Razón de más

Inmanuel Kant nació en Königsberg (1724), murió en Königsberg (1804) y no salió de Königsberg en todos los años de su existencia. La gente ponía los relojes en hora cuando lo veía pasar por la plaza del ayuntamiento, en su diario paseo camino de la iglesia. Instaló en su domicilio un hilo de Ariadna que le permitía desplazarse por la noche sin necesidad de encender velas. Lo cual nos indica que además de aficionado al bricolage era un tipo ahorrativo, tal vez tacaño. Pietista de devoción y racionalista de convicción, su vida es un retrato de cámara fija, de una quietud mauseólica, como una reivindicación de la venerable ataraxia grecolatina y una premonición del fare niente budista-nirvánico que pondrían de moda los hippies y los santones hindúes dos siglos después de su paso por este mundo.

Quedar sujeto y echar raíces en la vida (no en la tierra), es muy propio de los místicos, los santos y los filósofos. "Dios no se muda", decía teresa de Ávila. Descartes, que no fue santo sino óptico, concibió su Discurso acurrucado ante una estufa, pasando tan ricamente un invierno muy tranquilo. Lo cuenta como quien narra una hazaña: "... no teniendo tampoco, por fortuna, cuidados ni pasiones que perturbaran mi ánimo, permanecía el día entero solo y encerrado junto a una estufa, con toda la tranquilidad necesaria para entregarme a mis pensamientos.". Hay en esta estirpe ultramundana de santos, místicos y filósofos una voluntad de huida, puede que de renuncia a cualquier estímulo excesivo que los distraiga del magma productivo, avasallador, de sus pensamientos. Teresa de Ávila fue un genio, la ensayista más brillante del siglo XVI, en España y fuera de España. Si Erasmo de Rotterdam y Montaigne hubiesen tenido la mitad de maestría con el idioma que la monja descalza, Europa habría sido Europa antes de que Europa enloqueciera y se destrozara a sí misma en dos guerras mundiales.

Teresa fue una genio y Kant el último gran filósofo de la era moderna; y Descartes descubrió que para dirigir rectamente la razón y hallar la verdad en las ciencias es necesario resolver primero la paradoja del ser y el conocimiento. Lo consiguió al encerrarse en el rincón más callado de su subjetividad, mediante el sofisma más ingenioso que recuerdan los siglos. Aunque lo de "sofisma" es otra historia...

Genios en sosiego, vidas en calma, Dios entre los cacharros de cocina, "nada te turbe, nada te espante". Es posible (sólo posible), que para aprender a conocer sea antes necesario aprender a no hacer nada. Ya lo dijo quien lo dijo, asombrado durante una visita al cementerio: "¡Qué gran misterio es la vida, hoy somos personas y mañana estatuas!". Pues es posible (sólo posible), que todos los núcleos de todo el conocimiento humano se encuentren volcánicos y mudos en el alma mineral de nuestra virtud estatuaria. Quietos.

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