Interregno: el valor de lo épico en la narrativa contemporánea

Entrevista publicada por El Manifiesto (18/06/2015)





José Vicente Pascual (Madrid, 1956), es un autor conocido por los lectores de El Manifiesto desde que en 2006 se integró en el equipo de redacción de la revista. A lo largo de estos años ha aportado un buen número de artículos con su firma, así como ha mantenido el blog Lejos de Itaca, desde el que nos ofrece su visión crítica, a veces cargada de ironía y escepticismo, sobre la actualidad cultural y política de España. De su faceta de novelista hemos dado cuenta en estas páginas, reseñando sus últimas y más sobresalientes obras: La hermandad de la nieve y Almirante en Tierra Firme, obra con la que alcanzó el Premio Hispania de Novela Histórica en 2013.


Su última novela, Interregno (Ediciones B, junio de 2015), es una obra de largo, intenso recorrido, con la Hispania del siglo V dC como escenario y pretexto para el argumento, el cual se resume en la inicial Nota del Autor: “En los albores del siglo V, desaparecido en la práctica el dominio de Roma, los pueblos del norte peninsular y las tribus, clanes y naciones euro-asiáticas que han invadido el territorio luchan encarnizadamente por la supremacía. Es el tiempo de la espada y la leyenda”.


Sobre esta novela recién presentada en el panorama literario, así como acerca de otras cuestiones que nos parecen relevantes para caracterizar el actual pulso de la literatura y la narrativa en nuestro entorno cultural, hemos conversado con el autor, a quien “atrapamos” en la T-1 de Barcelona, a medio vuelo de regreso entre Dublín y Tenerife, donde reside actualmente. Los horarios del avión no fueron obstáculo para conversar tranquilamente sobre este Interregno en el que, según nos confiesa, ha trabajado durante cuatro años y al que no tiene problema en dedicar noventa minutos de charla.

El Manifiesto: En alguna reseña hemos leído que Interregno es una novela de fantasía histórica. ¿Nos puedes explicar qué es eso de “fantasía histórica”?

José Vicente Pascual: No. Que lo explique quien inventó ese término (no me atrevo a llamarlo concepto). Interregno es una novela ambientada en unas coordenadas históricas determinadas, en la trama intervienen algunos personajes que existieron realmente y se da cuenta de hechos documentados; también, como en toda obra de ficción, se desarrollan elementos argumentales que sólo pertenecen a la imaginación del autor, que soy yo. Y en la ficción cabe todo: la realidad y la fantasía, lo mensurable y lo mágico. Sí es cierto que a la hora de escribir Interregno me he dejado llevar por un estilo y una visión del mundo donde lo fabuloso y legendario ocupan un lugar importante. Pero, seamos sinceros: ¿en qué contexto historiográfico no aparecen, con fachada de verdad incuestionable, elementos mítico-fabularios? En mi novela hay reyes que existieron y ninfas de los bosques que a lo mejor no existieron, generales romanos que fueron a la batalla y bandidos que, quizás, nunca robaron una gallina porque no llegaron a alcanzar el beneficio de ser. Torrente Ballester decía con frecuencia que en literatura es real todo lo que puede contarse con verosimilitud. En ese afán he mantenido el tono narrativo de Interregno, creo. Si es fantasía, historia, pura ficción o novela sin etiquetas, es asunto que no me desvela, desde luego. He escrito lo que quería escribir. Que le llamen como quieran.

EM: Cuando te refieres a “interregno”, ¿señalas entonces el denominado por los historiadores “interregno visigótico”?

JVP: Tampoco. El interregno visigótico, titulado así por la historiografía decimonónica, alude al reino godo de Toledo. Mi novela se sitúa en época anterior, cuando el poder de Roma ha dejado de serlo en la práctica, aunque se mantenga nominalmente, y las hordas de bárbaros invaden “Las Españas”, tal como llama a Hispania el buen clérigo Idacio de Limia, Obispo de Chaves, en su apocalíptica “Crónica de Idacio”, un documento de excepcional valor por la exactitud en la datación de los hechos históricos en aquella época. Ese es para mí el verdadero “interregno”, cuando Roma ya no es Roma y muchos pueblos, ciudades, clanes y culturas luchan encarnizadamente por la supremacía. Históricamente los vacíos de poder suelen durar muy poco, en realidad no existen. En la época a que nos referimos, los patriarcas eclesiásticos, terratenientes y patricios destacados establecen de inmediato alianzas entre ellos, o con caudillos recién llegados a sus territorios, para equilibrar la situación y cambiar el sistema estipendiario: en vez de pagar tributos a Roma, se satisfacían a los nuevos “dueños de la situación”. La misma Roma, incapaz de gobernar sus todavía amplísimas posesiones, establece pactos con ciudades hispanoromanas y jefes de tribus invasoras, otorgándoles el derecho de “foedus”, es decir, gobernar determinados territorios bajo reconocimiento jurídico del imperio. Es el origen del sistema feudal que ha de prolongarse durante toda la Edad media.

EM: Entonces, cuando los suevos, vándalos y alanos invaden la península ibérica, ¿España ya existía?

JVP: Como referencia geográfica, incuestionablemente. Como entidad política, era un territorio perfectamente delimitado y administrado bajo la organización imperial de Roma. Curiosamente, la irrupción de tribus invasoras que actuaban con una rapacidad y crueldad notable, el desmembramiento del imperio y otras circunstancias adversas (la escasez de cosechas por causa de la guerra, la inseguridad de la población), refuerza este sentido identitario de la civilización hispanoromana; comienzan a organizarse con urgencia en todos los ámbitos (militar, económico, político), y realizan un esfuerzo notable por consolidar un ideario común en torno a la fe católica. Este último aspecto fue extraordinariamente problemático, por la enorme indefinición doctrinal que existía en la iglesia a principios del siglo V, las distintas corrientes, “herejías” y demás controversias, un debate que en el fondo representa la lucha de poder e intereses de unas colectividades, grupos y clanes en contra de otros. Se trata en definitiva de un período de la historia convulso, vertiginoso, violento… Apasionante para un novelista, como es natural.

EM: El título de la novela, Interregno, parece un poco duro. Un título en latín, hoy día, ¿no te parece poco comercial?

JVP: Bueno… Menos mal que hay confianza y puedo responder tal como me pide el cuerpo: no toques las narices. Bastante me costó convencer a la editorial para mantener ese título, que me parece perfecto. Desde que don Benito Pérez Galdós triunfó con una novela titulada “Fortunata y Jacinta”, o desde que Stendhal y Tolstoi se rompieron la cabeza con “Rojo y Negro”, “Guerra y Paz”, no hay títulos poco comerciales. Además, qué leches, yo no sé lo que es comercial. No sé lo que le gusta a la gente. Sé lo que me gusta a mí… Nada, nada: Interregno.

EM: La novela habla de grandes cambios históricos, de acontecimientos decisivos, el derrumbe del imperio romano, la invasión de los bárbaros del norte; ¿por qué el personaje principal es un modesto ladrón de ganado, un asaltacorrales que se ve inmerso en todos estos hechos casi por casualidad?

JVP: Nunca me han interesado las historias con héroes de mármol, las estatuas de bronce que lo simulan todo y no dicen nada. En el fondo (muy en el fondo) sigo siendo un viejo marxista de método que cree en la lucha de clases como motor de la historia, aunque hoy día la lucha de clases sea una parodia achusmada y la historia un esperpento. Pero como “donde ha habido un castillo, ruinas quedan”, me sigue fascinando el papel histórico de las personas que no aparecen en los tratados, la gente humilde que “no cuenta” pero sin la cual seguiríamos encendiendo fuego chocando dos piedras. En estos tiempos tan ñoños y horteras que nos toca vivir, es casi obligatorio interesarse por la épica, la enorme capacidad que tiene el ser humano para transcenderse a sí mismo y convertirse en dueño de su destino, y luchar y vencer o caer derrotado con orgullo y dignidad. En ocasiones me han achacado hacer una literatura “escapista”, por ambientar casi todas mis novelas en épocas pasadas. Yo creo que, justo al contrario, hago una literatura muy realista, porque lo realista, en orden a construir una obra narrativa que merezca ese nombre, es desdeñar la grisura contemporánea y buscar ejemplos “ideales” en un pasado del que no sólo no hemos aprendido casi nada, sino que además es objeto de reprobación o desprecio por parte de las bocazas “políticamente correctas”.



EM: ¿Cuál es tu explicación de este fenómeno? ¿Por qué nuestra sociedad, mayoritariamente, desdeña el pasado como algo “carca”, retrógrado?

JVP: la ignorancia, amigo mío. La ignorancia. Para la inmensa mayoría de la gente, la historia es un relato pomposo de grandes nombres, unas cuantas fechas y unos pocos acontecimientos importantes. Lo demás no interesa, por pura y temeraria pereza mental. Reconstruir el pasado y acogerse a su enseñanza no es limpiar de cagadas las estatuas de los parques, sino aprender los mecanismos que nos han hecho evolucionar hasta el presente.

EM: Sin pasado no hay futuro… Con perdón por la obviedad.

JVP: Obviedad, sí, pero muy olvidada por la mayoría. El futuro de una sociedad no depende de unas elecciones (ah... la nueva religión: la política), ni de la cola para depositar un voto en una urna donde la opinión del malvado y el necio cuentan lo mismo que la del sabio. Tampoco la democracia y el futuro dependen del gobierno, ni de los partidos y sus líderes; el demócrata obsesionado por escuchar a sus dirigentes, en el fondo practica la más absurda aristocracia: extasiarse con el discurso de unos pocos expertos mientras desdeña el clamor del sentido común, tan ordinario y popular. El futuro de un país, una sociedad, una civilización, dependen del hombre que cada mañana se pone frente al espejo y sale a la calle, camino de su trabajo, de su quehacer... su obligación. Un individuo desenraizado de su historia, de su porqué en este mundo, es un monigote manipulado por el primer listo que le sepa calentar el oído. Me gustaría mantener posiciones más populares, de más “buen rollo”, pero la verdad es la verdad, moleste o no la mayoría.

EM: ¿Entonces no escribes para la mayoría?

JVP: ¡Yo qué sé! Lo dije antes: ignoro lo que le gusta a la gente, pero sé lo que me gusta a mí. En tal sentido, mi compromiso cuando escribo es con la literatura. Si tiene “buena salida” de mercado, estupendo. Si no… Pues qué le vamos a hacer.

EM: Cambiando de tema, a ver si me aclaro. Madrid, Granada, León, Barcelona, Sevilla, La Coruña, Mallorca, Tenerife… Dime si me olvido de algún sitio donde hayas vivido.

JVP: París, en unos meses muy gozosos y muy instructivos, allá en la lejana juventud.

EM: De acuerdo. Lo añadimos a la lista. Pero dime, ¿entonces eres un escritor madrileño, granadino… de dónde?

JVP: Qué pregunta tan pintoresca. Soy un escritor en lengua española que ha estado en muchos sitios, como casi todo el mundo. Lo demás es anécdota. Me parece que, en este asunto, hay una confusión demasiado extendida entre el verbo ser y el verbo estar. La gente suele decir que “es” del sitio en el que “está”. Lo más llamativo de todo: la pretensión de “ser” del lugar donde la mamá de uno “estaba” cuando nos trajo al mundo.

EM: -¿Cuáles son los escritores que más te han influenciado?

JVP: La lista es interminable y tampoco es plan de largar nóminas. “Autor preferido”, para mí, es el último que me ha aportado algo, me ha emocionado, me ha enseñado algo y me ha hecho sentir lector agradecido. G. K. Chesterton, con su Ortodoxia, ha sido el último autor capaz (y muy capaz) de deslumbrarme; aunque semanas antes me emocionaba con Sapkowski y su tremenda novela Víbora, o con Mujica Lainez y su viaje de los siete demonios, una relectura entrañable. Entre unos autores y otros hay suficiente espacio para llenarlo con cientos de nombres. En cuanto a los escritores que más pueden haberme influido, aparte de los clásicos en cualquier idioma, están sin duda los grandes maestros de la narrativa hispánica contemporánea: Carpentier, Cunqueiro, Pla, Miguel Espinosa, Perucho, Martín Santos, Juan Eduardo Cirlot… Y paramos la cuenta porque, de nuevo, se haría interminable.

EM: ¿Qué libros leerías por segunda o tercera vez?

JVP: El que acecha en el Umbral, de Lovecraft, Corrección, de Thomas Bernhard (necesario del todo, la primera vez no se entera uno de nada); El desierto de los tártaros, de Buzzati, Merlín y familia, de Cunqueiro (la sigo releyendo de vez en cuando); Viaje en autobús, de Pla, Cien años de soledad, de Gárcía Márquez. La novela que más veces he revisitado es Los pasos perdidos, de Carpentier. Hay que leerla con veinte años, con treinta, con cuarenta, con cincuenta. Nunca es la misma novela.


EM: Tu personaje literario favorito.

JVP: El feo Tersites. Es el único humano de verdad que aparece en la Iliada. No es un rey ni un guerrero, ni un semidiós ni un héroe; es un paisano malencarado, malformado y malhablado que le canta las cuarenta a Agamenón por haberse quedado con las riquezas del templo de Apolo, tras desembarcar los aqueos en Troya. Odiseo le atiza con el palo de su lanza, por deslenguado, y lo deja más defectuoso aún. Tersites sale corriendo y todos se ríen de él. Es el primer personaje común de la literatura occidental. A partir de él, la literatura es un larguísimo camino, de veintiocho siglos más o menos, hasta llegar adonde estamos; el único progreso que reconozco en el arte de la narrativa es que podemos escribir sobre cualquier Tersites de este mundo sin acogernos al perdón de la excepcionalidad, más bien al contrario. Tersites, ahora, es el protagonista. Ahora, como decía Cirlot, “los dioses yacen mudos como esclavos, lamiendo el oro rosa y el estiércol”.





EM: Dime un autor al que no hayas podido soportar.

JVP: Fácil. Aquel que consiguió introducir en el título de su novela más conocida la palabra “insoportable”, precisamente.

EM: Para terminar, ¿qué opinión te merecen los premios literarios, tú que has recibido varios como el Café Gijón, el Alfonso XIII o el Hispania de Novela Histórica?

JVP: Hay de todo. Hay premios a los que puede uno presentarse con ciertas garantías de que al menos lean tu manuscrito, y otros en los que… En fin, es tontería gastar dinero en fotocopias, sellos de Correos, etc. No tengo una opinión especialmente definida ni mucho menos relevante, ni adversa ni a favor de los premios literarios. Puede parecer petulante por mi parte, pero qué le vamos a hacer: no suelo estar muy al tanto de los certámenes a menos que me haya presentado a alguno. Supongo que a la mayoría de los lectores les sucederá como a mí: no me impresiona en absoluto leer en la portada de una novela que ha recibido tal o cual premio. El único premio que merece la pena es el reconocimiento del lector. Lo demás… Bueno, si te cae un dinero, estupendo. En serio que no quiero parecer ni suficiente ni desagradecido, solamente sincero. Y algo importante, antes de que se me olvide: si algún novelista te dice cosa distinta respecto a los premios literarios, no te quepa duda: te está mintiendo.

Entradas populares de este blog

Godos, de Pedro Santamaría

Diez años, cuatro libros

¿Puedo hacer algo por usted?