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Manuscritos

Con frecuencia me envían manuscritos de novelas en busca de editor. Con frecuencia rechazo leerlos por una mera cuestión de aritmética: si les dedicase la atención y esmero en la lectura que sus autores merecen, emplearía el 92'74% de lo que me queda de vida en la tarea. Hay sin embargo excepciones, bastantes. Por lo general, siempre tengo en mi apartado de lecturas un libro "en circulación" y un inédito. Reconozco mi criterio por completo discriminatorio a la hora de elegirlos: suelen ser obras de autores a los que ya conozco, de los que he seguido su trayectoria durante un tiempo, o bien llegaron recomendados con entusiasmo por algún editor de confianza. Ahora mismo, sin ir más lejos, estoy pasando buenos ratos de sofá con La Luz del Norte, de Carlos X. Blanco, una novela sobre la resistencia astur al avance del islam, en la Hispania del siglo VIII, que tuvo la amabilidad de enviarme Manuel Quesada, alma pater de la editorial EAS.


Leer un manuscrito impone intimidad, algo parecido a una confesión. La obra aún no cuenta con el sustento formal de la edición, está como desnuda y con casi todos los artificios a la vista. La sensación es lo más parecido a un ensayo teatral sin escenario, vestuario ni efectos de puesta en escena. Aún no existe la intermediación del editor, ni el propósito de esa novela en ciernes es encandilar a muchos lectores sino convencerme a mí solo; como quien cuenta sus anhelos en voz baja a un amigo íntimo, en espera de comprensión y consejo benevolente. Demasiada cercanía para compartirla con desconocidos, por muy meritorio que sea su trabajo (siempre, siempre, muy respetable).

A veces lo lamento, puede que me haya perdido más de una lectura valiosa, pero un servidor, espero que todos lo comprendan, no se confiesa con cualquiera.

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