Familia


Mi abuelo Paco González, chófer de la embajada de Marruecos en Madrid, dejaba a Muhammad V en el Pardo, despachando con el Caudillo, y corría a nuestro humilde barrio en la Vía Lusitana para montar a la chiquillería en el coche oficial y pasearnos por el centro. Alborotábamos con gozo infantil cada vez que un guardia municipal saluda al negro, solemne automóvil con matrícula del Cuerpo Diplomático. Mi padre se desesperaba: “cualquier día fusilan a este hombre”.

Mi abuela Amparo Bendicho, casada con un electricista y madre de cuatro mozancos electricistas, siempre estaba atenta y siempre descubría al revisor de contadores cuando empezaba su recorrido de inspección por el primer piso. Gritaba a todo gritar: “¡Toni, desenchufa las acciones!“. Las acciones eran un gancho conductor, primorosamente fabricado por alguno de aquellos manitas y empalmado desde la galería del domicilio al tendido eléctrico, con el loable fin de proveerse de energía eléctrica a precio popular.

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