Descreencias

El cunqueiriano apóstol Pontes de Meirado no creía en las antípodas, por prueba rufutatoria que denominaba "el desliz": si dos personas, una en el polo norte y otra en el polo sur, se deslizasen con las plantas de los pies hacia delante, llegarían a juntarse dedo gordo derecho con dedo gordo izquierdo; mas nunca se dio tal caso ni es razonable pensar que alguien pueda deslizarse hacia arriba, desde la australasia a Dinamarca. Hay que mirarlo despacio.

Miguel Mihura, en Ninette y un señor de Murcia, edificó un personaje extraordinario, monsieur Pierre, anarquista español exiliado en París que negaba la consistencia ontológica del dinero. Argumentaba: "Usted tiene un billete de mil pesetas, donde pone bien claro: El Banco de España pagará al portador 1000 pesetas. Y va al Banco de España con el papelito y, ¿qué le dan? ¡Nada! Nada de nada, hombre. El dinero es un engañabobos. ¡Puro camelo!"

Hay descreencias inofensivas como la de Pontes Meirado y otras que tornan inviables de puro subversivas, como la de monsieur Pierre. Y las hay con cierto recorrido en la vida de diario, tal la de mi amigo Esteban, transportista de muebles que impugna el idioma francés, aduciendo que es engañifa de principio a fin. Una legua inventada. Pues insiste: "Miras en el Duolingo cualquier palabra y luego vienes a París y ni se han enterado... Por ejemplo: ascensor, que en propio de De Gaulle se diría elévateur... Pues no señor, ellos dicen ascenseur; y extintor, extinteur; y refrigerador, réfrigérateur; y ordenador, ordenateur. Y taverne y croissant. ¡Venga ya! ¡Todo inventado! ¡Una excusa para no hablar español como Dios manda!".

No he imaginado siquiera la posibilidad de discutir con Esteban asunto tan delicado como la evolución de las lenguas romance, entre otros motivos porque las mudanzas de poco volumen y largo recorrido lo tienen demasiado absorto para (re)plantearse nada más. Además, su convicción le resulta muy práctica y satisfactoria y no es cuestión de aguarle la fiesta. Está convencido de que los franceses son españoles camuflados al otro lado de los Pirineos, gente que tuvo que huir de la península por causas muy tristes, seguramente trágicas, refugiados ipso facto en una jerga artificial y una cultura forzosamente impostada; les tiene compasión y bastante simpatía. Se dirige a los franceses en su español de Zamora tan natural (eso sí, hablado despacito, para darles tiempo a recuperar el oído); les sonríe y se muestra paternal, como perdonándoles la travesura. Si alguno insiste en que no entiende palabra, ríe aún con más ganas: "Si, compadre, sí... Lo que tú digas". Y así ha forjado, a lo largo de dos décadas de portear cachivaches a París, una amistad espléndida con esta ciudad.

"Una vez fui al teatro en el Palais Royal", me cuenta. "Una obra divertidísima de Molière. Me reí todo el rato. ¡Cómo se nota el humor español! El señor Molière, que en paz descanse, merecía ser de Zamora, como yo".

Yo creo que en el fondo está convencido: de Zamora o, por lo lejos, Salamanca.






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