Interregno, una explicación que nadie ha solicitado y que casi nadie necesita

En la primavera de 2011, con motivo de una lectura de su obra poética en la biblioteca pública de Carmona, tuve ocasión de reunirme con el escritor Antonio Rivero Taravillo, en aquellos tiempos director de publicaciones de Paréntesis, una editorial con sede en Alcalá de Guadaira, perteneciente al ya extinto grupo MAD, que hizo más por la novela española contemporánea, durante los pocos años de actividad que le concedió el mercado, que muchos sellos editores de renombre, de esos que llenan sus catálogos con obras perfectamente escritas para que puedan ser perfectamente leídas por un público perfectamente aleatorio y que, por supuesto, son perfectamente prescindibles (me refiero a aquellos títulos con vocación de superventas, no al público, quien, a la postre, lee lo que puede y no tiene culpa de nada).
Acabado el evento, caminamos y charlamos con amena parsimonia por el centro de la impecable, monumental ciudad erigida hace unos cuantos milenios sobre la gran peña que domina el valle del Guadalquivir; y yo creo que fue el entorno, subrayado con singular viveza por una personalidad exquisita , enmullida en la pausa de los siglos, lo que condujo nuestra charla, con natural fluidez, hacia los ámbitos de la novela histórica y sobre cómo valoraba Antonio Rivero su pertinencia y oportunidad de cara a nutrir el catálogo de narrativa (ya de por sí notable), de la editorial que entonces dirigía. Recuerdo haberle hablado con especial entusiasmo de títulos como El año de Malandar, de Juan Villa Díaz, una novela inusualmente bien escrita, poderosa en su pretensión y de brillante alcance, obra que me había descubierto a un autor admirable y al que, por fortuna, he seguido desde entonces.
(Excurso: si los guionistas de la multipremiada película La isla mínima conocían el portento de True detective, y se dejaron inspirar por el ambiente mistérico y limoso de esta magistral serie detectivesca, creo sinceramente que habrían alcanzado cotas insuperables de autenticidad de haber visitado con atención y provecho la obra de Juan Villa Díaz, una novela de las que “insertan marcador” en la memoria de cualquier lector y que, por cierto, me venía al recuerdo cuando contemplaba ambas entregas cinematográficas, tanto La isla mínima como True detective. Fin del excurso).
Me entretuve unos momentos rememorando El año de Malandar, y celebré la decisión de Antonio Rivero de publicar pocos meses después El códice purpúreo, novela ambientada en el siglo IV dC, cuyo argumento, así como la ya conocida pericia de su autora, Herminia Luque, auguraban, como así fue, un resultado sobresaliente. Lamentaba sin embargo Antonio Rivero la especial dificultad de publicar novela histórica, así como otro de sus géneros preferidos, las memorias (andaba por medio de la conversación el pulcro trabajo de José Antonio Moreno Jurado con Aracne, una lectura deliciosa y colmada de ese acento entre melancólico e ilusionado que caracteriza a los textos autobiográficos merecedores de serlo). Tal como me comentaba el editor, el mercado imponía de nuevo esa ley, predecible y del todo absurda, según la cual tanto las novelas históricas como las memorias personales deben publicarse acompañadas de un gran despliegue publicitario y, a ser posible, estar escritas por gente muy conocida. Reflexionamos un instante sobre el sinsentido de todo aquello: que un sacrificado, meticuloso poeta ignorado por las masas escriba unas memorias deslumbrantes, siempre cabe dentro de lo posible; pero, ¿qué de maravilloso puede haber en las memorias de estrellas mediáticas, personas más vistas que los semáforos y cuyas vidas han sido aireadas hasta el aburrimiento (a menudo hasta lo obsceno) por los medios de comunicación? En fin, concluimos como siempre: en este difícil mundo de la narrativa y la edición existe un desequilibrio activo, “movilizador”, entre la realidad y el deseo, lo que nos gustaría hacer y lo que en atención a lo estrictamente fáctico es posible; la locura (grandiosa, bendita), de escribir la batalla de Waterloo en catorce folios, con un bolígrafo BIC que cuesta setenta céntimos, y la imposibilidad de publicar esos folios, no digamos filmarlos con un presupuesto de dos o tres millones de euros… La realidad, siempre.
Derivó entonces la conversación, a propósito de El códice purpúreo, hacia un punto en el que ambos estábamos de acuerdo: la escasa producción novelística sobre la época, larga y fecunda en todos los terrenos, del imperium romano en la península, la espléndida civilización hispano y tardoromana, así como el período de transición entre el poder imperial y la estabilización de la antigua provincia en torno a los dos nuevos centros de hegemonía: el reino godo de Toledo y el trono de los suevos en Brácara Augusta. Ciertamente, coincidimos en que los historiógrafos románticos crearon un durable malentendido (fatal para los intereses de la literatura), al denominar “Interregno”, o más exactamente “Interregno Visigótico”, a los siglos en que prevaleció la monarquía goda, hasta la primera oleada de asentamientos musulmanes en 711. El verdadero “interregno” sucede mucho antes, cuando se produce el efecto “vacío de poder”: Roma ya no es Roma, el dominio imperial se desvanece, las ciudades, señoríos, parroquias, prioratos e incluso obispados no encuentran un referente sólido que garantice y mucho menos organice el orden social; aún no introducida la figura jurídica del foedus en Hispania (salvo en el caso del rex suevo Hermerico, establecido en la Gallaecia, pues el resto del territorio, nominalmente, continua siendo una provincia del imperio), los patres hispanoromanos y la cada vez más influyente autoridad eclesiástica se ven obligados a maniobrar en sentidos muy diversos para, de esta forma, asegurar supervivencia y posesiones ante la irrupción en avalancha de las tribus y clanes guerreros de los vándalos y los halaunios.
Cabe también considerar que la tremenda conmoción que supuso el desvanecimiento del imperio y la entrada en escena de los pueblos germano-asiáticos invasores, se produjo en un marco ideológico-cultural extraordinariamente disperso. Bien es cierto que el catolicismo parece la religión mayoritaria y, por tanto, el conexo moral y político más socorrido, pero también es verdad que existieron circunstancias especiales, elementos que desdibujarían esta prevalencia ideológica hasta hacerla confusa y, en definitiva, inhábil como sistema de valores en torno a los cuales podían cohesionarse las comunidades en busca de un nuevo paradigma de estabilidad. En primer término, el mismo cuerpo doctrinal cristiano se ve escindido por numerosas controversias teológicas, siendo habitual que los involucrados en el debate buscasen apoyo en poderes terrenos para sostener su particular visión tanto de la fe como del que debería ser su ideal, su “civitas Dei”. En la península ibérica, el más conocido de estos litigios fue el habido entre arrianos y trinitarios, aunque la capacidad generadora de desavenencias capitales en el seno del primer cristianismo resulta espectacular. Una somera lectura de La tentación de San Antonio, de Flaubert, nos ilustra maravillosamente al respecto. Por otra parte, la entrada de poderosas fuerzas invasoras en la península se confirmó a través de la extensa frontera con los antiguos territorios de los galos, los francos y los celtas; es decir: tuvo lugar en aquellos lugares donde ni siquiera el culto a las deidades clásicas grecoromanas había arraigado plenamente, cuánto menos el cristianismo, considerado por una parte no mayoritaria pero sí significativa de la población (vascones y cántabros incluidos), como una religión “extraña” a las tradiciones propias de cada cultura. La pervivencia del culto animista vinculado a las fuerzas de la naturaleza, heredado de la civilización celta, y de las arcaicas mitologías iberas, son otros elementos disgregadores respecto a esa “ideología dominante”, unificadora, que los pueblos peninsulares necesitaban para hacer frente al peligro nada ideológico y muy real de su aniquilación a manos de despiadados invasores bárbaros. Por último, y para complicar la situación en este ámbito tan decisivo para el “sentido de ser en el mundo” de los pueblos pre-medievales, nos encontramos con la visión e interpretación apocalíptica que muchos patriarcas católicos dieron a la conquista y saqueo de Roma por los ejércitos del rey godo Alarico. Según aquellos venerables varones, que el emperador se humillara ante el enemigo suponía una catástrofe inimaginable; que la Silla de Pedro fuese ocupada por un posible usurpador, el signo de la Cruz vilipendiado y arrojado de los templos, la religión de Cristo postergada como una creencia indigna, o falsa, era un riesgo espantoso que abismaba a todos los creyentes al cataclismo absoluto, sin posible remedio. Después de aquella desgracia, sólo cabía esperar el Fin de los Tiempos. En tal sentido, la meticulosa Crónica de Idacio (posiblemente la cronología más fiable de la época), resulta contundente en sus conclusiones: “De esta suerte, exacerbadas en todo el orbe las cuatro plagas: el hierro, el hambre, la peste y las fieras, cúmplense la predicciones que hizo el Señor por boca de sus Profetas”. El siglo V, para algunos cristianos visionarios, significó el fin del mundo. En cierta manera, lo fue. En un pasaje de Interregno, el sacerdote Castorio de Sanctus Pontanos expone su temor con estas atribuladas palabras: “Los mismos dignatarios de Roma, hace años que no tienen noticias verídicas sobre lo que ocurre en la sede imperial. Lo último que sabemos con certeza es que el bárbaro Alarico, rey de los godos occidentales, puso cerco y saqueó la ciudad hace más o menos una década. ¿Lo imaginas? Roma todopoderosa, centro del mundo y lugar sagrado donde elevan sus oraciones los sucesores de Pedro, arrasada por una turba de salvajes idólatras, la mayoría de ellos herejes, enemigos de Cristo y de la única religión verdadera… Si esta calamidad no es signo temible entre los más aciagos, cerca debe de andarle… Si el mundo no ha acabado y los ángeles del cielo no preparan las tubas y pífanos del juicio final, poco han de tardar en ponerse a la tarea… Desde hace años y décadas no tenemos noticias de la autoridad imperial, lo que ha sucedido en aquellos lugares que antaño fuesen centro del mundo, quién ocupa ahora el trono de los césares, quién manda, quién obedece y a quién le han cortado la cabeza... Tampoco sabemos cuál ha sido la suerte de nuestra iglesia. Desde luego quedan muchos hombres de Dios, hay seguidores de Nuestro Señor Jesucristo y sus enseñanzas por todos los rincones de Hispania y también en el país de los francos. Esas noticias son seguras. Pero nada sabemos acerca de la Silla de Pedro, la autoridad suprema de nuestra religión, si un santo varón continua al frente de la cristiandad o si nuestras creencias han sido derogadas, borradas de los libros y olvidadas por el pueblo. No sabemos, Egidio, si la cruz sigue siendo emblema del imperio o si, por azares de la guerra y la política, ahora se la considera un signo pagano. Esa es mi cuita, buen amigo...



De tal forma, nos encontramos ante una época de aparatosa incertidumbre, tanto en el ámbito social como cultural; un período marcado por hondos sentimientos de escisión entre la humanidad civilizada y sus centros “naturales” de poder, la codicia devastadora de pueblos errantes alzados en armas, la resistencia a ultranza de los vestigios imperiales y el vértigo de los pactos y alianzas establecidos entre los poderosos con el único y supremo objetivo de sobrevivir. La nobleza de las ciudades, en muchas ocasiones, prefiere pagar tributo a los bárbaros recién llegados, pues casi siempre resultaba más barato y mucho más eficaz que ofrecerlos a Roma; en otros casos se deciden por combatir, confiando la defensa de sus vidas y bienes a tropas mercenarias, mucho más aguerridas que los débiles restos de lo que en otro tiempo fuesen invencibles legiones romanas. Otros pueblos se guarecen en su territorio, ciudades amuralladas protegidas por una localización favorable a la defensa… Cada cual afronta la calamidad como puede. Es en esos momentos, y en esas condiciones, sobre los que parece oportuno extender la mirada literaria, en busca de la interpretación épica de un tiempo que, como todas las épocas de crisis de la humanidad, resulta apasionante.
Un par de semanas después de mi conversación con Antonio Rivero, recuerdo haber insistido acerca del asunto en el transcurso de una agradable velada con mis amigos Angustias y Félix, en Tomares, pequeño y fantásticamente bullicioso pueblo sevillano que ha ganado renombre en los últimos tiempos por ser el de mayor renta per cápita de España, o algo parecido… Les comentaba con toda ilusión (espero que sin aburrirlos demasiado), cómo la empresa de escribir una novela ambientada en el mundo confuso, violento, vitalista, mágico, del siglo V, presentaba un reto excitante para mí, por cuanto muy pocos novelistas en lengua española se habían ocupado del mismo hasta el presente. Por reivindicarme ambicioso, aunque no petulante ni pretencioso, les indicaba cómo en la literatura española no existen obras semejantes a Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, de Steinbeck; no digamos un texto semejante a La muerte de Arturo, de Sir Thomas Mallory, y parecidos. No existe en España una épica medieval desvinculada del argumento moros y cristianos. De hecho, hemos de aguardar hasta la aparición de los cantares del Mío Cid para dar por inaugurada justamente esa épica medieval. Y lo cierto es que dicha carencia no ha sido debida (desde mi modesto punto de vista), a la ausencia de temas, sino a la perentoriedad con que la Iglesia y los reinos cristianos precisaban nutrir un ideario belicoso en contra del mahometano, dejando en el olvido (en todo caso para entretenimiento inane de la juglaría), el lirismo de asunto heroico-pagano. La novela de caballerías es detestada, en nuestra literatura, hasta en la novela de caballerías por antonomasia: El Quijote.
De regreso a nuestra casa de Carmona, charlaba con mi mujer, Sonia, sobre este pormenor, y ambos estuvimos de acuerdo en que cuando algún escritor se había decidido a aventurarse en estas sendas de la narrativa (en el caso que comentábamos, una grandísima escritora: Ana María Matute), había eludido conscientemente la situación histórica concreta, trazando maravillosos argumentos en utópicos escenarios medievales, sí, pero atemporales, como sucede en obras tan portentosas como La torre vigía, Olvidado rey Gudú y Aranmanoth. No desconocíamos aquella cierta aversión que Ana María siempre tuvo por la novela histórica sensu estricto, la cual nos había argumentado con encantadora sencillez un par de años antes, en el mejor restaurante chino de Barcelona y del mundo (según su gusto y criterio, aunque una cosa era indiscutible: con ella, los empleados del local eran los más amables del mundo). Empero, aun considerando los rotundos y enternecedores “Matute dixit” con que solía concluir sus pequeñas soflamas en contra del género, tampoco desconocíamos Sonia y yo la admiración y gusto de Ana María por la obra poética de Juan Eduardo Cirlot, un autor que influyó en muchos escritores barceloneses de su generación, como la misma Matute o el mismísimo Perucho. Tampoco ignoraba yo el pequeño maremoto que supuso en los años 60 del pasado siglo, en aquellos ambientes de la vanguardia barcelonesa, la película El señor de la guerra, de Franklin J. Schaffner, y cómo había determinado los últimos años del poeta Cirlot y orientado el quehacer narrativo de autores como Ana María Matute. Confieso ahora una pequeña travesura, cometida en 2007, mediante la que quise ratificar mi íntima convicción de que la novela La torre vigía quizás no habría existido sin la película El señor de la guerra. Fue el caso que nos trasladamos desde Barcelona (donde entonces residíamos Sonia y yo), a Granada, para participar en algunas actividades de la feria del libro de esa ciudad, en la que tantos años he vivido. La Junta de Andalucía, organizadora de los eventos principales, había tenido el detalle de reservarnos asientos VIP (aún no eran tiempos de austeridad, aunque estoy convencido de que algunos autores ni los han conocido ni los conocerán nunca, pero ese es otro tema…). A lo que iba. Nos encontrábamos cómodamente instalados, degustando Ana María un gin-tonic y yo una Coca-Cola light (bebida oficial de los que han consumido su ración vitalicia de gin-tonic con demasiadas prisas); la conversación derivó, o fue conducida, qué más da, hacia La torre vigía; Ana María me embelesó un buen rato con la vida privada de aquella novela; y yo, todo atento y agradecido, correspondí con un amable: “Por cierto, hablando de lo que hablamos…”. Y le obsequié el DVD de El señor de la guerra. La sonrisa de alborozo y complicidad fue un regreso de ensueños. Sí, sin duda: cuando hablábamos de La torre vigía y de El señor de la guerra, no nos referíamos a la misma clase de literatura, pero sí a la misma emoción literaria.
Cuando llegábamos a Carmona, de madrugada, tras la cena y posterior tertulia con nuestros amigos de Tomares, Sonia y yo habíamos decidido que era momento de que intentase escribir una “novela histórica” de la que Ana María Matute no hubiese podido, ni querido, renegar. Una novela, por añadido “histórica”, que a ella le gustase.
Un año más tarde, había redactado las primeras cuatrocientas páginas de Interregno. Ya no vivíamos en Carmona. La trayectoria profesional de Sonia nos había llevado a La Coruña. Nos instalamos en un diligente municipio cercano al aeropuerto: Arteixo. Una de las parroquias pertenecientes al ayuntamiento de Arteixo se llamaba y se sigue llamando “Suevos”. Cuando una novela “encarta” en la vida del autor, la vida se empeña en cuadrarlo todo. Si un año antes, durante la época en que rumiaba y repensaba sobre el libro aún por escribir, me hubiesen dicho que trece meses después viviría en el Finisterrae de mis personajes, en el centro de los dominios del viejo rex Hermerico, lo habría tomado a broma. Pero así suceden las cosas cuando uno se empeña en conjuntar las pulsiones y apetencias del yo interior con el fluir de una obra literaria: las cuentas suelen salir justas. No es la primera vez que me sucede, son ya muchos los ejemplos que puedo recordar, casi todos muy indiscretos, en el transcurso de casi cuarenta años dedicado a esta inclinación sin penitencia por la narrativa. Por poner uno de ellos (un ejemplo, entendámonos), me apetece referir algo sutilmente revelador que me ocurrió en 2007, cuando redactaba Los fantasmas del Retiro. Aunque la verdad es que no fue una, sino que fueron dos las coincidencias.
La primera: despistado como siempre, tardé seis o siete meses, desde el inicio de la novela, en darme cuenta de que la plaza donde bajaba a nuestro perro cuatro veces al día se llamaba “Plaza del Retiro”; por supuesto, el Retiro de mi novela es el parque madrileño, pero a buen seguro que mi inconsciente tomó precisa nota de que al final de sevillana calle Alonso Mingo luce esa placa, rotulada con el nombre mágico; y también es bastante probable que el título de la novela me fuese sugerido desde la mudez un tanto pérfida y siempre preñada de simbolismo de los objetos inanimados, tal cual la inscripción indicativa de aquel espacio público.
La segunda sorpresa fue aún más turbadora. El desarrollo argumental de Los fantasmas del Retiro, ambientada en el Madrid de 1956, necesitaba un espacio subterráneo inmenso (lóbrego como catacumba, por supuesto), que estuviese situado en las proximidades del parque del Retiro y el Observatorio Astronómico. En dicho improbable escenario, los servicios secretos del Régimen, en confabulación con unos científicos nazis refugiados en la capital de España, construían una réplica imaginativa y por tanto falsaria del sector del planeta Marte conocido como Cidonia, donde se encuentran las célebres formaciones rocosas que, por pareidolia, evocan tremendas imágenes de una esfinge y unas pirámides similares a las babilónicas. El problema no era pequeño: cómo meter en Madrid, en el subsuelo de Madrid, en el año 1956, un espacio tan descomunal. Y fue el caso que rastreando minuciosamente por Internet me enteré de que el Metro había iniciado las importantes obras del intercambiador-conexión de líneas, Retiro-Diego de León… en 1956. Finalmente, la empresa madrileña de transportes metropolitanos había resuelto, a tiempo y con criterio, mi escollo argumental.
Cuando la idea y propósito de una novela funcionan, la realidad se cuida de ajustar los detalles. Habrá quien se mantenga escéptico al respecto, pero un servidor, desde su propia experiencia, no tiene más remedio que plegarse a la lógica sin lógica de lo predeterminado.
Aunque hablaba de Interregno antes de desviar la memoria y la atención hacia otra novela. Y por volver al hilo principal y seguir descubriendo las coincidencias vitales que surgieron en los tres años que duró la primera redacción de Interregno, comentaré un último y decisivo detalle. Para mí, quizás, el más importante.



Sucedió que en el verano de 2012 Sonia quedó para tomar café en La Coruña con su compañera de trabajo Eva, una asturiana encantadora, excelente lectora que, entre otras gentilezas, me había ayudado a descubrir a Sapkovski y su fenomenal saga sobre las guerras husitas en la Bohemia del siglo XV. Y sucedió que en el encuentro aparecieron, acompañando a Eva, Xosé Antonio López Silva y su esposa, Ana, amiga de aquella desde tiempos del instituto. López Silva tuvo el inmenso detalle de llevar a la reunión y obsequiarme su último trabajo: la edición del inédito De santos y milagros, antología sobre textos de Álvaro Cunqueiro, publicada por la Fundación Banco de Santander. Quién alcanzara mayor privilegio: pasar la tarde en caudalosa charla con un profesor de literatura, filólogo, editor y crítico literario, experto en la obra de Cunqueiro; y pasarla no en cualquier sitio, sino en la cafetería Macondo de La Coruña. Esos fueron los inicios de nuestra amistad. Por continuarla con mayor esmero, y por hacer el destino su jugada completa, se interesó Xosé Antonio por mi dedicación novelística de entonces, de la que, sospecho, algo le había adelantado Eva. Tras escuchar mi argumentación, bastante entusiasta, sobre Interregno y sus posibilidades como novela, Xosé Antonio desveló lo espectacular que siempre respira bajo el misterio de los azares retornados: Él, no otro… Él era el editor de la Crónica de Idacio de Limia, bispo de Chaves, rescatada del olvido gracias a su inmenso trabajo documental, publicada por la Diputación Provincial de Ourense en 2006, con profusión de notas a pie de página y amplio estudio bibliográfico e histórico previo. Era el autor de un libro que yo había consultado y del que había extraído notas apresuradamente (el traslado a Galicia estaba cercano), en la biblioteca pública de Carmona, ante la imposibilidad de conseguir aquella obra por otros medios. Xosé Antonio era, por así decirlo, el experto absoluto en la materia y en el ámbito histórico-geográfico sobre el que llevaba más de un año escribiendo, completamente fascinado por la época y los personajes que la poblaron. Xosé Antonio López Silva resultó ser, porque el destino manda y eso no lo cambia el más pintado, uno de los mayores conocedores de esa misma época. Y el encuentro fue en La Coruña, la antigua Brigantia, en Macondo, con un libro de Cunquerio sobre la mesa, recién salido de imprenta como recién escrito.
Hay novelas que llegan a una vida porque son necesarias, en el sentido más estricto, filosófico, del término. Porque todo lo que hemos leído y aprendido y vivido nos abocan a esas páginas, esa dedicación, como un acto que transciende a la propia voluntad para ejercer como condición ineludible de nuestra personalidad. Hay momentos en la vida que resumen, o mejor dicho, sintetizan, lo que hay de secreto y de claridad en cada existencia: una especie de conclusión matemática, evidente, erigida sobre números complejos y a menudo indescifrables. Aquella tarde, en la cafetería Macondo, fue uno de esos momentos, el punto final de una incertidumbre y la primera línea de un nuevo argumento. Representó en mi conciencia algo parecido a la legitimación epifánica de Interregno. Estaba escribiendo la novela porque no me había equivocado al decidir que, en efecto, era necesario escribirla.
Xosé Antonio López Silva, acaso para tranquilizar mi alborozado desasosiego tras aquel cúmulo de certeras casualidades, citó de memoria a Gonzalo Torrente Ballester: “En literatura, es real todo lo que puede escribirse y, por tanto, presentarse como real”. No encontré mejor respuesta, lo reconozco: “Qué casualidad… Sonia y yo vivimos en la calle Torrente Ballester, de Arteixo”.
Una semana más tarde, recibí por correo un ejemplar de la Crónica de Idacio, el cual atesoro desde entonces como venerable objeto ritual. Tan importante es para mí que, desde luego, no está ahora con Sonia y conmigo, en nuestra actual residencia tinerfeña. Al igual que otros libros señalados por la virtud del misterio, se guarda celosamente en lugar recóndito… En la sigilosa ciudad de León.
Un año y dos meses después de recibir la Crónica de Idacio, acabé la primera redacción de InterregnoLaus Deo, afirman muchos escritores en este punto. Para dar gracias a Dios y al destino por la novela, definitivamente, aún me queda verla en librerías y, quizás, redactar otras tantas páginas que precedan al auténtico finis coronat opus.

"El último suevo", de Javier de las Heras

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