Trilogía de la Transición

Entre 2011 y 2012 leí las dos últimas entregas de esta Trilogía de la Transición, conviene a saber: Vida Nueva y Ronda de Madrid, publicadas por la entonces activa y ejemplar editorial Paréntesis, ya desparecida por uno de esos infortunios (tantos y tantos) como han caído sobre el sector en las dos últimas décadas: un grupo editor más potente compró la empresa y nunca más se supo de la colección de narrativa (clásicos y contemporáneos), que con tanto esmero y profesionalidad, y acierto, había afianzado Antonio Rivero Taravillo a lo largo de unos cuantos años de paciente labor. Lo habitual, casi lo previsible. En fin, tampoco hay que lamentar lo perdido en el tiempo, y en este caso menos todavía porque la obra de Benítez Ariza vuelve a las librerías, reunida en una sola entrega gracias a la editorial Dalya, que ha tenido el acierto de apostar de nuevo por este compendio literario que representa, desde mi humilde punto de vista, uno de los esfuerzos más destacables por recrear aquellos años ya lejanos (siempre apasionantes) que median entre la muerte de Franco y la "normalización" (con muchas comillas) de la sociedad española en lo que supuso el "despertar", también con muchas comillas, de los 80, tanto en la esfera de lo ético y lo político como en el ámbito de lo cultural. No fue un paraíso pero, sin duda, fue mejor que lo anterior.

Por haber, ha habido y supongo que seguirá habiendo mucha literatura relativa a la época. La nostalgia resulta una fuerza insuperable cuando se une a la épica que cada individuo traza sobre su propia experiencia vital. Quienes vivieron (vivimos) bajo el franquismo, aunque fuésemos gente muy, muy joven, niños y dolescentes, tienden a recrear aquella época al tiempo que se recrean a sí mismos desde una perspectiva, digamos, idealizada. El éxito televisivo de una serie tan tramposa como "Cuéntame cómo paso" (para muchos: "Miénteme"), lo famosa que se ha hecho la familia Alcántara, con todos sus líos folletinescos, y la cantidad de secuelas documentales, dramatizadas o no, del género, dan una idea de lo popular que resulta y del conjeturable éxito de toda creación más o menos literaturizada sobre aquella época. Por fortuna para el lector, Manuel Benítez Ariza, en su Trilogía de la Transición, rehuye esa perspectiva "divulgativa" y popular para centrar su oficio y su maña como narrador en lo más importante, seguramente lo único importante: hacer literatura. Como decía: muy de agradecer.

(Excurso - Confesión inconfesable: es la primera vez que reseño un libro sin haber acabado de leerlo, aunque la razón no es tan canalla como parece.Tanto Vida Nueva como Ronda de Madrid son lecturas de hace años, en su día comentadas (con gratitud compruebo que en la edición de Dalya se incluye un breve comentario mío sobre Vida Nueva). Mi interés de hoy, grande por cierto, estaba en la primera de las novelas que componen esta obra monumental: Vacaciones de Invierno. Un logro que no me resisto a glosar antes de continuar con la lectura de la trilogía completa. Voy a ello. Fin del excurso.).

Vacaciones de invierno se corresponde con la etapa de última infancia del narrador, Juanma, quien a la largo de la trilogía recorrerá el tiempo y el manifestado social, el "nosotros" de la época, y a través del cual nos va a llegar el retrato del personaje y el mapa general de aquel período histórico. El primer acierto de Benítez Ariza es, precisamente, eludir el subrayado histórico para penetrar con el bisturí de la memoria en la conciencia de un niño-grande, recién espabilado hacia la vida y su significado, lo que a menudo supone un misterio y, en ocasiones, una aventura. El escenario que propone el autor es tremendamente exigente para consigo: el hospital en el que Juanma está ingresado para ser sometido a una operación de mandíbula, obligada tras sufrir un accidente. He aquí que, por tanto, el narrador acepta el reto de exponer e interpretar ese desvelamiento incipiente a la vida en plena conciencia (la vida adulta), por medio de los signos difusos y los símbolos velados que traslucen en una experiencia tan mediatizada por las circunstancias. Aquí Benitez Ariza no tiene otro remedio que acudir al reto literario que supone el difuminado de los hechos, en una atmósfera cerrada, ante la capacidad de comprensión de un jovenzuelo apenas "desvelado" para entender qué está sucediendo a su alrededor.

Eso es un compromiso de primer orden. Un autor que no esté muy seguro de su capacidad y que no posea la ambición necesaria habría hecho bien en no aceptarlo. Pero nuestro autor es dueño de ambas virtudes: capacidad y ambición literaria. El lector ya sabe a qué atenerse. Los asiduos de este blog ya saben a qué me refiero.

Son las cosas las que hablan y las que saben. Es el mundo (ajeno, extraño casi siempre, desvaído y sin embargo decisivo), el que sabe y habla. La realidad va sucediendo ante la mirada curiosa, inquisitiva de Juanma, para ser de inmediato interpretada conforme a su aún parco discernimiento: el ambiente del hospital, la relación de sus padres con los médicos, el ir y venir de enfermeras y auxiliares, los preparativos de la operación, las "escapadas nocturnas" del paciente, las conversaciones con los familiares, los amigos que visitan al enfermo... Todo ello genera un bosque de símbolos que han de pasar, necesariamente, por el filtro del conocimiento para convertirse en lento aprendizaje. Es conmovedor comprobar cómo mientras la novela fluye en la descripción de hechos casi siempre inanes (en apariencia), esos mismos acontecimientos van forjando el despertar de la conciencia del narrador, en un gota a gota como de honda caverna poblada de estalactitas, las cuales van erigiéndose con una lentitud firme, al ritmo de las leyes arcanas de la naturaleza. Aunque no hablamos ahora de la naturaleza de las cosas, sino de la naturaleza de las personas. Ese discurso "en voz baja", asombrado, voluntarioso de Juanma oteador del mundo desde la cama del hospital, me ha recordado en lo formal (no en la intención ni en el argumento, desde luego), a otra inmensa novela de un autor que sospecho está en las antípodas vitales de Benítez Ariza; me refiero a "La senda del perdedor" de Bukowski. En ambas obras encontramos el esfuerzo humano (y en consecuencia el alarde literario), de narrar y explicar la absoluta complejidad del mundo adulto desde la voz de un niño que cuenta apenas con las herramientas más básica de lenguaje y comprensión para adentrarse en el laberinto.

Eso es ambición literaria (creo que ya lo dije antes). A eso llamo ambición (como acabo de escribir hace diez palabras.

El resultado: una obra intimista y abierta, claustrofóbica y luminosa, llevada con pulso seguro a través de una escritura sorprendente. Leer Vacaciones de invierno es entrar en una dimensión en la que, por propia experiencia, sabe el lector que muy pocos han transitado. Quizás, La biblia de neón, de John Kennedy Toole; quizás, Solenoide, de Cartarescu. No estoy comparando, cada novela es para sí misma el único referente, y cada autor se sabe más solo en su dedicación que el 29 de febrero . Intento establecer una semejanza de "rumbo", un trazado de línea, de "género" por así llamarlo, aunque esté así mal llamado. Como fuere, estamos ante una de esas raras (valiosas) novelas en las que el pensamiento y el lenguaje precisan de la realidad para construirse como una alternativa válida para la explicación del mundo. Lo normal y corriente es proceder al revés: que lo fáctico determine a priori el lenguaje (el estilo, la voz narradora). Edificar el pensamiento para acudir a la realidad manifestada, sólo está al alcance de los niños (por obligación), y de autores tan, pero tan arriesgados como Benítez Ariza (por convicción).

Una lectura para aprender de nuevo lo que significa leer, algo que equivale más o menos a aprender a pensar.


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