Noviembre, noviembre...

Escribí: "No se me pasa noviembre sin hablar de los muertos que antes y muy al principio eran muertos en los libros de historia muertos de siempre en sepulcros de mármol y panteones como moradas eternas de muertos que impresionaban más desde la solemne muerte ornada por la razón de los siglos que cuando fueron vivos, o muertos en la memoria antigua de nuestros mayores colgados en fotografías de pared nimbadas por el etéreo de lo eterno, aquellos muertos de otra época, otra gente y otras vidas sepultadas por el moho del tiempo, sólo recordados por los que pronto irían a hacerles compañía, bien pronto, unos muertos más cercanos, los más ancianos entre los que sí habíamos conocido, aquellos familiares decrépitos casi siempre enfermos que nunca salían de casa y a los que se había otorgado el beneficio piadoso del fallecimiento doméstico, preguntábamos: "¿La tía Enriqueta vive aún?" pues lo cierto era que daba igual si vivía o ya había muerto, la tía Enriqueta, y después de esos muertos anticipados a su propia muerte en nuestra imaginación llegaron los más próximos y morían nuestros abuelos y los hermanos de nuestros abuelos, y cada vez más cerca morían los tíos, y morían nuestros padres y se enteraba uno de que había muerto un profesor del colegio, del instituto, de la universidad, y la gente sigue en la costumbre de morir y ya empiezan a morir los amigos, demasiados amigos, y la muerte ya no está en los libros de historia sino en la página pasada de nuestra propia historia. Ah... Los periódicos tenían razón: nieva en toda Irlanda". Y si antes escribo cosa tan repolluda (consternado por la muerte de Emilio de Santiago), antes fallece mi amigo Manuel Villar Raso, una persona entrañable que siempre supo estar y siempre supo ser lo que era: un hombre admirable y un escritor grande entre los muy grandes. Y generoso. No es momento de hablar sobre algunos asuntos, pero el también difunto Cristóbal Zaragoza le debe un premio Planeta. Cualquier búsqueda en google les aclarará el caso. Manuel siempre se tomó aquel asunto con deportividad y sentido del humor. A fin de cuentas, siempre hay un punto de veneración por parte del plagiario hacia el plagiado. ¿O no?

Noviembre tiene sus alientos, sus pequeñas punzadas, sus días mejores. Al siguiente de conocer la noticia de la muerte de Manuel, recibo un correo de Enrique Martín Gullón, nieto de Enrique Gullón de Senespleda, uno de los personajes que más quise y con los que más disfruté cuando escribía Los fantasmas del Retiro. Sobre el profesor Gullón, el real, el auténtico, no sabía nada en absoluto, dejando aparte las imágenes del NO-DO (1956) en las que aparece, investigando el planeta Marte desde el Observatorio Astronómico de Madrid.  Usé su nombre para crear un personaje literario y creí que con eso era suficiente. Error. Sesenta años después de aquella noticia sobre "la vida en Marte", su nieto me habla de él, del Enrique Gullón de Senespleda que sí existió y que fue un investigador brillante en su época, un hombre de ciencia, una buena persona y, según recuerda, un abuelo cariñoso. En los correos intercambiados hay más información sobre Gullón y su apreciada familia que no puedo ni debo compartir con nadie más, mucho menos en Internet. La perspectiva sin concretar pero cierta de encontrarme con Enrique, en Madrid o en Alicante, y charlar un rato sobre su abuelo, aquellos tiempos, la novela y lo que ha significado para él y los suyos, ha llenado de contento estos últimos días. No hay nada más alentador para un novelista que descubrir (o que alguien te descubra) que se ha escrito sobre una realidad sólida, verosímil, por completo intuida y casi acertada de pleno. Eso, emociona.

La última. Recibo una convocatoria del Centro José Guerrero de Granada: seminario sobre El Sufrimiento del Artista en la Cultura Moderna. Para rematar noviembre, perfecto. Sufrir, lo que se dice sufrir, sufrimos todos. Que los artistas sufran más, o de manera diferente, está por ver. Que su sufrimiento en la "cultura moderna" sea especial, distinto al sufrimiento que podrían padecer, por ejemplo, en la cultura clásica, también está por demostrarse. Y si sufren (en plan estupendo: "¿sufrimos?"), ¿es a causa de la cultura o como decía el genio, por falta de...? Sí, recuerdo: murió por falta de salud. En fin, habrá que estar al recibo de las actas del seminario, interesantísimas sin duda. De momento, yo, de sufrir, lo justo. La verdad es que nunca me he visto muy artista. 

Entradas populares de este blog

Godos, de Pedro Santamaría

La hora de Bizancio

Del azul nacen los caballos