La fantasía de la razón en el universo holmesiano

G.K. Chesterton, en su libro Ortodoxia, mantenía con la brillantez propia de su talento algo aparentemente insólito: es más razonable creer en los cuentos de hadas que en la ley de la gravedad. Según el genial londinense (quien tuvo el maravilloso buen gusto de fenecer en Beaconsfield, una ciudad de entrañable referencia para mi humilde persona), los cuentos de hadas demuestran que en el alma humana sin duda laten poderosas la bondad y la imaginación, en tanto que la ciencia no demuestra nada fiable sobre el espíritu de las personas y, además, la pretensión de comprender la naturaleza a través de leyes positivas, inalterables y excluyentes, limita el conocimiento sin aportar explicaciones plausibles al misterio del ser. Los mitos y la mayoría de las leyendas tienen como origen, por su propia naturaleza, un relato fabulario, pero transcienden esta relevancia de la ficción por cuanto poseen capacidad de tornar verosímiles, establecen una metodología equilibrada de conocimiento y análisis estético-moral de la realidad y la conducta humana; y finalmente, son capaces de establecer referentes ideales en un mundo siempre necesitado de aquel horizonte de belleza y bondad. Resumiendo: la ficción es una manera tan legítima como cualquier otra de interpretar “el misterio”; la ciencia exige una predeterminación hacia la objetividad que nos ilustra perfectamente sobre las limitaciones del saber, argumentando con total solvencia los motivos por los cuales “el misterio” puede describirse pero no explicarse.


Esta pugna dialéctica, permanente, entre fabulación y positivismo, se encuentra en la esencia de la literatura. El hecho literario no admite la disyuntiva entre razón y fábula, pues en el ámbito estricto de la expresión artística (lo poético en sentido amplio), es real y razonable “todo aquello que pueda expresarse con coherencia”, tal como afirmaban, entre otros, George Santayana y Torrente Ballester. El mérito de lo literario no se encuentra jamás en su concordancia con lo fáctico verificable, sino con lo ideal-verosímil. De tal modo, el mito de Antígona (por poner un ejemplo), ha beneficiado más al debate moral sobre tradición, poder y obligación individual, que todos los escritos de los filósofos positivistas y todos los textos legales o de doctrina jurídica redactados a lo largo de muchos siglos. Cito el mito de Antígona como ejemplo para forzar de inmediato una elipsis argumentativa, abandonar la Grecia clásica y personarme en la Inglaterra victoriana, escenario de las andanzas, afanes y aventuras de nuestro amado Sherlock Holmes. En efecto, desde mi punto de vista, Holmes es el paradigma de esa tensión perpetua entre fantasía y razón que nutre el magma íntimo de lo literario. Sin ambos elementos operando al unísono, articulados con la maestría inigualable de Conan Doyle, el personaje y la ingente obra construida sobre el mismo, sencillamente, no habrían existido. Esta última afirmación puede parecer un tanto obvia (de hecho lo es), pero en el caso que nos ocupa no deja de tener su dimensión llamativa, puede que desconcertante, si recordamos que precisamente Conan Doyle, el creador del detective minuciosamente positivista por antonomasia, creía en las hadas; o al menos tuvo una entusiástica necesidad de creer, tal como demostró al implicarse con fervor en el célebre caso de las fotografías de las hadas de Cottinglay, una dedicación que culminó con su exquisito libro “El misterio de las hadas”. Bien conocida su fascinación por el espiritualismo, su preocupación por “el más allá de las cosas” y demás materias trascendentales en el ámbito de lo mágico-religioso-metafísico, Conan Doyle parece el escritor adecuado, incluso oportuno, para construir un personaje por completo antagónico (en principio) a todas sus creencias y convicciones, incluso a su concepción sentimental del mundo. Desde este punto de vista, Sherlock Holmes es a Conan Doyle lo que Don Quijote fue para Cervantes. El hidalgo de La Mancha representa el esperpento, o la parodia, del héroe de caballerías, en general detestado por Cervantes; Sherlok Holmes es igualmente una parodia del hombre racionalista, positivista, cientifista, que no solamente no cree en aquello que no pueda ser explicado y mensurado, sino que además desprecia cualquier conocimiento sospechoso de subjetivismo o inutilidad.



Don Quijote es presentado por Cervantes como un enajenado desde el principio de la novela; la locura de Holmes se argumenta de manera más sutil, mediante una suerte de “acumulación de evidencias” de las que el lector, tarde o temprano, sacará la inevitable conclusión: el inquilino del 221B de Baker Street no está muy en sus cabales. Esta gradación en el descubrimiento de la “rareza” de Holmes parece de una lógica literaria, argumental, evidente; a ningún autor de novela detectivesca se le habría ocurrido advertir al lector, apresuradamente, de que el personaje protagonista, el investigador, es en el fondo un perturbado. Por otra parte, la locura de Holmes tiene muy poco que ver con la de Don Quijote. Puede esquematizarse la diferencia afirmando que Don Quijote sufre un exceso de fantasía, mientras que Holmes padece un exceso de realidad. El manchego es un loco casi de atar, alienado por la lectura de delirantes novelas de caballería, mientras que Sherlock Holmes padece “la locura de los tiempos”, la sinrazón del “monstruo” engendrado por “el sueño de la razón”. Serlock Holmes es en esencia un esmerado dibujo del hombre racionalista moderno, satisfecho con el método empirista cognitivo, seguro de sí y de la infalibilidad de la sana percepción en el ámbito de lo real manifestado, ajeno por completo a cualquier explicación imaginativa o fantasiosa del mundo, rotundo defensor de lo evidente enfrentado a toda hipótesis divagativa o especulativa. La “locura” (escrita ahora entre comillas) de Holmes, consiste en pretender que la realidad es inambigua por naturaleza, y, por consiguiente, denostar el más pequeño conato de comprensión de esa misma realidad a partir de una consideración indeterminada de la misma.

El psiquiatra y escritor Carlos Castilla del Pino, de quien me reconozco antiguo lector y con quien alcancé cierta amistad a lo largo de los años, mantenía, con la lucidez y claridad que le eran características, que la distinción, incluso el límite entre cordura y trastorno, se encuentra justamente en la capacidad del sujeto para asumir y gestionar en su fuero interno la ambigüedad de lo real. Lo característico del discurso alienado, delirante, es su obsesión por la inambigüedad. Ponía como ejemplo la manía persecutoria, donde todo hecho objetivo era dirigido de inmediato a un único y tiranizante sentido de interpretación: “Como mi familia me odia, no encuentro trabajo; como mi familia me odia, los vecinos no me hablan; como mi familia me odia, he enfermado de los nervios...”, etc. Por el contrario, la habilidad para organizar la realidad en la mente del individuo como un conglomerado de fenómenos objetivos en difusa conjunción indiferenciada con percepciones inexplicables, mágicas, desconcertantes, es la actitud propia de la psique del individuo sano. Eso es la cordura: la capacidad de aceptar sin daño ni turbación lo ambiguo de lo real. No hace falta insistir en que ni el ingenioso hidalgo ni Sherlock Holmes habrían estado dispuestos, por un segundo, a aceptar que el mundo podría ser distinto a como ellos se habían propuesto que fuera. Ni tampoco es preciso argumentar cómo esta dulce confrontación literaria entre fantasía, realidad, razón e imaginación, produjeron dos de los personajes novelescos más sobresalientes de la historia. El trato exquisitamente inteligente, entrañable, tan elegantemente humanizado que reciben de sus autores, es una de las claves seguras de su extraordinario éxito.

En “Estudio en escarlata”, primera novela, si no me equivoco, de la saga holmesiana, el entrañable relator Watson intuye y avanza las coordenadas fundamentales en torno a las que se articulan la mente y la comprensión del mundo de Sherlock Holmes, y da la primera y apabullante pista sobre su “manía racionalista”: tras mencionar el doctor Watson el mero detalle copernicano de que la tierra gira alrededor del sol, Holmes reacciona con terrible naturalidad, arguyendo que, “ahora que lo sé, intentaré olvidarlo”. Para Holmes, el cerebro humano es un almacén que poco a poco va llenándose de conocimientos hasta alcanzar su límite; por tanto, los conocimientos inútiles deben ser desechados, al ocupar un espacio inservible y sin duda necesario a otros de índole mucho más práctica. Ciertamente, la inclinación a la practicidad de la filosofía en el mundo anglosajón, bien conocida desde los ensayos de Locke, Hume y otros epígonos, se instauró en el espíritu de esta civilización de manera absolutamente natural, llegando a formar parte del “ideario científico” con tanta y tan fluida espontaneidad como la que ampara a Holmes cuando se declara no sólo desconocedor de la teoría (evidencia) copernicana, sino decidido partidario de olvidarla cuanto antes.



No sólo esta concepción mecánica de la mente humana y sus potencialidades nos llama la atención sobre la personalidad de Holmes. El doctor Watson, en la misma novela, formula una especie de nómina sobre los conocimientos y manías del detective, la cual acaba por representarlo como un ser extraordinariamente inteligente, intuitivo, lógico hasta la obsesión y, por ese mismo motivo, gentilmente desvinculado de la realidad. Así, Holmes resulta un personaje desprovisto de empatía sentimental, melancólico, cocainómano, misántropo, obsesionado por el orden aunque no por la limpieza (recordemos su método de clasificación de pruebas y estudios experimentales según la cantidad de polvo acumulado sobre los mismos), buen intérprete de violín (la música, única abstracción a la que se entregaba en sus momentos de patetismo e hipocondría), frenéticamente inclinado a preguntarse el “cómo” de los fenómenos pero totalmente desinteresado respecto al “porqué” de los mismos… Sherlock Holmes es el primer detective de la historia, y prácticamente el único (salvo imitadores), que no se deja seducir por el principio inquisitorial de Lucio Casio Longino, popularizado por Cicerón, del “¿Quid prodest?”. Para Holmes, es irrelevante preguntarse por el beneficiario de un crimen, en busca de sospechosos; sólo debe atenderse a los indicios objetivos, las huellas del delito, el rastro de la verdad en la reconstrucción de lo sucedido. Hay en esta actitud, sin duda, una exacerbación deshumanizante del sistema positivista, la cual convierte el hecho criminal en una pugna entre razón e incertidumbre, dejando de lado el debate moral sobre la conducta y consecuencias del delito, aspectos de la cuestión que, por lo general, suelen traer sin cuidado a nuestro detective. Cuando es necesario vincular un descubrimiento concreto con una previsible y lógica ambición humana satisfecha mediante el crimen, es siempre el doctor Watson quien llama la atención de Holmes al respecto. Siempre fue así: todo Quijote necesita su Sancho, la voz a ras de suelo que señala algo tan simple como la axiomática dimensión humana de todo hecho de origen humano. Holmes, en este sentido, se desenvuelve en el puro territorio de la fenomenología, mientras que Watson ejercería como contrapunto ilustrado (más bien experimentado) en el ámbito de las “ciencias morales”. Si damos la vuelta a este método holmesiano positivista de aproximación a la verdad, colocándonos en los dominios del pensamiento dogmático espiritual, encontramos idéntica propuesta en donde menos podría sospecharse: el mandato bíblico. “No dejéis que la tradición anule vuestra fe”, dice el Libro; es decir, no deberíamos permitir que el perfil e imposición humana de lo humano (con perdón por la tautología) nos aparte de la verdad. Me refiero, claro está, no sólo a la verdad empírica, demostrable y mensurable, sino a la “verdad” (aquí escrita entre comillas), de la revelación religiosa. En el fondo, como puede apreciarse, la adhesión sin fisuras de Sherlock Holmes al método empírico probatorio de la realidad es un solemne, desmesurado, poderoso y extravagante acto de fe.



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