La luz del norte

La historiografía tradicional da por establecido y concluido el relato sobre don Pelayo, noble astur que resistió a la conquista de la península Ibérica por los musulmanes, frenó la expansión del Islam en este territorio e inició la dinastía de los reyes asturianos. El asunto, sin embargo, no puede (ni debe) afrontarse desde una perspectiva única, la que sitúa a Pelayo como figura épica providencial que tras derrotar a los ejércitos africanos en Roncesvalles da inicio a la saga de nuestra Reconquista.

Cierto es que Pelayo (Pelagius, “el que viene del mar”) fue un activo y valeroso noble empeñado en preservar sus dominios y el imperio de la fe católica ante la avalancha musulmana que se desborda en tierras de Hispania tras la batalla de Guadalete y la caída del reino godo de Toledo. Pero también es verdad que la certeza histórica sobre su participación decisiva en estas confrontaciones, así como el real alcance y efectividad de su mandato en tierras astures (por no mencionar sus verdaderos orígenes), es todavía materia de controversia. No podía ser de otra manera cuando nos referimos a personajes y acontecimientos subrayados por la penosidad y urgencia de la guerra, la retirada a lugares salvos de la invasión, el vértigo de la recomposición de poderes.

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