Unamuno en Fuerteventura

En Puerto del Rosario, capital de Fuerteventura, una placa luce sobre la fachada del edificio que albergó a Miguel de Unamuno durante su destierro (febrero a julio de 1924) en aquel desierto encapsulado en una isla. La leyenda conmemorativa es espectacular: “Parlamento de Canarias – Homenaje a Fuerteventura/ que supo ser patria/ en el destierro de/ Miguel de Unamuno./ 1985”. No queda claro si el homenaje tiene como sujeto a Fuerteventura en sí, la isla volcánica con sus terrales saharianos, sus playas blancas, sus montañas rojas peladas bajo el sol, los matojos del camino y las cabras que ramonean en los matojos, bichos vivientes que forman parte del paisaje y tienen tanto derecho a ser recordadas por el Parlamento de Canarias como los secanos, los caminos sin asfaltar, el viento que deja las pieles en salmuera y las poderosas olas que han convertido a muchos enclaves del lugar en paraíso de los surferos. No queda claro, decía, digo ahora, si los patres conscriptos del archipiélago pretendían homenajear al accidente geográfico denominado Fuerteventura, a la población insular, a la vivienda donde Unamuno se protegía del sol impenitente de aquellos entornos o al conjunto de todas esas circunstancias. Lo que está claro es a quién no se homenajea: ni a Unamuno ni a los árboles bajo cuya sombra meditaba el insigne escritor-filósofo; aunque este último detalle tiene su explicación, pues hay muy pocos árboles frondosos en Fuerteventura. Concretamente, ninguno.

Yo no sé qué tiene los políticos —me refiero a los políticos de estirpe, los que echan dientes en el partido y se jubilan a cargo del Senado —: en cuanto meten sus manazas en el saco de la cultura, el saco se remueve como si dentro hubiera siete mil bichas con ganas de merendar. Todos los seres humanos nacemos, creo, con un sentido innato que nos hace distinguir lo sublime y lo heroico de lo ridículo y lo hortera. Todos menos ellos, los referidos políticos, una especie extraordinariamente capacitada para reciclar la realidad y convertirla en ideología barata, y destilar sobre la marcha esa misma ideología hasta sacarle los tuétanos y alumbrar acendrados “sentimientos”, persistencias emocionales que nunca llegan al corazón porque se quedan donde les corresponde: el estómago.

Imaginen ustedes que alguien con mando en plaza, en Granada, instase la colocación de una placa en el barranco de Víznar: “Homenaje a Granada, que supo ser sepultura de Federico García Lorca”. La comparación es exagerada, pero la línea argumental de ambos disparates resulta ser idéntica: tomar a la gente por mema, al pueblo por populacho, a los ciudadanos por público embobado ante las ocurrencias de esta ingeniosa troupe. O sea, que a don Miguel lo desterraron a Fuerteventura y el Parlamento autonómico se homenajea a sí mismo, sesenta años después, porque él estuvo allí y los lugareños no lo corrieron a pedradas ni lo echaron al pilón; aunque difícilmente se habría confirmado este último azar, pues en Fuerteventura hay pocas fuentes. En concreto, ninguna.

Unamuno aprovechó aquellos seis meses de destierro para conocer el archipiélago. Saltándose a la bilbaína la orden de reclusión en Fuerteventura, viajó a las demás islas. De Las Palmas dijo que su puerto le recordaba al de Málaga, a saber porqué. De Tenerife le gustaba La Laguna, cuyos aires coloniales y esmerada arquitectura tienen similitud con las viejas ciudades castellanas que siempre lo conmovieron por su austeridad y elegancia. Sobre Fuerteventura escribió poco, y salía menos aún: le molestaba el sol. Lo cierto es que desterrar a un señor nacido en Bilbao a aquellos secarrales cercados por el Atlántico, es una solemne y perfecta maldad. El Parlamento Canario, en su alucinada urgencia por beneficiarse del evento, colocar placas y hacer la rosca al pueblo llano —como si en vez de llano fuese plano —, debería haber pensado con más detenimiento en la estupidez de la inscripción y, en todo caso, homenajear a Unamuno, por su entereza al aguantar tanto tiempo en un sitio tan inhóspito. Ni siquiera se le pasó por la cabeza suicidarse, lo que dice mucho en favor del Bueno casi Mártir.

Aunque, claro: pedir discernimiento a esta peña, los “representantes del pueblo”, es como elevar preces al Altísimo para que en Fuerteventura, aparte de delirantes placas institucionales, aparezcan algún día árboles y fuentes. Para este milagro, nunca es plazo realista. Con los pies en el suelo y el desierto en el alma: nunca siempre es buen momento.

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