Trocadero de domingo

Alguien que sabía lo que decía, decía que el turismo es una industria consistente en transportar masas de personas que estarían mejor en sus casas a lugares que estarían mejor sin ellas. "Sé siempre el hombre que lleva consigo su recompensa", nos advierte el Libro del Apocalipsis. Son asertos un poco drásticos pero del todo genuinos (y muy sinceros, no cabe duda: si la sinceridad fuese un valor real añadido a la verdad, no habría debate... Ningún debate). Desde cierto punto de vista, no imagino escenario más desalentador que una tarde de domingo en Trocadero, abriéndome paso entre miles de turistas asiáticos que están en París y no ven nada de París porque todo lo observan a través de las pantallas de sus móviles, que están ante la tour Eiffel y sólo se maravillan de sus rostros enmarcados en el selfie que inmortalizará aquellas horas gloriosas, cuando fueron a París y visitaron todos y cada uno de los lugares míticos de la ciudad y se encontraron, para mayor goce y su pequeño orgullo de trotamundos de pega, con lo que siempre les acompaña a todas partes: la misma gueule y la alegría ignorante de quienes nunca se preocupan de meter en el equipaje su recompensa, porque no tienen idea de cuál pudiera ser (la recompensa).

Qué hacía yo en Trocadero un domingo por la tarde es asunto que tiene que ver con una comida entre amigos, una larga caminata desde la Place des Pyramides, una foto obligatoria y un beso de Sonia. No estuvo mal como parte no pequeña, tampoco única, de la recompensa.

No nos hicimos selfies. Ni falta que hizo.

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