El futuro ya no es lo que era

Leyendo al poeta y escritor leonés Antonio Manilla, he llegado a la conclusión, una vez más, de que la única profesión que tiene sólido futuro es el comercio de libros usados. Las librerías de viejo dejarán de ser cementerios de papel para convertirse en inmensas plantas de reciclaje de la vida, aquellas desproporcionadas cantidades de libros que compramos con desproporcionada ilusión y donde vertíamos el temblor incierto de quien se dispone a investigar sobre sí mismo, sus dulces esperanzas y entrañables posibilidades sublimadas en la promesa de un futuro que para casi todos era una utopía.

Alguna gente creía con firmeza en un futuro de paz, solidaridad, gozo humano e igualdad, una especie de Cuba castrista arreglada, duchada y sin los Castro jodiendo el invento. Otros soñaban con un futuro tecnológico, silencioso, con vehículos evanescentes surcando puros cielos y gente impávida como nirvanática, en perpetua atención a la lógica consciente, cual máquinas de ser felices no contaminantes. Para otros de más allá, incluso, el futuro supondría ante todo una epifanía mística, la revelación del sentido del ser y la fusión de lo humano con la sabiduría cósmica; el fin de la escisión entre materia e inteligencia. Particularmente, estos últimos me resultaban simpáticos porque en ese futuro chill out de amaneceres a la orilla del mar y ropa ibicenca, la principal de las virtudes parecía ser la pereza, que es mi pecado preferido. En fin.

El futuro es lo que es, ciertamente; lo que nunca debería haber sido: multitudes planetarias en plena euforia de malestar y toneladas, millones de toneladas de libros almacenadas en millones de hogares, esperando que el moho del tiempo acabe de amarillearlos y llegue la época de la Gran Cosecha. Andan los científicos empeñados en cómo refundar las fuentes de energía, el diésel y toda esa ciénaga del combustible fósil que mueve los engranajes mecánicos del mundo, pero ninguno se preocupa de lo que va a suceder con los veneros fundamentales que han abastecido y movilizado el pensamiento, han generado civilizaciones y nos han hecho confiar (tal vez creer) en ideas e ideales, convicciones y utopías, también en los infiernos que nuestra estirpe ha sido capaz de imaginar y poner en práctica durante los últimos dos mil años. Los libros, de momento, no tienen quien les imagine un futuro en certidumbre.

Al final, como siempre, funestamente será "la lógica del mercado" la que imponga su criterio. Lo inevitable siempre nos parece antipático (porque lo es), pero también posee la tiránica belleza del fatum. Las librerías de viejo son como los amores de Tristán e Isolda, como la muerte de Arturo y el hallazgo de las ruinas de Troya. Son la Itaca a la que nunca quisiéramos llegar. El Destino. No hay nada mejor, naturalmente. Ni peor.

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