Draco, la sombra del emperador

Sobre Juliano el Apóstata (Juliano II, emperador de los romanos entre 361 y 363), hay mucha documentación escrita, ensayos académicos, opúsculos divulgativos y, por supuesto, literatura. La figura histórica de un emperador empeñado en retrasar el curso de la historia, derogar el cristianismo como religión oficial del imperio y restaurar el culto a los antiguos dioses ha fascinado a muchos autores y lectores durante décadas. La novela de Goré Vidal, Juliano el Apóstata (1964), estableció un rasero literario muy exigente, aunque, como es lógico, sin agotar el asunto por cuanto el personaje pertenece a la categoría de los "mitos abiertos", siempre sujetos a nuevas interpretaciones, siempre punto de partida para la construcción de nuevas conjeturas y estructuras narrativas en torno a su persona.


Massimo Colombo, en Draco, la sombra del emperador, ha tomado el desafío y lo ha encaminado con inteligencia. Solventa la cuestión fundamental de la perspectiva (histórica y narradora), recurriendo a un protagonista "testigo" de los acontecimientos; Víctor, espía al servicio del emperador desde antes de que fuese nombrado césar de las Galias (en realidad consúl, encargado de contener a los germanos en aquella parte del imperio), resume a través de su experiencia vital todo el devenir de Roma en unos años convulsos, endiabladamente difíciles, que señalan el inicio de la imparable decadencia y extinción del imperio.

Mano derecha, ojos y oídos de Juliano, Víctor será, a la vez, nuestros ojos y nuestros oídos en esta novela, desde los inicios del joven Juliano, pasando por sus intrigas y movimientos diplomáticos para ocupar la sede imperial, el golpe de fortuna que le da acceso a la misma sin derramamiento de sangre (excesivo, se entiende), su agónico reniego del cristianismo y la fallida campaña contra los persas que marcará el declive y final de su mandato. La novela, muy ágil en su desarrollo, está concebida como una sucesión sin pausa de acontecimientos; hay algo de vértigo, de urgencia como de desesperación en el ritmo de esta novela, como si las ansias de Juliano por restaurar el culto a las divinidades paganas supieran de lo apremiante de este empeño, su apuesta exasperada al "todo o nada", la enorme probabilidad de la derrota absoluta en caso de no alcanzar el éxito inmediato. Los diálogos son continuos, veloces, y conducen la acción sin descanso hasta un final que no por previsible está carente de emoción. En el trayecto, ambiciones, intrigas, amistad, lealtad siempre puesta a prueba, argucias, batallas, movimientos militares y diplomáticos... Draco, la sombra del emperador, es una novela vertiginosa, de las que no dejan reposo al lector, ofreciéndole amenidad y la fascinación de la historia en momentos determinantes. La gran crisis de occidente a mediados y finales del siglo IV, narrada como una aventura, constituye el fondo argumental de esta narración. Muy recomendable para amantes de la novela histórica donde primen la acción y la agilidad argumental.

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