Amanecer

El amanecer está sobrevalorado. Lo digo con conocimiento de causa porque he visto amanecer muchísimas veces y no necesariamente por costumbre de madrugar. La luz del nuevo día nunca trajo nada nuevo, que se sepa, porque nunca hay nada nuevo bajo el sol. Sin duda prefiero la atardecida, las primeras sombras de una noche que augura por lo menos hondas horas de sueño "reparador"; o una buena farra en compañía de gente agradable, bien vestida y bien bebida. La noche es democrática por naturaleza, propiedad común de los mortales que aspiran al descanso o la diversión. El amanecer, siento decirlo, es territorio de los estragados por la resaca, los optimistas insensatos, los currantes cabreados porque quisieran seguir en la cama y los poetas cursis. Aunque tampoco hay que analizar tanto, como dijo mi amigo de red social Francisco Jiménez: "Las cinco de la mañana es una hora estupenda para volver a acostarse".

En los últimos tiempos, por circunstancias de la vida, de Sonia y de París, veo amanecer con frecuencia. Como dicen por aquí: "Malgré ma volonté". Les aseguro que después de tantos años entrenándome en la dispersión horaria, sigo sin encontrarle la gracia: el que ha gozado la noche va al destierro, y el que acude al nuevo día va como al patíbulo de las horas. De tal manera, mi única redención en estos casos, ya digo que frecuentes, es aplicar el consejo de Francisco. El amanecer como la ensalada y la mujer casada: dos vistazos y a otra cosa. Es decir: a la cama.


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