Tarde o temprano, siempre llueve

El tremendo calor de los pasados días en París (histórico, dicen los que saben: sin registros anteriores sobre números tan pimpantes en el termómetro); ese calor, decía, dispersó a los turistas como mano de santo colérico, cansado y puede que indignado por tanta y tan masiva profanación de una ciudad que nació para ser bella y no puta, lugar de encuentro de gente luminosa y no parque temático para hordas de semizombis que patean sus calles como si pisaran una alfombra de huesos. El calor fue terrible como la ira divina. El calor fue bendito.

Después llegó la lluvia. La segunda plaga anti turistas.

Ateridos con su ropilla de verano, empapados bajo el estrepitoso chaparrón (¿quién piensa en echar paraguas al equipaje a finales de julio, quién es capaz de comprar uno cuando se han agotado en todos los establecimientos, en media hora?), bajo un frío súbito como el final alarmado de una pesadilla, el turisteo sigue refugiado en sus hoteles, sus by&by o donde quiera que tengan sus guaridas de invierno. París vuelve a parecerse a París. Y un servidor, también empapado, con las manos en los bolsillos, feliz bajo la lluvia.

Como dicen en el Distrito XVIII: "A joderse un rato". Volverán porque siempre vuelven como siempre llueve, pero, de momento, este golazo por la escuadra lo celebramos haciendo la ola (de calor y de frío y de lluvia; de lo que haga falta).

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