Primera novela de un autor no primerizo

La verdadera historia de Lucrecia Viñal es una primera novela, y lo primero que hay que decir es que no se nota. Hay mucha experiencia lectora y bastante oficio de escritor vertidos en estas páginas. Alfonso Montoro (Jaén, 1975), no improvisa, no acude a las obsesiones y tentaciones del autor novel. Por el contrario, encontramos en esta obra una prosa madura y trabajada con diligencia y pulcritud. Quizás el reto más difícil con el que se encuentra un autor primerizo es crear un ambiente y un tono propios de la narración, exentos de la (a menudo) urgencia por “decirlo todo” con la propia voz. En este caso puede indicarse que, por fortuna para autor y lectores, ya se ha superado esta fase, digamos, reivindicativa. Estamos, pues, ante un novelista consolidado y con una trayectoria muy amplia por desarrollar, lo cual resulta alentador. Cierto es que Montoro no se ha precipitado por publicar, ha eludido la indecisión de los comienzos para ofrecer una obra “madura” en toda la extensión y en el mejor sentido de este término.

Lo más sobresaliente de esta novela, desde mi punto de vista, es la capacidad y habilidad del autor para crear tres personajes femeninos paradigmáticos, lo cuales ejercen la potestad de sí mismos y, al mismo tiempo, imponen el peso ejemplar del arquetipo durante el desarrollo argumental: Olga nos evoca sutilmente a la Teresa de Marsé, es la chica de familia pudiente, inquieta, sofisticada, de ideas progresistas y siempre revoloteando en torno a la vida del protagonista, un joven de condición mucho más humilde y formación a duras penas autodidacta; Antoñita, la cortesana negra, vital, audaz, sentimental y en el fondo un poco enamorada del protagonista, es la imagen de la mujer sensual, intuitiva y emotiva en el mismo pulso de su condición vitalista, la femineidad alcanzable por casi todos (dada su dedicación en la vida) y, por el mismo motivo, lejos de la posesión de ninguno; y finalmente Lucrecia, un esbozo delicado y convenientemente matizado de la “mujer fatal”, es el misterio, la incertidumbre de una mujer que se hace admirar por idéntica razón a la que se hace desear y, en ocasiones, detestar. Hay mucho de Bovary y de Violeta en Lucrecia Viñal, o mejor dicho, hay muy poco, lo justo para identificarla y lo sabiamente escaso para no llegar a comprenderla del todo.

Dionisio, el actor principal del drama, se debate inevitablemente entre construir una vida conforme a su voluntad o abandonarse a un destino incierto, evanescente, que lo conduce por escenarios ajenos y vidas aún más ajenas; las cuales, a mayor calamidad, condicionan la suya, lo abocan a trabajos “de poco brillo” y a ser espectador y fugitivo (las dos cosas a la vez) de un mundo que, bien lo sabe, nunca va a pertenecerle ni sonreírle: más bien amenazará con desarbolarlo y convertirlo ya sin remedio en una pura visión del desamparo ante la fuerza de una realidad abrumadora. Me ha sorprendido y me gustado mucho esa pericia de Alfonso Montoro para tramar la intimidad y renuncia de un personaje tan complejo. Es otro mérito que hay que atribuir a su paciencia y esmero como novelista.

Resumo. La verdadera historia de Lucrecia Viñal no es la novela del año, no es una obra maestra (qué será eso de “obra maestra”, la expresión siempre me hace pensar en maestros de obras que hacen bien su trabajo), ni es la novela deslumbrante que Alfonso Montoro puede escribir, porque demuestra estar capacitado para hacerlo. Esta novela es, ni más ni menos, el excelente comienzo, el primer y distinguido toque de atención de un autor que puede dar en el futuro títulos memorables para nuestra narrativa. Y eso, insisto, tratándose de una primera obra, es mucho. Muchísimo.

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