Sociedad adolescente

Como la habitación de cualquier joven en edad de asombrarse por la tristeza de un domingo a media tarde, refugio y santuario doméstico improfanable, así se colman de sentido el malestar y las ideas supuestamente redentoras en nuestra cultura de yogures caducados y mascotas que bostezan y se lamen el culo ante el televisor. La identidad individual o colectiva (ah, los pueblos, las nacionalidades oprimidas, los explotados y desposeídos de este mundo), a falta de calles anchas y aire libre que conquistar, se enquistan en el cobijo familiar del “cuarto del niño” (o de la niña, qué más da); ese ámbito sagrado con las paredes cubiertas de carteles, la ropa amontonada, el ordenador siempre encendido y siempre bipeando mensajes de chat, la perpetua música de fondo, el televisor predicando en el desierto, el móvil enchufado al cargador, derritiéndose en presurosa amalgama de fotos y olakases…

Así es ahora, así funciona el retiro espiritual de los descontentos y la fuga hacia la nada de los visionarios: estar sin estar, ser sin ser, querer sin poder y anhelar lo único posible, un simulacro de independencia y voluntad propia en la casa del padre. Un hogar no del todo abominable, nunca amable, de donde, como le tienen bien dicho al niño (o a la niña, qué más da): “Por el camino que llevas no vas a salir en la vida”. Y así siempre, cada día. Como en el tango: “Eterna y vieja juventud que me ha dejado acobardado como un pájaro sin luz”.

Para muestra, un botón:

Si Dinamarca reconociese la independencia de Cataluña, cosa bastante probable, nosotros podríamos ir con el pasaporte catalán a Dinamarca. En cambio, si Francia no la reconoce, ese pasaporte no tendría validez pero podríamos ir a París con el pasaporte español. ¿Tendríamos el pasaporte español? Si España no reconoce la independencia, sí.