El mito de Sísifo

Si Albert Camus no hubiese sido Albert Camus sino, pongamos por caso, Platón o Cicerón, habría comenzado su ensayo El mito de Sísifo aduciendo que "toda vida filosófica es una commentatio mortis", una meditación sobre la muerte. Pero Camus no era Platón ni Cicerón, ni siquiera Santayana, para quien "una buena manera de probar el calibre de una filosofía es preguntar lo que piensa acerca de la muerte". No ni mucho menos. Los existencialistas franceses, aparte de franceses eran estupendos y tenían que sazonar el guiso entre tinieblas con el toque díscolo y glamouroso de su generación. Para el bueno de Albert, "No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio". Dónde va a parar... No es lo mismo morirse en la cama, de un ataque de hemorroides, que poner fin voluntariamente a este valle de lágrimas, saltando desde altas rocas innombrables a las aguas codiciosas del mar de Liguria, que es un lugar con encanto; y a ser posible caer en el país de las sirenas y que te hagan rey.

Aunque al final, da igual. Ni Platón ni Santayana, ni Cicerón ni Camus fueron capaces de decir y esclarecer algo que no supiésemos sobre todo lo que no sabemos, que es justamente todo. Afirmaba Nietzsche que la filosofía es la descripción sistemática de los errores cometidos por el ser humano a la largo de su historia. Yo creo que, por una vez, el atrabiliario inmoralista se quedó corto: lo del ser humano y su empecinamiento en entender y explicar algo sobre sí mismo no es ignorancia sino contumacia, persistencia en el empeño imposible (Camus lo llamaría absurdo) de esclarecer por qué estamos aquí y para qué estamos aquí. La filosofía y la historia de la filosofía son un parloteo, una conversación atropellada entre sabios prudentes y sabios necios que en sus momentos de lucidez máxima ha alcanzado (algo es algo), la conclusión socrática: sabemos que no sabemos nada.

Luego están los científicos. Esos sí saben mucho sobre muchísimas materias. Son capaces, incluso, de describir el penúltimo detalle del funcionamiento del universo. Explicar el meollo del tinglado ya es otra cuestión. Se les escapa porque ni siquiera se lo plantean, naturalmente, pues la ciencia no está concebida para decirnos por qué son las cosas sino cómo son. Lo cual no trae mucho consuelo a los mortales, pero menos da una piedra. ¿Que no? Pregunten a Sísifo si sí o si no, que de piedras sabía más que nadie.




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