, en los siete espartanos contratados por Cartago y capitaneados por Jantipo, un soldado veterano, experto en tácticas militares, impávido ante las penalidades y riesgos de la guerra y (aportación de Santamaría, muy de agradecer), capaz de enamorarse y comportarse con una generosidad admirable, por causas mucho más elevadas que su fama como soldado y paga como mercenario.

El segundo referente, qué duda cabe, es Salambo, de Flaubert. La atracción de Jantipo por la delicada, sofisticada, apasionada cortesana Arishat, recuerda en sus formas más espontáneas el amor fou del mercenario Matho por la bella evanescente Salambo, sacerdotisa de Tanith. Y, por supuesto, los villanos intrigantes, codiciosos, despiadados miembros de la aristocracia y la clase sacerdotal cartaginesa, en El águila y la lambda, tienen su opuesto reflejo en los abominables y fulleros “políticos” y sacerdotes que conspiran contra la Salambo flaubertiana. Al final, como en la novela de Flaubert, recibirán su merecido. También me parece un detalle de agudeza literaria dejar un desenlace más próximo al final feliz, mucho menos crepuscular que en la novela de Flaubert y relatos posteriores sobre la agonía de Cartago. A fin de cuentas nos encontramos en época inicial del conflicto Roma-Cartago, anterior a la Guerra de los Mercenarios, muy lejos aún de la caída de aquel gran emporio mediterráneo, aniquilado por la potencia militar imparable de Roma. Queda aún tiempo para la ventura y para que los protagonistas sueñen con un futuro amable. Ese es un buen final.

Novela muy recomendable para los amantes del género y, apurando un poco, para escritores en ciernes que quieran aprender cómo se aprende de los clásicos, cómo se buscan y aplican las recomendables referencias que la historia de la literatura nos ha legado a través del magisterio de los clásicos.

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