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El ejército de Dios, de Sebastián Roa

Hay dos momentos en la historia de España que podrían haber sido decisivos para el islam: el esplendor de la Córdoba de los Omeyas y la convivencia entre cristianos y moriscos en la Granada conquistada por los Reyes Católicos, a partir de 1942. Los furibundos, ultraortodoxos almohades que se consideraban moral y políticamente superiores a los andalusíes (por no hablar de la potencia de sus ejércitos), acabó con el sueño de una Al Ándalus refinada, culta, tolerante y "contaminada" (felizmente) por el sentido occidental de la existencia. El incumplimiento de las Capitulaciones de 1491, por una parte, y las intrigas y conspiraciones de los moriscos "mal conversos" por otra, dieron la puntilla a ese islam occidentalizado, civilizado al estilo tradicional de los territorios que ocupaba, respetuoso con los credos distintos y conforme a vivir su fe como asunto privado y reconocimiento de derecho público; es decir, una religión normal. Luego de estas dos grandes frustraciones, el islam en Europa, a lo largo de los siglos, ha evolucionado tal como sabemos.


Entre un momento y otro, se sitúa el gran evento histórico que ha de marcar una época, el destino de España como nación y, quizás, el de toda Europa: la batalla de las Navas de Tolosa. El encontronazo de dos imperios, el almohade y el de los reinos cristianos peninsulares, sólo puede causar la debacle de uno de los dos y el triunfo, ya definitivo, del bando opuesto. Es aquí, en los movimientos políticos previos a la gran tempestad, donde Sebastián Roa se va desenvolviendo con una soltura admirable y, es preciso señalarlo, una forma de narrar soberbia, un estilo ameno y muy cuidado que no cae, ni por un momento, en los vicios adocenantes de la narrativa "de entretenimiento". El compromiso entre la exigencia literaria y la capacidad de llegar al gran público lector se solventa con una pericia que ya me gustaría a mí. De momento me quedo con dos personajes: la sensual y un poco fatal Urraca López de Haro y el laborioso Ordoño de Aza, cristiano de la frontera que, como es natural, divide su corazón entre afectos y fidelidades encontradas.

Voy por la página 292 de la novela, y está llenando horas de lectura muy, pero que muy bien empleadas. Adelanto estas impresiones porque, calculo, hasta finales de verano no habré concluido las más de 800 páginas de El ejército de Dios. No es que el otoño sea tarde, pero anticiparse un poco en estas fechas de vacaciones y playa (y recomendar para playa y vacaciones esta novela), es lo mejor que puedo hacer, de momento, en agradecimiento a Sebastián por el inmenso, pulido y brillante trabajo como autor literario. Lo dicho: gracias.

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