La Dama de Rubens

La protagonista de La Dama de Rubens no tiene nombre, y ese es un buen planteamiento de principio para la novela, una declaración de pacto soterrado entre la autora, Cristina Pérez Valverde, y el lector: la novela va a transcurrir, a lo largo de más de 400 páginas, por un territorio inexplorado (o mejor dicho, sepultado en el tiempo y el olvido) que es necesario ir reconstruyendo para dar sentido a los hechos y personajes del presente; y desde luego: para descifrar la identidad real de la protagonista, su razón de estar en el mundo, al tiempo que se desvelan los demás enigmas de esta historia. Desde ese punto de arranque, nada que objetar; bien al contrario: un hallazgo.

En 1625, Rubens firmó un cuadro poco conocido aunque evocador y lleno de misterio: Dama de Honor de la Infanta Isabel. En torno a esta obra y su cabal relevancia en la actualidad se articulará el entramado de la novela. El lienzo se encuentra en el Museo Hermitage de San Petersburgo. En el museo Albertina de Viena hay un dibujo de Rubens en el que puede apreciarse la imagen de una niña muy parecida a la dama del Hermitage. Es como si la niña del boceto se hubiera hecho mujer. Pero ambas obras están fechadas en la misma época. No puede tratarse de la misma persona. En ninguno de los cuadros se menciona el nombre de la modelo (como no se menciona el nombre de la protagonista de la novela, pero sí se señala su parecido con la dama del cuadro; seguimos avanzando). El porqué de este silencio y la necesidad de descifrar lo que hay más allá de la apariencia-representación del arte, es la materia literaria de La Dama de Rubens.

Hay otro recurso narrativo que me ha llamado la atención, por lo arriesgado y por lo que implica de confianza en sí misma de la autora a la hora de encarar el desarrollo de la novela: el uso del tiempo presente y la tercera persona omnisciente para dirigir la acción, aunque siempre en "plano fijo" sobre la protagonista. Toda la novela se extiende, por tanto, como una larguísima secuencia con la protagonista como personaje que ocupa el centro de la escena. Esta decisión implica un riesgo, como dije, y la aceptación del mismo. Desarrollar subtramas en torno a personajes secundarios parece algo fundamental para esta historia, mas la permanente presencia de la voz narradora en torno a la protagonista no favorece este propósito. Cristina Pérez Valverde solventa la dificultad con solvencia en aquellos casos en que se presenta como tal. La voz narradora, como conciencia “filtrada” de uno de los personajes, no lo alcanza todo, pero sí llega a lo suficiente de la historia para que no se echen de menos situaciones referidas, no descritas en la inmediatez de la experiencia. Esto último, además, otorga profundidad en la contemplación del crecimiento del personaje principal. En este caso, vale aquello de “vaya lo uno por lo otro”.

Por lo demás, el ejercicio de Cristina Pérez Valverde es notable. Acepta una historia compleja, difícil, y se atreve con ella hasta sacarla adelante. Hay una nómina de personajes en verdad curiosos, interesantes e incluso, a tramos pintorescos; todos ellos vinculados de una manera u otra al médico César Almau, trasunto histórico de un intelectual próximo a la generación del 27, hombre ilustrado y de vocación humanística (como tantos médicos de la época): Su hermano Eudaldo Almau, obsesionado con la historia de la Dama de Rubens (también con la joven Clara Serena, enterrada en umbroso y secreto jardín que es una metáfora delicada sobre la potestad de la memoria ante la negrura del olvido); igualmente, Eudaldo es redactor de una profusa historia sobre el existir de Clara Serena, vigilante trémulo de los pasos de la protagonista (conjeturable “punto de convergencia” de la conciencia narradora); observador desde la oscura inmensidad del tiempo de la forma de estar en el mundo, como seres humanos y como símbolos, de una familia y los ideales asumidos por su estirpe, como una razón de pertenencia, como, dijéramos, el ADN de los Dalmau.

En la misma línea, aunque mucho más cercano, de una cotidianeidad enternecedora, aparece Nicolás Almau, hijo del médico humanista, artista, pintor de relativa fortuna que nos hace pensar en algunas de esas familias granadinas (ojo, aparece "lo granadino", agárrense), ancladas a una tenaz gloriosa decadencia y significadas por su amor a las artes plásticas y su espíritu neblinoso, tan en concordancia con el latido hondo de la tierra. La novela se puebla de estos personajes poderosos y huidizos, entrevistos en el celaje de la historia hasta que hacen su aparición, plantean su razón para estar y su tramado real con la lógica del destino y, de tal forma, alcanzan su pleno sentido: Pepe, el discípulo de Dalmau; Alex, destino sentimental de la protagonista; Isabel Clara Eugenia, Esperancita... "Los hombres de esta familia son muy raros, unos solterones empedernidos, siempre escondidos en sus guaridas", se afirma de los Dalmau en un momento especialmente inspirado de la novela. Cierto: el poso de La Dama de Rubens es una sensación de tránsito en un territorio brumoso, de antiguos oscuros caserones (granadinos), jardines cerrados para muchos y vetustas habitaciones llenas de recuerdos como los baudelerianos "símbolos" correspondientes con la luz de la vida y el velo de la razón y la memoria.

Sobre este mundo un tanto claustrofóbico, de viejas alquimias y vetustas logias masónicas, ilustración y esoterismo, colores radiantes como las pinturas de Rubens y oscuridades opresivas como la muerte, se alza (y este es el avance principal, el sentido último de la novela), la voluntad de una mujer por desentrañar el sentido y la lógica de todas aquellas señales y, por tanto, hallar el sentido de sí misma. El arte no representa las cosas, sino la esencia de las cosas. El gran reto de Cristina Pérez Valverde en su La Dama de Rubens ha sido el de afrontar, con todos los medios literarios a su alcance, el más allá de las cosas en el sendero del arte para encontrar un rastro fiable de la esencia de la vida. Huelga decir que el significado final de todo, de la vida y el arte, de las cosas y la esencia de las cosas (aunque la protagonista no tenga nombre), sigue teniendo el nombre de siempre: eterno femenino.

Si pueden, háganse con La Dama de Rubens. No se van a arrepentir.

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