Almas vencidas, de Edith Wharton

“Almas vencidas” es uno de los textos más representativos de la obra de Edith Wharton: y en él se reflejan los temas que caracterizan su obra: los problemas sociales y sentimentales derivados del matrimonio, la rigidez de las normas, los conflictos de clase o la ambición por conocer el mundo. Un relato protagonizado por los norteamericanos que viajaban para conquistar, y dejarse conquistar por Europa. Acompañando la prosa de Wharton, las sugerentes ilustraciones de Clàudia de Puig nos llevan a otra época y nos permiten nuevas y sugerentes visiones de esta maravilla literaria de la autora de “La edad de la inocencia”.

Edith Wharton, (1862-1937). Nacida en una familia acomodada recibió durante su infancia una esmerada educación. Se casaría en 1885 en un matrimonio fallido y, en 1905, publicó su primera novela importante: The House of Mirth. Vivió varios años entre los Estados Unidos y Francia, y acabó estableciéndose en París. Además de llevar una intensa vida social entre los intelectuales europeos y norteamericanos, Wharton escribió un gran número de novelas, libros de viajes, relatos y poemas. En 1921 ganaría el premio Pulitzer por su obra “La edad de la inocencia”. Aunque conocida tardíamente por los lectores españoles, Edith Wharton está considerada hoy día como una de las grandes escritoras de la literatura norteamericana.

Clàudia de Puig Ripoll, (Barcelona, 1983). Es Licenciada en Humanidades, y además se ha formado como ilustradora en Escola d’Arts i Oficis Llotja de Barcelona, completando sus estudios como dibujante y animadora en la Escola Serra i Abella de Hospitalet y la Escuela 9Zeros de Barcelona. Ha realizado dibujos para material docente y libro ilustrado, y asimismo ha hecho incursiones en producciones audiovisuales en labores de concepto gráfico, escenografía y animación.


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Lydia y Gannet recorren juntos Europa, viviendo un apasionado romance después de que ella abandonase a su marido, un matrimonio absurdo y sometido a todas las convenciones sociales de la época y del que Lydia decidió escapar para no morir de tedio y salvar su estima como ser humano libre y digno. Tan felices, los amantes toman un tren en Bolonia, siguiendo su dulce vagabundeo italiano… Mas he aquí que una noticia, certificada en un enojoso documento, llega para quebrar lo justo (quizás lo definitivo) la felicidad de la animosa pareja: la demanda de divorcio por parte del esposo de Lydia. Todo un comienzo.



¿Cómo van a hacer frente Lydia y Gannett a la nueva situación? Hacerse pasar por marido y mujer allá donde van les facilita mucho las cosas, sobre todo si se considera el gusto de Gannett por la vida social; y también si se considera lo estrictos que son los habitantes de esa “vida social” en materia de moral, matrimonio, deberes de la mujer honesta, et cétera. Para Gannett la solución es sencilla: casarse, una vez ella esté divorciada. Para Lidya no parece tan sencillo. “El divorcio es para los amantes del matrimonio”, parece pensar. Y Lydia no quiere, no le apetece en absoluto volver a casarse, someterse de nuevo a la vida “normal” de una mujer casada normal.



Todo este conflicto, en los tiempos que corren, tienen un cierto aire “vintage”. Un pleno de la editorial en cuanto a los gustos “regency” de la novela sentimental-psicológica que arrasa en el  gusto de los lectores (¿lectoras?) europeos (as). Aunque claro, la clave del acierto no es reproducir o mimetizar fórmulas de éxito, sino en elegir el material adecuado. Edith Wharton es un valor indiscutible en este sentido. Y las ilustraciones, deliciosas, de Clàudia de Puig Ripoll, consolidan este libro, “nouvelle”, como una de esas posibilidades de solaz en tranquila y breve lectura que llenan un sábado por la tarde. Eso sí, leamos sin prisas, recreándonos en la traducción de los participantes en el Taller “Billar de Letras”. El fraseo conciso, puntual y casi quirúrgico de Edith Wharton, conduce con pulso amable pero implacable a la desnudez de gente muy bien vestida. Un gozo de lectura y un lujo de edición que agradezco a la Editorial Traspiés. Y como lo agradezco, lo digo: gracias.

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