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Godos, de Pedro Santamaría

En el año 376 dC, decenas de miles de godos, huyendo del avance de las hordas de Atila, se congregan en las orillas del Danubio que trazan la frontera natural entre el imperio romano y las tierras de los bárbaros. El emperador de oriente, Flavio Julio Valente, duda entre impedir la entrada de esas masas de fugitivos o franquearles el paso, permitirles asentarse en tierras dacianas y aprovechar esta circunstancia para renovar la vitalidad de la sociedad romano-oriental, ya en decadencia; los godos aportarían población a lugares y cultivos abandonados, sus jóvenes guerreros se integrarían en los ejércitos imperiales, las nuevas granjas, cultivos y provechos aportarían nuevos impuestos... Sólo una objeción entorpece este plan: los godos llegan en estado de precariedad, sin alimentos, sin nada entre las manos; por tanto, acogerles supondría un esfuerzo económico importante, ser sufragado por todos los habitantes de las seguras tierras al oeste del Danubio: los súbditos de Valente; y estas gentes, a su vez, protestarían por el alza de impuestos exigida para "rescatar" a todo un pueblo desplazado, desgajado de su entorno habitual por el vendaval que supuso la aparición de los hunos en las llanuras de la actual Hungría.

En este momento de la novela hay una inflexión del relato que me parece de lo más interesante.


Reunido el emperador con sus consejeros para analizar este asunto, ya planteado el problema del sacrificio que impondría acoger a los godos y el consiguiente descontento del pueblo, uno de los consejeros, Leandros, resuelve la cuestión con estas palabras: "Tengo entendido que los cristianos lo llamáis caridad".

Cualquier parecido con la actual realidad de los refugiados, fugitivos de la guerra en Siria, el terror del integrismo islámico, la miseria y la muerte, no es pura coincidencia. Claro que no. Pedro Santamaría tiene la habilidad -no sé si buscada pero del todo conseguida -, de hacer reflexionar al lector, desde los inicios de esta novela (Godos, ed. Pámies, Madrid, 2017), sobre el genuino sentido no ya de esta obra, sino del trabajo de recreación histórica, ese echar la vista atrás y buscar en el pasado enseñanzas posibles para el presente. Y además, nos hace posicionarnos respecto a nuestra propia convicción, u opinión, sobre estos asuntos decisivos que, libro en mano, trascienden la urgencia de la actualidad para entrar en análisis sobre constantes de la historia; en este caso, el de los pueblos desplazados que originan cambios sustanciales en las sociedades que los acogen. El fenómeno, como todo el mundo sabe, no es nuevo. Hay ejemplos clamorosos. Tras la caída de Troya y la irrupción de los dorios en el Peloponeso, el mundo micénico se vino abajo, la cultura en occidente retrocedió varios siglos, desaparecieron la escritura, las tecnologías básicas, la organización social y el poder político de los grandes centros de dominio tanto cultural como militar. Las migraciones masivas del siglo V dC fueron una de las causas -no la decisiva, desde mi punto de vista -, de lo que llamamos "caída del imperio romano". El empuje de las tribus turco-mongolas desde los desiertos de Persia y las llanuras de Anatolia originó, "de rebote", la consolidación del imperio otomano, la conquista de Constantinopla y el avance del poderío turco por Europa oriental, hasta las mismas puertas de Viena. No, desde luego que no: la entrada en la historia de pueblos fugitivos en masa no es un asunto nuevo.

Antes decía que el parecido con la realidad actual es evidente, aunque, también desde mi punto de vista, esa concomitancia no significa semejanza simétrica. La tónica -constante histórica -, es la misma, pero las circunstancias son muy diferentes. Pero esa no es la cuestión ahora. Lo importante: que el autor, desde el principio, nos hace girar en la cabeza todas estas ideas, reflexiones, y logra por tanto una novela cercana a la inquietud del lector. En cuanto el inteligente Leandros deja caer la sentencia relativa a la caridad cristiana debida a los desposeídos de este mundo, el lector sabe que va a adentrarse en una historia que le involucra. Sabe que no va a poder dejar de leer.

Y sobre la propia experiencia lectora... Pedro Santamaría ha demostrado anteriormente, con sobrada solvencia, su garra literaria y minuciosidad de trazado como autor de novela histórica. Godos no es una excepción sino más bien al contrario: un peldaño más que lo confirma como uno de los especialistas del género en España.

Destaco tres aspectos, o "tramos argumentales" de la novela que me han llamado la atención:

-El planteamiento de oposición y síntesis entre los dos grandes protagonistas, la Roma oriental y los godos llegados del mundo bárbaro. La descripción de las diferencias entre dos civilizaciones antagonistas es magistral. Por una parte, la refinada, hipercivilizada cultura constantinopolitana; de otra, la salvaje urgencia de los rudos godos por alcanzar aquel emporio y sentirse protegido bajo el poder imperial. Como es lógico, el choque entre ambos pueblos es como un encontronazo de dos placas tectónicas. La codicia y el afán de supremacía de unos y el orgullo e indómito carácter independiente de los otros concluirá en la esperada crisis; y las crisis (¿dialécica de la historia?) en aquellos tiempos, se solventaba de una sola manera: la guerra.

-Síntesis de nuevo, esta vez en el plano dramático. La tensión amorosa en un "trío" inevitable: Alexandra, joven cristiana, culta, de rica familia y sólidas convicciones, convencida de que ayudar a los godos y aliarse con ellos es una tarea fundamental para salvar la civilización y la doctrina en la que cree; Pablo, oficial de los ejércitos de Valente, abnegado en el cumplimiento del deber, indesmayable en su amor por Alexandra; y Arnulf (con el tiempo, Arnulf el Fiero), joven godo que experimenta una progresiva transformación en su manera de ver el mundo, desde la esperanza y el deslumbramiento ante el poder del imperio romano oriental y la posibilidad de convertirse en uno más entre sus ciudadanos, la decepción, la crueldad hacia los suyos, el reconocimiento de la hegemonía como única manera de afianzar un lugar estable y confortable en el mundo. Los dos hijos de Arnulf, como sus propios nombres indican, son la plasmación, la realidad de esta síntesis entre lo antiguo y lo nuevo, el anhelo y la realidad. Nadie está en disposición de afirmar que la historia es implacable, pero la vida, seguro que lo es. La vida -la vida de los humanos -, nunca se detiene, nunca retrocede, siempre se abre paso... Sensacional ejemplo el que nos brinda el autor de Godos.

-Por último, la batalla de Adrianópolis. No anticipo el argumento porque la historia sólo tiene un relato aunque, de siempre, distintas interpretaciones. La batalla está narrada de forma superior -no digo magistral, ni muy conseguida, ni con deslumbrante pericia -. No. Superior. Hay pocos, uno o ninguno, entre los escritores de novela histórica, hoy, en España, que sean capaces como Pedro Santamaría de recrear tan formidable evento bélico con la precisión, intensidad, intriga y fuerza narrativa. Aunque sepamos el resultado de la misma y cómo evolucionaron posteriormente los acontecimientos históricos, el relato de la batalla -que ocupa una buena parte de la novela -, combinado con el devenir individual de los personajes involucrados, resulta apasionante. Vibrante. Y no se me acaban los adjetivos pero tampoco quiero parecer pesado.

En suma, pongo a esta entrada del blog la etiqueta de "Ültimas Lecturas" y estoy convencido de que en mucho tiempo no voy a leer una novela de género histórico con fondo más sugerente y un tratamiento argumental tan bien conseguido. Lo esperaba, claro, no voy a escamotear ese detalle. Soy lector de Santamaría desde hace años y esperaba una gran novela. Lo que no esperaba -lo juro por la salud del emperador Valente -, es que fuese una novela tan grande.

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