Interregno, primeras páginas

I – La Liebre Cazadora

Ningún dios es más poderoso que un hombre, se decía Egidio, intentando reavivarse los ánimos. Ni los dioses de los bárbaros ni las deidades de Roma ni el dios de los cristianos tienen más fuerza que cualquier mortal, menos aún si ese hombre es un guerrero, quien toma la espada, decide entre la vida y la muerte y se proclama dueño de su eternidad.
Tiritando de frío y abrumado por la noche, lamentaba Egidio no ser un guerrero. Ni siquiera un hombre valeroso.

Durante tres jornadas estuvo ocultándose por el día y caminando como espectro nocturno, hasta encontrar aquel refugio al que llamaban Liebre Cazadora, un barracón de paredes de piedra y techo enramado con tallos de centeno donde solían pernoctar viajeros, mercaderes y, en ocasiones, soldados de la prefectura de Gargalus que perseguían a ladrones de ganado o huían de los vándalos asdingos, quienes en ese tiempo asolaban el territorio. En La Liebre Cazadora todos buscaban guarida, quedar a salvo de bandidos y mercenarios nómadas, también de la noche y el frío, parapetados tras aquellas gruesas paredes, al calor de un buen fuego y confortados por el mejor vino que podía pagarse con monedas en las altas tierras de Vadinia.




Egidio aún sentía remordimientos por la muerte del anciano Malco y su hijo Sadtobel, un mozallón demasiado impetuoso. Igualmente se reprochaba no haber tenido coraje para ir en busca de ayuda cuando el segundo hijo de Malco, Teódulo, apareció muy malherido a orillas del Accuarose, en lo recóndito del bosquecillo fijado como lugar de encuentro tras el asalto de los asdingos al poblado de Uyos. Recordaba con pesar a Teódulo, agonizando sin ninguna esperanza mientras que él, incapaz de auxiliarle, apenas se atrevía a susurrar frases de consuelo al infeliz muchacho. Esperó la llegada de la noche para subir a Teódulo a grupas del mulo negro y emprender camino, en busca de algún lugar donde los acogiesen. Pero cuando fue a tomarlo en peso, animándole para que se mantuviera firme sobre el animal, se dio cuenta de que ya había expirado. Ahora, esa evocación arañaba en su espíritu; pesaba más que el capote de paño engrasado y la espada de hierro con empuñadura esculpida y rematada por una cabeza de león, propiedades de Teódulo que legítimamente se había apropiado.
Aquella memoria reciente de su fracaso lo turbaba casi tanto como la amenaza de las tinieblas, el aliento gélido de la oscuridad, la ventisca y la nieve que embarraba los pasos de la mula negra. No había conseguido salvar a Malco y sus herederos de la matanza, tal como les prometiera; y la huida y su determinación de sobrevivir estaban a punto de convertirlo nuevamente en impostor.
Una luz tenue de fogata y un distante rumor de voces se expandían más allá de La Liebre Cazadora. Egidio se detuvo a unos veinte pasos del portalón. Dos enormes mastines salieron a gruñirle. Sus fauces exhalaban un vaho espeso mientras exhibían con furia los enormes colmillos, un rotundo blancor de amenaza en el entreluz borroso sobre la nieve. Decidió continuar adelante, sin inmutarse, jinete en la mula negra. Conjeturó que aquellos perros, por muy feroces que parecieran, debían de estar acostumbrados a ver mucha gente entrando y saliendo del lugar; y por supuesto: ninguno habría atacado a la mula porque los mastines llevan en la sangre su instinto de defender el ganado. No son depredadores sino guardianes de las bestias que acompañan a los hombres.
Aparte de ladrar con todas sus fuerzas y amenazarlo arrugando el hocico, los perros no causaron más molestias. Con la vista fija en los batientes reforzados con tachones de hierro de La Liebre Cazadora, Egidio, sin descender de la mula, gritó impetuoso:
-¿Quién responde en esta casa? ¿Por qué azuzáis a esos malditos perros contra gente de paz? Necesito un poco de comida, un poco de vino y un sitio donde descansar.
Al poco, la puerta del barracón se abrió entre chirridos como lamentos de la robusta madera. Apareció un hombre rechoncho, abrigado con una manta. Cubría su cabeza y orejas con un bonete de lana anudado en la sotabarba, lo que confería a su persona un aspecto algo grotesco. A pesar de la gordura se movía con agilidad, representando en ademanes aparatosos su esmero como anfitrión.
-Perdóname, señor. Los perros son inofensivos, por mucho que ladren y rechinen la dentadura. A no ser contra lobos y otras fieras que atacan el ganado, no se revuelven; mucho menos contra los hijos de Dios. Pero compréndelo... Son tiempos de inquietud los que vivimos. Estos perros, grandes como terneros, espantan de mi casa a más de un indeseable.
Egidio asintió, condescendiendo. El hombre gordo hizo unos cuantos aspavientos, ahuyentando a los mastines.
-Oh...oh... Fuera de aquí, amigos, malas bestias... Fuera. Aquí no hay nada para vosotros.
Los perros agacharon la cabeza y retornaron a la oscuridad con paso muy lento.
-Llevaré tu mula a la cuadra y los pertrechos adentro, si me permites cargarlos.
-Viajo sin enseres -respondió Egidio inmediatamente.
El hombre rechoncho compuso un gesto de asombro. A Egidio le pareció que de excesiva curiosidad.
-¿Cómo es ello? ¿Un hombre importante como tú viaja de vacío?
Egidio subrayó su voz con impostada dureza.
-Tú mismo lo has dicho: vivimos tiempos de incertidumbre y ningún camino es seguro. Dime, hombre necio: ¿crees que estaría en mis cabales si viajara solo y con vistosa intendencia?
Con gesto ampuloso sacó la espada de hierro, guarecida en su vaina, de debajo del capote.
-Ésta es la única carga que me interesa vean los merodeadores, a buen seguro ocultos en todas las veredas y esperando víctimas a las que esquilmar sin riesgo.
-Ah, señor... Sin duda eres un hombre sabio -reaccionó el dueño de La Liebre Cazadora -. Y un guerrero temible.
-No sirvo con armas a las órdenes de nadie. Tampoco busco pendencias. Pero quienes vengan en contra de mí, ya saben lo que les espera.
Había decidido no dar ninguna otra explicación sobre su persona y su presencia en La Liebre Cazadora.
-Así es, señor... Así es -farfullaba el hombre gordo mientras conducía la mula hacia la cuadra -. Hay que infundir respeto, o mejor aún, miedo, a quienes daño nos deseen. Y esa espada es un arma notable... En efecto lo es. El arma de alguien que sabe lo que se hace al empuñarla.
Satisfecho por como había resuelto la situación, Egidio cruzó los umbrales de La Liebre Cazadora. Lo acogió una inmediata calidez.
La lumbre, en el centro de la estancia circular, ardía impetuosa sobre brasas candentes. Olía a guiso repleto de muchas carnes y frutos de cosecha. Y olía a vino exudado por media docena de barricas apiladas en una esquina. Sentados a la mesa, algunos comensales devoraban escudillas bien surtidas de aquel guiso cuyo aroma tan grato le pareciera. Sintió Egidio que pronto se disipaban el miedo y la tristeza de los días vagantes en soledad, temiendo sufrir el mismo destino que Malco y sus desdichados hijos. Se alegró de su suerte. Acogerse al consuelo de la sabrosa comida, el vino y el calor de las brasas, era más sensato que seguir rindiendo sus temores a la noche.
Había algunos hombres sentados en escabeles y en el suelo de tierra compactada, alrededor de la lumbre. Sus trazas eran de pastores, quizás campesinos de la zona echados al camino para huir de la devastación que los brutales asdingos causaban en zonas alejadas. A la mesa, junto con otros cuatro viajeros, había un clérigo, hombre robusto y aventajado de estatura. Colgaba sobre su pecho una pequeña cruz de madera cantoneada en pulcros dorados. Ese detalle y que exhibiera tonsura denotaban su juramento de órdenes mayores.
Todos los presentes, tanto los que bebían y se calentaban junto al fuego como los que comían silenciosos, miraron a Egidio con curiosidad, por lo que se sintió algo incómodo. Cuando tomó asiento al extremo de la mesa, se despojó del capote engrasado y colocó la espada junto a sí, la expresión de todos adquirió acentos de reserva. Un hombre de armas, en aquellos tiempos azarosos, nunca era portador de buenas noticias. Y con palabras propias de tal suspicacia lo recibió uno de los viajeros.
-¿Has descabezado a muchos ahí fuera?
Egidio respondió de mala gana.
-No vengo de batallar. Y mis afanes no son incumbencia de nadie.
Sus verdaderos planes, en aquel momento, eran comer, beber, dormir, reponerse del largo deambular por las montañas... y después, pasados unos días, ajustar con el dueño de La Liebre Cazadora el precio de su hospitalidad. Seguramente se conformaría con la espada y la mula y, acaso, consiguiera unas cuantas monedas de añadido. Con aquel magro dinero en la bolsa y el capote heredado de Teódulo para protegerse del frío, estaría en condiciones de volver al cielo raso, su natural, y dedicarse a lo que solía y sabía: la caza furtiva, asaltar corrales y en alguna ocasión, cuando mucho apretaba la necesidad, robar ganado. Aquella era su vida, ese era él y no apetecía mantener apariencia distinta durante mucho tiempo: lo preciso para descansar el cuerpo, llenar el estómago y sanar el alma de recuerdos demasiado próximos que aún lastimaban.
-No pretendía molestar -insistió el viajero -. Me intereso por tu suerte de soldado, mercenario o lo que seas, en estas épocas de guerra. Aunque, si lo consideras agravio, tienes mis disculpas presentadas.
-¿Guerra? ¿A qué guerra te refieres? -replicó Egidio -. No hay guerra en ningún lugar. Hay partidas de vándalos asdingos que campan sin que nadie pueda contenerles. Asolan poblados, roban, violan y asesinan cuanto se les antoja. Desaparecen antes de que las hogueras se apaguen y el hedor a cadáveres chamuscados llegue a la prefectura de Gargalus. También hay bandidos y merodeadores en todas las sendas que cruzan el norte de Hispania, desde las costas del Cántabro a las tierras interiores de Deóbriga, según he oído. Hay mucha gente que huye de un lado a otro, sin saber dónde hallarán seguridad y dónde les espera la muerte. He visto los antiguos caminos de piedra recorridos por centenares de errabundos, todos agrupados en la vana ilusión de que, al ser multitud, correrán menos peligro. Van en un sentido y otro, cargan con sus posesiones, llevan en carros a los ancianos, enfermos y mujeres preñadas, y de vez en cuando sufren la aparición de esos criminales que acechan desde lo profundo del bosque, en la oscuridad, y lanzan el rápido ataque cuando más confiadas están sus víctimas y los ladridos de los perros son advertencia tardía. Eso es lo que sucede ahí fuera, por si en verdad tuvieses interés en saberlo. No hay ejército que defienda a los pacíficos, ni leyes que nadie respete, ni autoridades que las hagan cumplir. Pero no me hables de guerra. La guerra, con ser siempre una calamidad, es algo mucho más noble y bastante menos cruel que esa lenta carnicería, la cual sufren quienes hasta hace unos años vivían tranquilamente en sus hogares, dedicados a la tierra, ver cómo crecen las cosechas, engorda el ganado y paren sus mujeres.


El dueño de La Liebre Cazadora se había despojado del bonete de lana. Ahora mostraba una calva arrugada y brillante de sudor. Se aproximó a Egidio y puso ante él un plato del anhelado guiso de carne y legumbres. Después escanció y sirvió una abundante jarra de vino. Mientras se ocupaba en estas manipulaciones, intentó conjurar la inquietud de los presentes con una opinión que era una buena excusa para disfrutar de la comida y el vino sin mayores preocupaciones:
-Por fortuna, en esta comarca hay relativa tranquilidad, aunque se produzcan algunos incidentes...
-¿A qué te refieres? -preguntó otro de los viajeros.
-Oh... ¿Para qué estropear la cena con el relato de calamidades? -protestó el sacerdote -. Comamos en paz, durmamos con la conciencia tranquila y mañana será otro día. Lo que haya de ser de nosotros y de nuestras vidas seguirá estando en manos de Dios.
-Comparto tu piedad -dijo el curioso -. Pero me gustaría oír sobre esos incidentes que menciona nuestro hospedero. Dentro de dos días tengo que reemprender camino, en dirección al noroeste, y no me gustaría verme sorprendido por malos encuentros.
-El noroeste no es buen destino en estos tiempos -dijo el sacerdote.
Los demás asintieron. También Egidio.
-Lo sé, pero eso es cosa mía. Quisiera oír sin embargo sobre los incidentes -porfió el viajero.
-Obcecado varón -sugirió el sacerdote.
-Vamos, vamos... Cuéntanos qué ha sucedido. ¿Qué peripecias son esas?
Suspiró el hospedero, resignado. Finalmente, resumió la historia en unas cuantas palabras:
-Hace pocos días, los asdingos arrasaron el poblado de Uyos. Las noticias viajan más rápido que las personas, y esas noticias, seguramente oídas de labios de algún superviviente, dicen que no dejaron piedra sobre piedra.
-Dios nos asista -susurró el sacerdote -. Eso es algo más que un simple incidente.
Todos miraron a Egidio. Un hombre de armas como él debía de estar enterado sobre acontecimientos tan graves. El recién llegado a La Liebre Cazadora, por toda respuesta a la expectación de sus compañeros de mesa, se encogió de hombros y extendió las manos con las palmas abiertas, en ademán de sinceridad.
-Nada sé de lo que ha contado este hombre, ni de lo que sucediera en Uyos.
Naturalmente, mentía.

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