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Sociedad adolescente

Como la habitación de cualquier joven en edad de asombrarse por la tristeza de un domingo a media tarde, refugio y santuario doméstico improfanable, así se colman de sentido el malestar y las ideas supuestamente redentoras en nuestra cultura de yogures caducados y mascotas que bostezan y se lamen el culo ante el televisor. La identidad individual o colectiva (ah, los pueblos, las nacionalidades oprimidas, los explotados y desposeídos de este mundo), a falta de calles anchas y aire libre que conquistar, se enquistan en el cobijo familiar del “cuarto del niño” (o de la niña, qué más da); ese ámbito sagrado con las paredes cubiertas de carteles, la ropa amontonada, el ordenador siempre encendido y siempre bipeando mensajes de chat, la perpetua música de fondo, el televisor predicando en el desierto, el móvil enchufado al cargador, derritiéndose en presurosa amalgama de fotos y olakases…

Así es ahora, así funciona el retiro espiritual de los descontentos y la fuga hacia la nada de los visionarios: estar sin estar, ser sin ser, querer sin poder y anhelar lo único posible, un simulacro de independencia y voluntad propia en la casa del padre. Un hogar no del todo abominable, nunca amable, de donde, como le tienen bien dicho al niño (o a la niña, qué más da): “Por el camino que llevas no vas a salir en la vida”. Y así siempre, cada día. Como en el tango: “Eterna y vieja juventud que me ha dejado acobardado como un pájaro sin luz”.

Para muestra, un botón:

Si Dinamarca reconociese la independencia de Cataluña, cosa bastante probable, nosotros podríamos ir con el pasaporte catalán a Dinamarca. En cambio, si Francia no la reconoce, ese pasaporte no tendría validez pero podríamos ir a París con el pasaporte español. ¿Tendríamos el pasaporte español? Si España no reconoce la independencia, sí.

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La hora de Bizancio

Capítulo primero del ensayo Ciberadaptados, de Antonio Manilla, publicado por la editorial La Huerta Grande (2016).





La hora de Bizancio



Tengo para mí que la deseuropeización de Europa la comenzamos nosotros mismos, los europeos, mucho antes de la creación de la Comunidad Económica. Hablar de la caída en desuso de los valores que nos construyeron, probablemente sería atinado si es que creemos que las civilizaciones se erigen alrededor de un ideario. Yo pienso que los valores vienen siempre después de algún otro impulso, como justificación o así, al menos hasta la creación de las filosofías idealistas, que, además de invertir el curso habitual del río de la vida, me parecen por lo general un exceso de optimismo o fe en lo teórico que casi nada más han producido dictaduras y sistemas inhumanos. El motor constructor de Europa, como ocurre con las parejas, pienso que fueron dos: un ansia insaciable de conquista y un anhelo no menor de definirse a través de la diferencia.

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