La Gorgona

Llegaron noticias de que los jinetes del páramo poseían un gran tesoro: tres sirenas del mar de las Ánimas Dormidas. Según el mensajero, comerciantes de Alexandrópolis, tiempo atrás, habían contratado a mercenarios de Kefalonia, expertos en esta clase de cacerías, para que consiguieran la presa. Una vez en su poder las tristes sirenas, encerradas en un arca de bronce, las transportaron hacia Hestaria, en los dominios septentrionales del Emperador, con intención de venderlas a un precio exorbitante. Pero los cándidos comerciantes no contaban con la audacia de los jinetes del páramo, sobre todo si hay rapiña y botín de por medio. Estos salvajes cubiertos de pieles grasientas no reconocen a otra autoridad que la Noche, no acatan más ley que la del Perpetuo Invierno triunfante en sus hoscas tierras; y tienen por único señor a la Muerte, divinidad a la que dirigen todas sus plegarias y a la que nombran, según cuentan los viajeros, de treinta maneras distintas, siendo la más peregrina de ellas el título de Dadora de Vida.

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