Águilas y Cuervos

Primera obviedad necesaria: una novela histórica precisa de una atmósfera, un ambiente verosímil que al mismo tiempo ejerza como subrayado eficiente e invisible de la época en que se ambienta la narración. Y esa atmósfera no se consigue amontonando documentación, sino caracterizando a los personajes y exponiendo las situaciones conforme al “espíritu de los tiempos”. Primera obviedad y primer acierto de esta novela: construir con firmeza y mediante una prosa esmerada (deliciosamente traducida por Carmen Bordeu), ese nítido y confortable paisaje literario, habitado por personajes convincentes. Oh, no crean que hacer todo eso, y hacerlo bien y que ese “bien” se denote desde las primeras páginas de la novela, es algo sencillo. Por el contrario, resulta extraordinariamente complicado, se requieren muchos años de oficio, muchas horas de trabajo, de escritura y corrección, también de edición. Ese es el mérito de Águilas y Cuervos que se manifiesta desde sus primeras páginas, el suspiro de alivio que cualquier lector lanza en su intimidad de sofá y luz recoleta cuando comprueba que las ochocientas páginas que le esperan están escritas como corresponde: muy bien escritas. Excelente, piensa y se relame el lector: no estamos ante un tocho sino ante un discreto festín de buena literatura.


No nos desanimemos. Cierto es que Águilas y Cuervos se publicó en 1978; que su autora, Paulina Edge, tenía entonces 32 años, y que las cosas, en aquellos tiempos, solían hacerse así. Seamos un poco tiquismiquis. En materia de narrativa, en 1978, sólo había una manera de hacer las cosas: bien. Las chapuzas no colaban. Aún quedaban unos años para ese tiempo en el que las chapuzas tendrían su oportunidad, sí, decía; seamos tiquismiquis: aún no existía Internet.

Águilas y Cuervos está ambientada en el año 32 DC. Encontramos enseguida a uno de los protagonistas de esta novela-saga, Caradoc, de la nobleza catuvelauna (hijo del jefe de la tribu); sus compañeros de andanzas y el resto de personajes son muy parecidos a él: vivaces, apasionados, pendencieros, algo fulleros, un poco ladrones… La costumbre de “tomar prestado” el ganado unas tribus a otras, de imponerse resarcimientos abusivos, de resolverlo todo a golpes o, llegado el caso, peleas mortales, nos habla enseguida del modo natural en que las tribus celtas de Britania se relacionaban unas con otras, incluso entre los clanes de una misma tribu. Aquí no hay buenos y malos, héroes y villanos: hay personajes, seres humanos que luchan por sobrevivir (al hambre, al frío, al aislamiento); y lo mismo sirve a su propósito un buen rifirrafe con la tribu vecina que una batalla contra los romanos.

Los catuvelaunos son una tribu próspera que ha conquistado a los trinovantes y viven con desahogo, gracias entre otras cosas al comercio con Roma. La novela se extiende por todos los escenarios de Britania, durante una época prolongada, unos años definidos en la historia como los de la conquista de Britania. Caradoc, el héroe de carne y hueso, conseguirá algo muy complicado: organizar la resistencia conjunta de multitud de pueblos y clanes britanos. La historia es sabida, pero el argumento nunca se ha detallado tan bien y con tanta amenidad. Hasta la derrota de los icenos, en el 60 DC, bajo mando de la mítica reina Boudica, en la batalla de Watling Street, hecho de armas fundamental con el que se agota el argumento de la novela, hay espacio suficiente para la leyenda, también para la descripción pormenorizada, a menudo sabrosa, de las costumbres céltico-britanas, su forma de vida, la organización social, la vida doméstica, los protocolos en asuntos trascendentales como el amor y la muerte…



La saga del águila (Roma) contra el cuervo (el animal sagrado de la religión druídica), es como una lupa sujeta sobre el mundo de la cultura celta prerromana; nos describe los hechos notables y los episodios domésticos de una civilización fascinante, la cual, como muchas otras, estaba condenada a la extinción. Pero decía antes que no hay buenos y malos en esta novela. Cierto. Hay simpatías, claro está. La cultura vencida, la civilización derrotada, es protagonista de la narración, como no podía ser de otra manera. La literatura también es cuestión de perspectiva. Exaltar el triunfo parece relativamente fácil, pero encontrar la épica memorable en la derrota ya resulta más complicado. Para eso está el género, la novela, y el subgénero al que pertenece Águilas y Cuervos: novela histórica. Eso sí: de primer nivel.


Entradas populares de este blog

Godos, de Pedro Santamaría

La hora de Bizancio

Diez años, cuatro libros