Marcar el paso

Es muy sencillo. Cuando empecé a escribir, o mejor dicho, cuando conseguí publicar mi primer relato, a los dieciséis años (allá por 1972, ya ha pasado agua por la noria de Alcantarilla), las editoriales dedicadas a la literatura solamente contaban con los grandes éxitos internacionales y con los novelistas en lengua española más destacados. No era humana ni juiciosamente concebible que un autor de esa edad soñase con publicar cualquiera de sus obras si antes no había aprendido de los maestros. Y los maestros, en aquel tiempo, eran García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, Cunqueiro, Perucho, Martín Santos, Carpentier, Marsé, Alfonso Grosso, Ana María Matute, Pla, Carmen Laforet, Mercedes Rodoreda, Vázquez Montalbán, Umbral... gente de aquella raza. No quiero molestar a nadie ni ser irrespetuoso con el trabajo de ningún colega del gremio, simplemente hago un intento de honestidad y de veracidad. Aquellos eran los maestros en los que mirarse, de los que debíamos aprender diligentemente si aspirábamos a ver algún día publicada una novela con nuestra firma.


Con el paso de los años han aparecido otros autores que, con un nivel de autoexigencia mucho menor, han conseguido vender muchísimo más. El best-seller español es Pérez Reverte, Asensi, Zafón, Cercas, Dueñas, Falcones... Pero esos no fueron mis maestros ni los maestros de los novelistas de mi generación. Cuando Antonio Muñoz Molina obtuvo el premio nacional de literatura con su El invierno en Lisboa, todos sentimos que se había premiado a uno de los nuestros. Se empezaba a abrir aquel mundo editorial anhelado y hasta entonces habitado por nombres, sencillamente, inalcanzables. Cuando Gregorio Morales publicó en Grijalbo La cuarta locura, celebramos el fenómeno como un día de fiesta y esperanza; e igual sucedió con La lluvia amarilla, de Julio Llamazares, con La armónica montaña, de Antonio Enrique, con La dama del viento sur, de Javier García Sánchez. Empezamos a creer con ilusión que, quizás, habíamos salido buenos aprendices de nuestros severos maestros, y suspirábamos con cierta ansiedad: las editoriales, tarde o temprano, con más fortuna para unos que para otros, acabarían por abrir sus catálogos a los discípulos aplicados.

Y esa fue mi forja como autor y así intenté aprender, y ninguna otra ambición he tenido, pues ya era suficiente tener a Borges y Onetti mirando por encima del hombro lo que escribíamos, dispuestos a darnos el cogotazo por torpes, apresurados o poco respetuosos con la literatura, como para encima preocuparnos por nada más.

Y (acabo), por esa misma razón me desasosiego un poco cuando leo en cualquier sitio o escucho a alguien decir que "escribo bien". Válganme los infiernos, ¿cómo queréis que escriba? ¿Mal, con muchos gerundios y ceños fruncidos cada tres páginas? Hagan ustedes el favor... Decirle a un novelista que escribe bien es como ir a un desfile de soldaditos, señalar a uno de ellos y elogiarlo hasta lo absoluto: "Mira, sabe marcar el paso".

Ya está. Si no lo digo, reviento (aproximadamente).

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