Antonio Enrique sobre Isla de Lobos

Isla de Lobos, ¿patraña genial?

En la Isla de Lobos no nacen niños, tampoco muere o se ve morir a nadie. Es un espacio imposible, un territorio en apariencia perverso, una zona mágica y, por lo mismo, secreta. En Isla de Lobos las gentes semejan sonámbulos de una realidad que está fuera del tiempo y del espacio, esto es, un tiempo alojado en algún repliegue insondable, y de un espacio fuera de referente concreto. Pareciera, ahí, que la energía ha cristalizado en un simulacro de lo humano anterior o posterior a la propia humanidad. Pareciera, sí, una región inhóspita del Astral. Un imposible del Espacio, una equivocación del tiempo. Pero es, Isla de Lobos (Ediciones Versátil, Barcelona, 2016; premio Valencia, concedido por la Fundación Alfons el Magnànim), una novela enormemente humana, cálida, yo diría que cordial. Y ahí está la paradoja, que una novela tan conceptual sea tan concreta, y que tan irreal, sea tan próxima, tan persuasiva y convincente. En principio, se trata de una fábula. Pero, no; más que eso, es una novela redonda, verosímil, muy cercana, nada pretenciosa en su intencionalidad ni estilo. Una novela sin propósito de nada que no sea la ficción pura, sin adentrarse o incurrir, ceder a lo metafísico. Sencilla, afable, discurre sin sobresaltos, como impulsada por la fuerza de un comienzo y un final que no puede ser sino el que será.


Para resolver tan flagrante paradoja se requiere un novelista “fuera de cómputo”. José Vicente Pascual (Madrid, 1956; muchos años en Granada y ahora residente en Canarias) lo es. Lleva sobre sí el peso de una larga trayectoria, más de una docena de novelas, la mayor parte extensas. Y ha manejado todos los géneros, con similar habilidad y dominio. ¿Qué es lo que ha motivado esta novela diferente en su quehacer y tan distinta de todas? ¿Qué es lo que puede convertir a un autor de óptica predominantemente realista en un novelista de lo suprasensorial? Es versátil, poroso, receptivo a todo registro narrativo, pero la presente Isla de Lobos excede a mi parecer lo previsible en su trayectoria y lo probable en la literatura habitual. Por descontado, estamos ante una obra maestra. Una novela de consumación.


Isla de Lobos excede lo previsible... lo probable en la literatura habitual


Y lo es, antes que nada, por su estilo. Lo que crea la visión del mundo no es tanto las formas y colores como lo que se dice y el cómo se dice, y cuándo ha de decirse a tenor del tiempo narrativo. Como se diga, es la cosa, aunque hablemos de formas y colores. Lo que nos instala en una “realidad otra” son las manos de la palabra, esas manos que nos envuelven y nos llevan, y a veces nos elevan. Ningún problema entre Isla de Lobos y el lector; estamos en un espacio cerrado donde resuena la voz del narrador, espacio a semejanza del autentico locus clausus et incógnito a que la novela hace referencia, y sin embargo al narrador se le percibe tan cerca que hasta se le puede escuchar el aliento, y cómo éste a veces se entrecorta por la intensidad emocional, lo que se echa de ver porque las frases tienden a sincoparse, a efectos de la velocidad que adopta, o bien este aliento se serena, y se hace fluyente y casi cantarín, porque su viveza es mucha, como también su ingenio y creatividad.

No bastan, desde luego, los mitos, para esta fábula. Precedentes del náufrago llegado a una isla ignota hay muchos. Y la voz narradora nos los desgrana en su momento idóneo: desde Homero a Shakespeare pasando por Defoe, y entre nosotros Calderón y Gracián, para empezar, además de Góngora. El inicio del mito está ahí, en el náufrago que llega, pero la fábula comienza en que el náufrago lo que en realidad está haciendo es regresar. Manuel Torga, desde este punto de vista, es a semejanza de un alma que reencarna en cuerpo mortal, con lo que nos estamos deslizando hacia un referente platónico.


Manuel Torga es el dinamizador de una galería de personajes que inmediatamente retiene en su memoria el lector, pues no pueden ser más gráficos. Todos ellos oscilan como planetoides en torno al sol: Aguas Santas Rivero, Primera Ministra y Magistrada Única. Junto a ella, están el contador de olas, el santero Sanaperros, y la voz discordante del geógrafo, como símbolos de la religión y la ciencia. Junto a ellos, don Manuel de Garceses, el clérigo, para completar la triada del Poder, junto con otros que dirimen sus controversias en la regocijante Sala de Riñas y Tumultos. Doña Aguas Santas es hija de su marido, casado con ella tras engendrarla en su apasionada relación con la negra Esmeralda. Parece todo disparatado, pero en la novela la palabra se ajusta de tal modo al contenido que resulta pertinente; es más, que no tenía más remedio que existir, y darse, el incesto. Porque, desde hace mucho tiempo en la novela, estamos tocando resortes muy sutiles de transgresión. En Isla de Lobos lo que parece termina siendo, esto es lo turbador e inquietante. Es un mundo en el vértigo de lo milagrosamente estable. Al límite de su precario equilibrio, mientras a lo lejos se oye bramar a los lobos marinos y suena el barquinazo de las olas, como una pesadilla obsesionante.




Es un mundo en el vértigo de lo milagrosamente estable...


El lector va a encontrar unas descripciones precisas y bellas, referidas al mundo natural, y va a engolfarse en diálogos muy jugosos y placenteros que agilizan la trama. Se va a encontrar con un sentido del humor constante, a ratos con una ironía contagiosa. Y sobre todo, con un estilo soberbio. El autor se ha instalado en el tema al punto de mimetizarse con él, y ser por así decir la voz de la isla. Lo demás es sátira de nuestra condición de occidentales fatuos y presuntuosos, como esa doña Aguas Santas, tan impertinente como la Reina de los cuentos de Carrol. Una sátira con vetas de utopía, ésta con regusto dieciochesco, como la Sinapia de los ilustrados o los territorios imposibles de madame Scarron. Son las recurrencias al pintoresquísimo nombre de los años y cuanto de ellos se recuerda. Se trata, esto último, de un velado homenaje al escritor Francisco Rivero, quien convirtió Los Molares, un pueblo perdido en la estepa sevillana, en Matabueyes, un lugar asombrosamente macondiano. A él, quien fue gran amigo, está dedicada in memoriam la novela.

¿Qué isla? ¿Acaso un lugar entre Macondo y Comala? Casi todos son ancianos en la isla, no nacen niños. Y a los que mueren se les arroja al mar, aunque pocos lo sepan. Pero la vida transcurre con los afanes de cualquier lugar, costero o no. El velo que separa una dimensión de otra es casi inexistente, pero existe, y se percibe, en lo real, cómo, tras esta realidad tangible y constable, acecha, está a punto de saltar, e invadirla, esta otra realidad que no es de este mundo.


Tal vez sea el mito de la isla de San Brandán lo que haya presionado en el subconsciente del autor. Es una isla que aparece y desaparece. Los marinos de Canarias la ven y no la ven desde hace siglos. Está o no está muy cerca de entre Azores y las islas de Cabo Verde, justo el emplazamiento de Isla de Lobos, según dice el Geógrafo. Tan fugaz es la visión de Isla de San Brandán que la creyeron sobre la joroba de una ballena. Y de cierto, Isla de Lobos, como apareció, estaba allí, desapareció en la trama narrativa, engullida por el mar. Pero San Brandán, creencia céltica y gaélica, no es isla de muertos, como tampoco de vivos, sino de transformados, almas transfiguradas. Es muy antigua, ya se sabe, la presunción de espacios tangibles para designar lo desconocido, pero aquí esto es sólo al comienzo. Deja Isla de Lobos al lector un tanto perplejo: ignora si existió o no, o lo que es lo mismo: ¿Es una patraña genial? Porque lo que he visto y sentido al leerla nadie podrá negarme que haya sido un sueño, pero yo sé que no lo fue. No lo fue, lo supe, que no fue un sueño, precisamente al despertar.


Antonio Enrique

21 noviembre 2016

http://www.antonioenrique.com/ 



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