El mundo como voluntad y predeterminación

Según la ortodoxia marxista, el ser humano es un nudo de relaciones sociales. (Marx no habla del “ser humano”, sino del “hombre”, pero nosotros, al día de hoy, nos quitamos de encima sombras y sospechas, y sustituimos el clásico “hombre” por expresiones más acogedoras; con tal de que no resulten cursis o ridículamente incorrectas, vale). A lo que íbamos…

No es que al materialismo dialéctico le preocupasen mucho la índole y esencia de lo humano, ya saben: se trata de una visión totalizadora y científica del mundo, una wetl donde sólo alcanzan verdadero sentido e interés las dinámicas sociales, cuyas protagonistas son las masas; el curso de la historia es único e invariable, camina sobre raíles de acero hacia su fin necesario, que es el comunismo en su fase superior, y, en consecuencia, toda existencia individual, todo proyecto de vida personal, alcanzan una importancia relativa. En la narrativa clásica socialista, o materialista, el drama personal sólo tiene relevancia en la medida en que se vincula con el gran latido de las masas en cada época concreta, el espíritu de los tiempos, la convulsión de la historia y, sobre todo, el gran compromiso moral que supone adaptar los anhelos particulares al afán colectivo de avance social, justicia, igualdad, etc, etc y todos los et céteras que hagan falta. La Madre, de Gorki, sería la obra paradigmática desde esta perspectiva. Doctor Zhivago, de Pasternak, su diametralmente opuesta. Gorki fue encumbrado por el stalinismo como el Gran Autor Revolucionario por Antonomasia; Pasternak, amén de vilipendiado y censurado, tuvo que pasar por la humillación de rechazar el premio Nobel de literatura, debido a la enorme presión política ejercida contra su persona, familia y allegados, en la Unión Soviética. El editor de Pasternak en Italia, el poliédrico y controvertido Giangiacomo Feltrinelli, fue expulsado del PCI tras la publicación de Doctor Zhivago. En fin… Eran otros tiempos.


Todas estas peripecias de la historia me venían a la cabeza mientras leía la novela El corazón del Cóndor, de Francisco Núñez Roldán. Por supuesto: hay muchas formas de leer una novela, tantas como lectores acudan a sus páginas. Como lector siempre es excitante tomar el asunto y los personajes en aquella dimensión donde su voz y recorrido ahondan más, resuenan con eco más pleno de particulares sugerencias. En tal sentido, el autor nos presenta una aproximación a dos vidas admirables y por eso mismo difíciles. De acuerdo: dos existencias así, admirables y complicadas, son una novela. De eso se trata. Veamos:

Rosario y Kurt. Los dos se parecen en lo fundamental, el subrayado dramático que da tono (a veces incluso hasta significado) a cualquier existencia. Ambos han tenido que sobreponerse a circunstancias históricas muy adversas. Mientras Kurt se libraba de la muerte casi de milagro, era prisionero del ejército soviético y se reeducaba en un campo de trabajo, tras la II Guerra Mundial, Rosario, huérfana de padre a consecuencia de un bombardeo de la Cóndor en Jaén, lucha por acabar sus estudios de magisterio, emigra a Alemania ante la falta de perspectivas en España y “se pasa” al bando oriental, en una aceptación entre heroica e ingenua de sus ideales más o menos socialistas. La de ambos es una lucha valerosa, algo temeraria por la convicción con que cada uno la emprende, por encontrar su verdadero lugar en el mundo. El destino, finalmente, los reunirá y sonreirá hasta que se enamoren y formen una hermosa pareja. La vida como lucha tiene su recompensa. La vida como predestinación es un terreno mucho más espinoso. Late el secreto bajo la cuna amable del amor: Kurt es el artillero aéreo que bombardeó Jaén, en 1937, y que causó la muerte del padre de Rosario, convirtiéndola en la huérfana de “un rojo” y marcando para siempre su difícil, valiente vivir.

Ya hay argumento, novela habemus. Ahora, el autor puede hacer dos cosas con esos materiales. Una, convertirlos en el entramado de un melodrama más o menos vistoso, con conflicto sentimental de altura; otra (más recomendable desde mi punto de vista), dejar vivir a la propia historia, no forzarla con urgencias sentimentales, observar desde una óptica sencilla y compasiva el devenir de Kurt y Rosario e intentar comprender (y representar, interpretar), los acasos y porqués de dos vidas que se debaten entre la voluntad de ser, los débitos imperativos del pasado y la trama inexorable del presente. Volvemos a la explicación clásica marxista: “El ser social determina la conciencia”. Puede ser, aunque el verbo “determinar” parece excesivo. El ser social de Rosario la lleva a aceptar un entorno tan híspido como la República Democrática Alemana, pero sin acatar ciegamente, acríticamente, las contradicciones evidentes de aquel sistema que no es que tuviese “imperfecciones” sino que fue imperfecto, radical, cruelmente imperfecto, desde su nacimiento a su extinción. Rosario nunca pierde su capacidad de observación, de juicio, de razonamiento. Acata sus circunstancias pero no cree a ciegas, ni mucho menos espera nada grande, hermoso, elevado, de una sociedad gris en su médula y policíaca en sus formas. El caso de Kurt es más sencillo y más rotundo: dejó de creer en el nacionalsocialismo, de modo que le resulta, digamos, metafísicamente imposible creer en el socialismo nacional de la RDA. Asumirá su nuevo papel de funcionario al servicio del Estado, el orden establecido, la legalidad imperante… Mas, en lo íntimo de su conciencia, olvidará el compromiso moral con aquel orden, todo en aras de un objetivo mucho más importante: sentirse libre y dueño de su vida y sentimientos. La tensión (¿dialéctica?) entre el ser social de los protagonistas y su ser realmente existente (con perdón por la licencia conceptual), alcanza su punto crítico, su nivel de superación (en sentido estricto, de nuevo ortodoxo: revolucionario), en el momento en que Rosario conoce la verdad sobre el pasado de Kurt y descubre que el hombre al que ha amado durante décadas fue responsable de la muerte de su padre. La solución al conflicto está en el poema del Mío Cid. La literatura siempre esconde atesorada una posibilidad de redención. Ya lo dijo Pío Baroja, sobre el protagonista de su El árbol de la ciencia: “Leía porque no podía vivir”. Entonces, ¿qué de malo hay en leer cuando no se puede, o no se quiere vivir conforme a un entorno y un presente que nos conducirá a cualquier sitio menos a la realización y la felicidad? Mejor leer y tomar ejemplo de los clásicos. Del Mío Cid sin ir más lejos.

Finalmente, Francisco Núñez Roldán ha conducido la historia donde debía (esa es mi opinión, aquella salida óptima): En esta vida nos redimen muy pocas cosas. El amor, la libertad y la literatura. Poco más. Lo dijo Arnaud, creo; con mucha razón por su parte, estoy convencido. Y justo sobre eso, para eso, está escrita El Corazón del Cóndor: para hablarnos del amor, la libertad y la literatura.



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