Últimas Lecturas

Últimas lecturas no significa "todas las lecturas", ni las más urgentes, necesarias por obligación, o llevadas al almacén de las neuronas por curiosidad profesional o pálpito y pesquisa de lector. En Últimas lecturas caben sólo las que me han hecho disfrutar o me han dejado sentado, recapacitando. Son una confidencia a quien pase por aquí. Únicamente eso: un reconocerse lo que debe ser reconocido. Ni siquiera son una sugerencia para otros, por dos motivos: porque no soy yo quién para recomendar nada a nadie y porque, vaya usted a saber, a lo mejor mi receta no es del gusto de otros.

Bueno, al grano:

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Septimio de Ilíberis

Jorge Fernández Bustos











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Peña Amaya, de Pedro Santamaría

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Canta irlandaViaje a la isla esmeralda

Javier Reverte


Todos los libros de viajes suelen incorporar cuadernillos de fotografías que ilustran las andanzas del escritor por los territorios descubiertos y relatados. Es el caso de Canta Irlanda, del veterano periodista y novelista Javier Reverte. Lo que llama la atención de estas fotografías sobre su aventura irlandesa es que casi todas ellas son retratos de escritores. Encontramos a Jonathan Swift, Óscar Wilde, W.B. Yeats (premio Nobel en 1923), Maud Gonne, John Millington Synge, George Bernard Shaw (premio Nobel en 1925), James Joyce, Oliver St. John Gogarty, Samuel Beckett (premio Nobel en 1969), el alemán Einrich Böll, autor del celebérrimo "Diario Irlandés" (premio Nobel en 1972), Patrick Kavanagh, Brendan Beah (quien no fue un escritor con problemas de alcoholismo, como la gente pensaba, sino "un alcohólico con problemas de escritura", tal como se definió), y Seamus Heaney, premio Nobel en 1995. Las demás fotografías corresponden a patriotas vinculados al levantamiento de Pascua en 1916. El único paisaje fotografiado es el puente de "Blanca Mañana", ante la casa de Sean Thornton en Innisfree, un pueblo inexistente (en realidad Innisfree es Cong, en el condado de Mayo), inmortalizado por el genio de John Ford, sobre un relato de Maurice Walsh, en la película por antonomasia: The Quiet Man.

Irlanda es así, y Javier Reverte ha tenido la suficiente sensibilidad, acaso agudeza, para darse cuenta: Irlanda es ante todo un paisaje humano. Uno contempla los rostros de esos escritores que junto a los patriotas de la guerra contra Inglaterra forman el auténtico santoral del país más católico del mundo, y distingue esos aires tremendos como sencillos de altivez e incertidumbre, de orgullo y derrota, lucidez y delirio. La pasión por la vida y la necesidad histórica de sostener esa avidez en plena lucha es un destino que se diría necesario a los irlandeses; inevitable y al mismo tiempo consustancial a su manera de estar en el mundo. El irlandés celta bravucón y fatalmente cargado de melancolía, enternecido por las canciones de su tierra (la otra gran pasión en aquellos confines), beodo y firme "como un poste del telégrafo" (Joyce dixit) en sus afectos familiares y la amistad con sus veccinos, enemigo declarado de Inglaterra y de todo lo inglés (uno de los pubs más célebres de la isla se llama "La Armada", en homenaje a los españoles que acudieron con la Felicísima Armada de Felipe II y mal la tuvieron "contra los elementos"); ese irlandés que propone el suicidio falso como remedio a las deudas contraídas en práctica del deporte nacional, que es apostar (de hecho, Irlanda es el país con menor índice de suicidios de UE), o que define a un gay como "un tipo que prefiere estar con las mujeres antes que en el pub con los amigos, bebiendo whisky"... Ese irlandés todavía existe, si tomamos más o menos al pie de la letra las instrucciones de uso de este libro. Vive en las tabernas de Dublin, en los apartados villorrios costeros y ásperas ciudades del interior, respira el espíritu del lugar y exhala tradición y caos, la fuerza dominada por la emoción y el arrebato incontenible de la belleza cuando se detiene a escuchar una canción o un hermoso poema del autor nacional incuestionable, el gran Yeats.

Imaginen que en España se tuviese por patrón al inventor de la cerveza (mejor la habría ido a Santiago), como en Irlanda se venera a San Patricio, primer fabricante de whisky según la leyenda. Imaginen que el club de fútbol Real Madrid se denominase "Quevedo CF", y el Barça, por ejemplo, "Racing Salvador Spriu", igual que en Irlanda se llama "Yeats United Football Club" el equipo de Rosses Point, ciudad donde el poeta vivió largas temporadas en compañía de su familia. Imaginen que en nuestro país una voz de tenor o mezzosoprano, entonando letras populares escritas por algún premio Nobel, valiese más, infinitamente más que todo el griterío tertuliano y el cotilleo pringoso de nuestras televisiones públicas y privadas. Entonces España se parecería a Irlanda en lo esencial. En las formas, no lo niego, hay rasgos bastante comunes entre ambas civilizaciones, dos sobre todo: el orgullo más encendido cuanto más derrotado como atributo del espíritu, y la patata como elemento fundamental de nuestra dieta.

Delicioso, sencillo en su exposición y muy inteligentemente urdido en sus intenciones de calado, el libro de Reverte sobre Irlanda es lo mejorcito que, de momento, me he echado a la vista este verano.






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Las señoras de Paraná

Manuel Villar Raso.


Los universales son femeninos. La existencia y la realidad, la pasión y la verdad. La vida. La libertad y la muerte. La vida otra vez. O sea, que esto es una manera estupenda de empezar un post sobre una novela concebida en cada una de sus páginas, personajes, situaciones, argumento y su alfa y su omega en torno al universal de los universales: el eterno femenino. Gabriela Oliveira está dispuesta a "fundar ella sola un país". Este propósito, literariamente expresado, entona muy bien con lo más sabroso del realismo mágico y su discurso novelístico, pero se queda corto ante la realidad-real. El femenino, que es el único género posible y en verdad existente, se encuentra en el origen no de un país, sino de TODO. No hay creación del mundo, ni humanidad, ni paraíso ni distopía sin un origen enraizado al sentido-hembra del ser. La violencia (la otra gran razón de la voluntad en la historia), llega después. Masculina como sujeto agente. Pero antes de alzar la quijada de asno contra el prójimo, necesitamos una Eva que traiga al mundo a los contendientes. Sin Eva no hay Caín ni Abel. Ni Adán. Adán sin Eva es un berzotas alelado en el narcótico de la ignorancia original. La humanidad como atributo, virtud y pecado, es ella. La-Humanidad. Femenino.

Manuel Villar Raso no es femenino. De hecho (con perdón por el anglicismo), es uno de los escritores menos femeninos que conozco. La gente de Ólvega (Soria, su pueblo natal, allá por 1936), suele ser rotunda y de suyo tradicional en estos asuntos. Sin embargo, la desfeminización personal se invierte en progresión geométrica en sus novelas. He leído a pocos autores que sean tan sutiles, tan bisturí sin anestesia, precisos y tan elegantes a la hora de recrear el mundo de las mujeres y las sociedades donde ellas se instituyen como causa y efecto, encienden la primera hoguera en el primer hogar y entierran al último de la estirpe, de la tribu, del país y del imperio. Ya lo hizo con "La Pastora...", "La larga noche de Ángela", "La mujer de Burkina", "Desnuda en lo real"... Y vuelve a demostrar en Las señoras de Paraná que el ámbito natural de casi toda su producción literaria se encuentra siempre, pero siempre, cercano al latido del corazón y el pulso inacabable del alma de las mujeres. O "de la mujer"; para el caso, el concepto viene a ser el mismo.

En Las señoras de Paraná, cuatro mujeres relatan y entremezclan sus vidas en una auténtica vorágine de efectos argumentales, situaciones dramáticas, sentimientos, pasiones, traiciones, esperanzas y desengaños. Gabriela, primera de ellas, hija del atrabiliario y un poco desaforado Pedro de Oliveira, aparte de la primera es la encargada, por así decirlo, de iniciar los mitos fundacionales. La siguen Eliana, Marcela y Rossana. Cuatro generaciones de mujeres que van a conseguir algo más importante que "fundar un país". Edifican un mundo. El mundo entero, el Brasil de finales del XIX y el siglo XX que es un resumen bastante amplio, efervescente, a menudo delirante y en ocasiones genial y valeroso, de ese mundo entero que entre las cuatro son capaces de construir. Las cuatro se ven ligadas sentimentalmente a hombres que no las aman (no como deberían, al menos), y a su vez se enamoran de hombres que no les convienen (no tanto como ellas creen a veces). Esa tensión entre el ser y el deber ser, la realidad y el anhelo (lo que cualquier teórico de otros tiempos llamaría "contradicción dialéctica"), representa con bastante efectividad el principio de, justamente, contradicción, en el avance de las personas y las sociedades. En torno a las señoras y sus vidas bulle una civilización extraordinariamente vital que viaja, comercia, hace la guerra, levanta ciudades, explora territorios desconocidos, abre caminos, dicta leyes, inventa dioses... Y en torno de ellas, siempre, sugerido por una prosa tan segura como delicada, como acostumbra a escribir el autor, se genera lo más valioso de esta novela (desde mi modesto punto de vista): su enorme potencia literaria.

La literatura, ya saben: otro universal femenino. Yo que ustedes no me la perdería: ni la fascinación por la literatura ni la magia de esta novela.


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Muerte en el bosque

Sherwood Anderson

Leído, julio de 2014




Tiene razón Miguel Ángel Cáliz, director de Traspiés, cuando afirma que el relato "Como una reina" es de una sensibilidad exquisita. Me da la impresión de que Anderson inmiscuye, un poco a la chita callando, en uno de los temas que encandilaban a muchos autores anglosajones de la época (y de generaciones posteriores), y lo hace con una elegancia suprema. Me refiero al asunto (literario, filosófico, antropológico), del daimón, el duende. El ángel. El lorquiano mito resumido milimétricamente hasta la dimensión individual. Uno lee relatos de esta categoría y se explica porqué, medio siglo después, autores como Keruack, Borroughs, Fante, estaban fascinados por García Lorca.

El fraseo rotundo, directo, de un austeridad inteligente, actúa casi como un elemento más en el desarrollo argumental. Es una virtud muy propia de la narrativa anglosajona (especialmente norteamericana) de la época. Las cosas, depende de cómo se cuenten. No es igual hacerlo al estilo de Steinbeck, Faulkner, el mismo Sherwood Anderson, que poner retórica de sobra, la que no añade nada al estilo pero resta emoción e intensidad a la lectura. El relato "Estos montañeses" es de una sobriedad terrible. Te encoje el alma, y no exagero. Qué temerario el autor, qué desprovisto de pretensiones y qué bien armado con esa prosa desnuda, como una navaja afilada, cuando se refiere a una niña "de aspecto aristocrático", encontrada en una cabaña perdida en un andurrial, en un ambiente tosco y sigilosamente cruel, embarazada, mal hablada, perfecta en su belleza y su brutalidad, y dice de ella: "Sabe demasiado pero no lo suficiente". Tremendo este Sherwood Anderson. Ejemplar libro de relatos para ocupar una mañana con la emoción de una lectura insólita.


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Leído: mayo, 2014

Asoka, de Carlos Almira

Editorial Nazarí, 2014

Asoka, hijo de Bindusara y nieto de Candragupta, fue el tercer emperador de la dinastía Maurya. Ejerció su dominio sobre la práctica totalidad del subcontinente Índico, de norte a sur y de Afganistán a Bengala. Sobre su vida y hechos recibimos en occidente una información contradictoria: algunas fuentes lo señalan como Asoka El Cruel, implacable con sus enemigos y despiadado en la determinación de hacerse con el poder imperial tras el fallecimiento de su padre, para lo que no dudó en asesinar sus hermanos; otra tradición histórico-literaria, tan imprecisa como la anterior nos descubre un Asoka piadoso, entregado a la meditación, el perfeccionamiento interior y la búsqueda del bien universal que hiciera felices a sus súbditos. Algunos hallazgos y estudios del siglo XIX consiguen establecer, aproximadamente, qué de verdad y cuánto de leyenda hay en las narraciones sobre la vida de este rey, legadas por una tradición frondosa y brillante en cuanto a sus formas (Divia avadana, Asoka avadana, Maja vamsha) aunque, como suele suceder, abstracta en lo que concierne a información verídica y constatable. El trabajo de traducción del filólogo James Prinsep (1837), a partir de restos arqueológicos indubitados, revela algo que bastantes historiadores habían intuido: ambos aspectos de la personalidad y proceder de Asoka son genuinos, si bien no tan bruscos y tan subrayados por la tensión entre bondad y maldad como lo presentan las fuentes budistas de la época. Ni fue un monstruo sanguinario ni un santón dedicado a la vida contemplativa. Fue rey en inmensos territorios, sobre pueblos distintos y culturas variopintas, y mantuvo la integridad e incluso acrecentó notablemente sus dominios, lo cual implica, evidentemente, períodos de guerra y otros de paz y entendimiento entre las ciudades, naciones y países acogidos o sometidos a su corona.

Asoka, de Carlos Almira, es una novela que puede considerarse recreación literaria (no “literaturizada”), de la vida de Asoka y, en buena parte, de su padre Bindusara. La presencia del antecesor en sus dos dimensiones como personaje, padre y rey, es importante en esta historia. La relación entre Bindusara y Asoka va a marcar el tono del primer tramo de esta novela: el aprendizaje. Aunque, en realidad, esa intención de desentrañar intuiciones y acudir al desvelamiento de certezas que son necesarias, inexcusables en la vida de todo individuo, sea rey o persona del común, prevalece a lo largo de toda la narración. Yo creo que, aun cuando pudieran enumerarse otros aciertos, esa es la mejor apuesta de Carlos Almira en Asoka,: soslayar exquisitamente la tentación de recrearse en lo exótico, la fuerza evocadora de la ancestral civilización hindú, así como las posibilidades epopéyicas del personaje principal (tanto por lo oscuro de las noticias que tenemos sobre él, como por la importancia de su figura en la historia antigua de oriente), para, ya liberado de la inmediatez de esas sugerencias, perfilar un personaje que late y se desarrolla con profundo trazo humano. De esta manera, como todos los personajes históricos que siempre acaban convertidos en paradigmas literarios, Asoka discurre por las épocas de su vida sujeto a la necesidad de aprender, lo que significa: conocer el mundo, saber interpretarlo y, finalmente, poder representarlo como expresión de la propia voluntad para, de esta manera, ser capaz de dominarlo. No olvidemos que Asoka fue ante todo (y así lo confirma la historia), un gran rey conquistador. El conocimiento le servirá en los inicios de su andadura vital para sobrevivir, y de ahí hasta ejercer el poder sobre territorios vastísimos y millones de seres humanos hay un inmenso recorrido, un extenso y difícil aprendizaje que el autor ha sabido describir y argumentar con mucha perspicacia y sobre todo, y es de agradecer, con mesura.

Mesura que era muy aconsejable en esta novela y que Carlos Almira ha sabido encontrar, templando el tono de su obra conforme a tan importante elemento. Qué fácil le habría resultado dejarse llevar por la imaginación desbordada, el recargado exotista de escenarios de por sí exuberantes, para ofrecer una saga vistosa sobre un personaje y unos tiempos de leyenda. Sin embargo, la ambición literaria ha podido más, en este caso y venturosamente, que el susurro del brillo a primera intención. Asoka es una novela “contenida” por cuanto nos habla de la India misteriosa en épocas remotas, pero también influenciada por la tradición helenística, representada por los preceptores y amigos griegos de Asoka. En el relato hay una lógica recurrencia a la visión contemplativa del mundo y la filosofía budista de la existencia, pero también se atempera esta inclinación con la necesidad de armonizar las religiones en los dominios imperiales, así como la influencia social de las creencias sobrenaturales; orgullosos brahmanes y budistas desnudos que se dejan morir de hambre bajo la sombra de un sicomoro, judíos, zoroástricos, animistas y gente descreída confluyen en una tensión ideológica (religiosa), que desemboca en la percepción última de Asoka sobre la espiritualidad: la religión es necesaria como elemento de consolación para los individuos y de unificación cultural en el imperio (la eterna cuestión de siempre, la religión como creencia personal y como ideología “de Estado”). Practicidad, reflexión y sencillez son, pues, las formas últimas de abocarse a su propio destino del emperador Asoka. Y en definitiva lo que encontrará el lector de esta novela: una historia extraordinaria sobre tiempos y hombres fabulosos, contada con sencillez, eficiencia, amenidad y (lo comprobará sin duda el lector), lo más importante que cabe pedir a una obra literaria, ese “peldaño de más” diferenciador entre una novela correcta y una novela sobresaliente: dominio del pulso recóndito de la obra y suficiente elegancia para escribirlo.

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Leído: enero, 2014

Se violenta el mundo

PD Garrote
Agencia Joyce



No se ha hecho un buen editing de la novela. No se han eliminado un puñado de erratas. No se han corregido algunos fallos tanto de sintaxis como textuales.

No se la pierdan.

Si pueden conseguirla, no lo duden. Inviertan un par de tardes en el sofá, acompañados de esta novela desaforada, vigorosa, candorosa como un niño grandón que protesta y clama la verdad de su mundo poblado de auténticas irrealidades, también la impostura de ese otro teorema siniestro que suplanta el sentido humano de lo fáctico para convertir la objetividad en materia de mercado: lo conveniente, lo moderamente adecuado, lo correcto. Todo el mundo tiene derecho a sentirse en lo cierto, a equivocarse, a ser quien es por encima de los que imponen diferente interpretación (siempre interesada, siempre ideologizada) y una taimada representación de nuestra experiencia. Todo el mundo tiene derecho, al menos, a intentarlo. Todo deberíamos tener derecho a ser Vladimir, creo que el personaje más logrado de la narración: entusiasta, vitalista, apasionado de sus ideas, ávido como un levantino, glotón como un normando, medio loco como un ruso loco, medio niño y medio cosaco como un cosaco ruso. Todo el mundo debería gozar el privilegio de vivir atiborrado de eso mismo, de vida, entre La Coruña y Castelldefels, y ser uno mismo sin condena a la identidad obligatoria porque el único paisaje que de verdad cambia es el que nadie ve, ni siquiera nosotros sus dueños; me refiero a los interiores de cada cual y sea lo que sea aquello que se agita dentro y que nos identifica y diferencia, o al menos esa impresión tenemos, que no es poco. Y quien no pueda ser Vladimir, que sea León tal cual el protagonista de Se violenta el mundo.

León está enamorado de Sonia, y sólo Sonia lo desanamorará. Paloma está enamorada de León, eso cree, y sólo un instante de reveladora meditación budista la desanamorará. Tania igualmente está enamorada de León, y nada de este mundo, ninguna fuerza de este mundo, ninguna circunstancia, la dedesanamorarán. Posiblemente Tania represente la fuerza de la constancia, en el sentido un poco desalentador de que a algunas personas no les queda más remedio que ser pertinaces en su abandono, su desdicha. Quizás no hablamos de perseverancia sino de resignación. Puede ser. Pero también hablamos de una novela, y en el arte de la narrativa todo es como es... "hasta que un día". Un día sucede algo y quien ha resistido y se ha anclado a su condición de personaje dispuesto al vendaval del destino, triunfa. No quiero decir que triunfe porque venza, sino porque, sencillamente, se impone. Quien gana la última línea de una novela, se lleva el bote. Por cierto, que las últimas líneas de Se violenta el mundo no están dedicadas a Tania, ni a Sonia, ni a Paloma, ni a Vladimir ni a León ni a la mamá de León. Su dueño es el más retorcido de los personajes ideados por Flaubert: el siniestro y perfecto y espantosamente cuerdo y meticuloso famacéutico Homais. El porqué de este final se explica después de casi trescientas páginas de diatriba explícita o solapada al homaisnismo, la homaisnización de la sociedad, la historia, la cultura. Hay que leer esas casi trescientas páginas para entenderlo del todo.

Hay que leer Se violenta el mundo. Hay erratas, gazapos tipográficos, alguna falta de ortografía, incluso se inflije algún "infringir" al sufrido texto. Hay digresiones y excursos que no vienen muy a cuento. Hay de todo. Hay que leerlo.
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Leído: diciembre, 2013

La dificultad de levantar una épica sobre unas personas, situaciones y retrato social por definición carente de épica: la pequeña burguesía urbana acomodada, y las vidas pequeñas integradas en este estatus; anodinas, aburridas, desangeladas y sin pulso siquiera para las pequeñas transgresiones que se permiten de vez en cuando, como echarse un amorío efímero, ir de putas o meterse una rayita de coca (dentro de un orden). La habilidad y perspicacia de Antonio Tocornal para construir con elementos tan difíciles una novela divertida, ágil, con pulso narrativo firme y capaz de mantener una intriga que se descubre en el fondo algo cándida y que nos descubre a nosotros, lectores, igualmente cándidos encandilados por la potente prosa. Una historia encantadora (en el sentido estricto de la palabra) sobre un trasfondo que, de por sí, tiene poco de encantador en ningún sentido. Y ese es su gran mérito. Más que suficiente, sobresaliente en estos tiempos de narrativa desmañada sobre asuntos vulgares hasta el bostezo. Se agradece que un autor se tome el trabajo (de toda una vida, claro está), para conseguir el oficio de auténtico y brillante prosista.




Leído: noviembre, 2013

"No se puede remplazar un orden cuestionado, con los mismos elementos que provienen de su destrucción. La degradación, la falta de identidad, la incultura, no podrán reemplazar el esclavismo organizado del poder dominante, por otra cosa que el esclavismo desorganizado de la anarquía". Juan Pablo Vitali (Buenos Aires, 1961), acostumbra a decir las cosas tal como las piensa, y pensarlas con mucho detenimiento y audacia. Quienes conocemos sus artículos de prensa, publicados en España, por lo general, en el periódico digital El Manifiesto, sabemos de su actitud comprometida en la defensa de los valores civilizadores de occidente, y su convicción de que América es (debería ser), la culminación de ese proceso histórico: una síntesis (en el sentido hegeliano), de las culturas greco-latina, anglonormanda y criolla lanzadas a un devenir sin ataduras y en busca de su destino inalienable . El nuevo orden, el nuevo sujeto revolucionario, la nueva humanidad, laten en la proyección histórica de América latina y española. Un poco lorquianamente, "aguardan su turno tras la lucha de raíces y el alba sin contorno".

Hay también ecos del más beligerante Juan Eduardo Cirlot en De pie sobre las ruinas. Al igual que el poeta catalán, Vitali se rebela ante el olvido de los dioses y los héroes, del espíritu y lo sagrado, la Historia en suma, por causa de la debilidad moral del mundo globalizado y la endeblez ideológica de unos principios "democráticos" sin sustancia épica, los mismos que establecen la tiranía de la mediocridad, la fealdad de lo grosero y la resignación de los esclavos felices ante el sistema atroz del consumo y la muerte. "Los dioses yacen mudos como esclavos / lamiendo el oro rosa y el estiércol", lamenta Cirlot al tiempo que alza su voz como un desafío ante el sepulcro de los héroes y la vacuidad de un mundo satisfecho en su propia aniquilación. Es la misma voz (eso me ha parecido), de Juan Pablo Vitali, tantos años y tanto océano por medio entre un autor y otro, retomando con osadía y una elegancia exquisita esas ideas que, en sí mismas, son una tarea descomunal y apasionante: volver donde los héroes, descubrir a los dioses, viajar y conquistar el territorio donde mana el espíritu de la tierra, lo humano y lo sobrehumano. Y decir: yo lo he intentado.
No saben ustedes lo que estoy disfrutando con esta lectura.

De pie sobre las ruinas
Juan Pablo Vitali


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Leído: Agosto/septiembre de 2013

Cómo se agradecen unas memorias que no sean un homenaje solapado, subterráneo, a su mismo autor. En este ámbito, las memorias de los poetas son peligrosísimas: empiezan a hablar de ellos mismos, de su obra, de sus afanes y frustraciones (claro, frustraciones digo, son poetas, nunca están contentos, nunca pierden el aliento triste por lo que nunca sucede); y del primer paso se echan al segundo como si se echasen al monte y empiezan a relatar anécdotas, chismes, cotilleos, con la ceja medio levantada y la medio sonrisa, como diciendo sin decir: "Si yo te contara...". ¡Lo malo es que lo están contando! Como si no lo contaran, en efecto; pero lo están contando. Y eso es lo malo, decía hace cuatro segundos.

Nueva York a Diario es otra dimensión, otro libro, otro concepto. Otro criterio. No es que me haya dado por juntar sustantivos como si adjetivos fuesen, sino porque es necesario constatar esa diferencia de concepto, criterio, etc, hasta llegar a lo que afortunadamente llega al lector: un libro (auténtico), de memorias. Porque la memoria no es un compendio de experiencias redivivas y plasmadas con exactitud de calígrafo (adornadas casi siempre con la épica pequeña de quien aspira a algo en la vida), sino la recuperación de una subjetividad indagativa que ha pasado el filtro del tiempo y se ha convertido en sabiduría. La experiencia inmediata, por lo general, carece de interés incluso para el sujeto protagonista. Lo que establece potestad subsumida, como de segundo plano que curiosamente traza los perfiles definitivo del instante (lo digno de recordarse tal como nos pareció, ¿a quién le importa cómo fue?), es la íntima representación e interpretación de esa experiencia factible, cómo actúa en nuestras emociones y modela nuestros sentimientos. En este sentido (el único posible para un libro de memorias que lo sea), Nueva York a Diario es admirable. La voz narradora solventa con experta agilidad el obstáculo de saberse conocida (Hilario Barrero), para convertirse de inmediato en una conducción amigable por lo sutil, lo mesurado, lo entrañablemente subjetivo. Lo importante es la realidad filtrada por la mirada del autor y su capacidad de convertir la materia inmediata en sugerido literario. Lo que importa es lo que sucede y cómo se relata, de tal forma que el lector tiene la impresión de transitar por la vida y recuerdos de un poeta, observando a través de una cámara que se desplaza y utiliza como un lápiz de dibujo, un pincel de maestro pintor, un mecanismo delicado que capta imágenes y emana literatura.

Este libro es el libro de Nueva York, de los viajes cíclicos a un lado y otro del Atlántico, de Asturias, Toledo, Galicia... de la Gran Manzana y los parques neoyorkinos y los ambientes académicos y el cobijo de un hogar que es otro escenario del amor de la vida del poeta, el que todo lo ofrece y todo lo hace posible y a todo da sentido. Es el libro de las lecturas, la música, el arte, la ópera. La contemplación pausada de la vida que transcurre y el tiempo que pasa, la enfermedad, la superación, la resignación. Lo inevitable. Naturalmente: el autor posee el talento y la lucidez suficientes (sobradas) para hacernos partícipes y más que partícipes, cómplices en la aceptación de esa derrota dulce que se prefigura en todo proyecto individual de existencia: "Lo peor será para el que se quede".

Al final descubrimos que el auténtico protagonista de las memorias de Hilario Barrero se llama Lector.

Nueva Yor a Diario. Hilario Barrero.
Ed. Impronta

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Leído: 4/10/2013

Breve, amenísima por lo elegante. Catulo (es sabido) tenía bastante mala leche cuando quería. Pero con Clodia topó, una mujer libre que hizo de la libertad su máxima estética. El estilo epistolar acompaña, va de molde.

La muchacha de Catulo. Isabel Barceló.
Ed. Evohé.


Periodista Digital, con Juan Laborda

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Leído: 24/10/2013

Lo más divertido: la ambientación y relato de los afanes y trapicheos del barón de Castellfugit y, de añadido, "el crimen de Castell de Fels". Lo mejor: descubrir un novelista de primera línea en Jorge Navarro. Ya teníamos en primera línea (de playa además), a Javier García Sánchez. Dos son un universo. ¿Para cuándo la próxima? 

Las cinco muertes del barón airado. Jorge Navarro.
Ed. Seix Barral

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