Houellebecq, de maldito a maldecido

Decía Óscar Wilde que, para un escritor, la manera más segura de fracasar es obsesionarse por gustar a todo el mundo. Justo lo contrario de lo que lleva haciendo durante bastantes décadas el inclasificable Michel Houellebecq, sin duda el novelista contemporáneo más contestado (a menudo odiado), y el autor francés de mayor éxito en la actualidad. Sus libros se venden por centenares de miles, se traducen a decenas de idiomas y reciben distinciones y premios en muchos países. El último de estos sonados laureles le fue otorgado por su novela El mapa y el territorio, premio Goncourt 2010.

No es simpático, no es ingenioso, no es “buena persona”. Se reconoce a sí mismo bastante limitado para expresarse fuera del ámbito puramente novelístico. No es un hombre ameno ni mucho menos “ejemplar”. A menudo sus puntos de vista resultan fastidiosos, irritantes, provocadores aunque nuestro autor huya casi pudorosamente del calificativo de “enfant terrible”. Ha sido tachado de misógino, machista reincidente, islamófobo e incluso pervertido, sobre todo a raíz de la publicación de su novela Plataforma, en la que grupos integristas del Feminismo Furioso y la Bondad Universal vieron una intolerable apología del turismo sexual, también de la explotación de los parias de la tierra por parte de opulentos europeos aficionados a esta clase de viajes y esparcimientos.

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