Viaje a Canarias y el resto de la Península - Wenceslao Carlos Lozano

Así, nada menos, se titula lo último de José Vicente Pascual, una suerte de crónica de estos quince años de ausencia de esta su tierra. Autor de una veintena de novelas de notable aceptación (premios Azorín, Café Gijón, Alfonso XIII, Hislibris de Literatura Histórica, Hispania de Novela Histórica, Alfons el Magnánim, entre otros), de una buena tanda de relatos y narraciones cortas, y de una ingente y polémica obra periodística en distintos medios impresos y digitales, hoy regresa por estos lares (Ed. Alhulia, Salobreña 2018) con estas páginas comedidamente intimistas.

Desde los primeros 70 y sus casi dos metros de estatura físico-literaria, Josevi ha sido siempre para mí una personalidad ineludible dentro de esa ―a la postre entrañable― fauna progresista estudiantil de feraz y feroz creatividad que piafaba tascando el freno ante la ansiada arremetida final contra el ideario de mamporro y taparrabo imperante. Considerando la forma en que se tomó la vida y las cosas desde entonces, lo tengo por un superviviente, un miraculé, como dicen los franceses.

Al hilo de sus desplazamientos geográficos con Sonia, la mujer a la que lleva acompañando estos años en sus destinos como personal de aviación civil (Barcelona, Mallorca, Sevilla, La Coruña, incluyendo destinos repetidos en poblaciones circundantes, hasta su actual residencia en Tenerife desde 2014), el autor se mantiene en su consabida campechanía y mordacidad crítica, nunca falto de jocosas anécdotas evaluativas de esa estulticia tan connatural a lo humano que antes se presta al choteo que al cabreo.

Más allá del anecdotario autobiográfico, este libro ratifica al escritor de fuste que siempre ha sido. Entre no pocas digresiones de calado, retengo aquí el comentario de que, con el tiempo, «todo regresa, todo adquiere un sentido y un alcance que transciende a la simple observación original.» O aquel otro de que «nunca es tarde para acabar de comprender que nuestro lugar en este mundo está justo donde nos llevan los pies. O los aviones. O el corazón. Nunca es tarde para darnos cuenta de que los lugares pasan, como pasa el tiempo. Lo único que permanece somos nosotros y los afectos que deseamos para siempre.» También nos reencontramos con el Josevi más amigable: léaselo calificando al áureo Antonio Enrique de «tan cuerdo de atar como cualquiera» y, algo más allá, de «poliédrico y exactamente genial»; un par de apreciaciones cuya impecable justeza no puede uno por menos de recoger en estas líneas.

Bien mirado, ciento cuarenta y cinco páginas apenas dan para el relato de una quincena de años de vida de nadie, y menos de alguien como nuestro amigo. Lo más relevante aquí es, a mi entender, cierta intención testimonial, un guiño a gente a quien aprecia y, en algunos casos, lleva años sin apenas saber de ella. Quizás el hecho de haber publicado el libro en la colección Mirto Academia, que edita la Academia de Buenas Letras de Granada, tenga algo que ver con ello.

Los lectores de Ideal que, entre 1997 y 2008, siguieron sus cáusticas críticas de la realidad social, política y cultural granadina y española, también apreciarán sin duda reencontrarse con este atípico personaje desde una óptica bien distinta y más amable: ahora, con una información de primera mano sobre las actuales andanzas de quien supo con tanto atino mudar de todo lo menester en vida y costumbres antes de hacerlo de lugar. Y esto último, tan flamencamente como volando yendo y volando viniendo; eso sí, con los pies en el suelo.

©Wenceslao Carlos Lozano

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